Caridad y solidaridad*

(La Idea Libre, 15/11/1894)

La sociedad es un medio hallado por el hombre para completar la satisfacción de sus necesidades físicas y morales.

Sin ella, falto de los poderosos recursos de la ciencia, del arte y de la industria, vegetaría ignorante, rudo y miserable, como uno de tantos seres de la escala zoológica.

Con ella, por la agrupación ordenada y metódica de todas las inteligencias y de todas las actividades, completada por la justa distribución de todos los productos, puede el individuo alcanzar la plenitud de su ser y brillar libre y feliz como corresponde al que llena debidamente las facultades todas de su existencia.

Desgraciadamente no fue posible al hombre recién salido de la evolución de especies inferiores hallar la fórmula de la sociedad perfecta, y formó una agrupaciones rudimentarias, incapaces de facilitar el progreso y desconocedoras de toda noción de justicia.

Fundada la sociedad primitiva con tal grado de imperfección, sentiríanse necesariamente deseos de reforma, impulsados por aspiraciones más o menos justas y racionales, constituyendo ese cúmulo de trastornos, guerras y revoluciones que integran la historia, a través de las cuales se ve cómo avanza el progreso con paso lento y seguro.

Mas si todos los regímenes en que la sociedad ha vivido fueron imperfectos, y como consecuencia tuvo su origen el progreso, los que sintieron y comprendieron la existencia del mal trabajaron para destruirle o para atenuar al menos.

Los hombres de sentimientos generosos que vieron el mal como un hecho fatal, sin elevarse al estudio de sus causas, y por consiguiente sin poder abrigar la esperanza de su destrucción absoluta, se detuvieron en la práctica de la solidaridad. Jesús el Nazareno, al recomendar la caridad a sus discípulos, les dijo: “Siempre habrá pobres entre vosotros”.

Los hombres justicieros que vieron el mal como un resultado de la organización defectuosa de la sociedad, y esperaron esta justa y perfecta de la reciprocidad del derecho y del deber, proclamaron la solidaridad. Los fundadores de la Asociación Internacional de los Trabajadores, al propagar la organización de todos los desheredados del patrimonio universal, escribieron este hermoso lema: “No hay deberes sin derechos, no hay derechos sin deberes”.

Es, pues, la caridad un paliativo inútil, hijo de la ignorancia, que aplica el remedio a una dolencia que cree incurable.

Es la solidaridad, a la vez que un recurso del momento, una protesta contra la injusticia y una promesa de reivindicación.

Pero la caridad, aunque ineficaz ante el fin que se propone, pretende avasallarlo todo, se atribuye un origen divino y aspira a que todos los hombres sean caritativos, y tal concepto perpetúa la iniquidad y se opone a la justicia.

Y la solidaridad, por cuanto afirma y ampara el derecho de todos, dignifica a los individuos, fortalece a las colectividades, y, aunque de origen puramente humano y aun plebeyo, es por esto mismo perfectamente racional y constituye un poderoso elemento para la práctica de la justicia.

Son caritativos, cuando no hipócritas, los que, conformándose con la doctrina de su maestro quieren que siempre haya pobres oprimidos, explotados e ignorantes, y por consecuencia, tiranos y explotadores.

Son solidarios los que, rechazando la caridad, quieren para todos la participación en el patrimonio universal y se agrupan para combatir la sociedad del error y establecer los fundamentos de la sociedad científica.

La caridad socorre, a lo sumo, al individuo menesteroso; pero no tiene siquiera una palabra de consuelo para la colectividad sometida a un régimen tiránico que convierte en víctimas a la inmensa mayoría de sus componentes, antes predica la sumisión y adula al tirano llamándole representante de la divinidad.

La solidaridad acoge bajo la protección del derecho a cuantos la aceptan y niega su acatamiento a la tiranía.

La caridad es injusta y reaccionaria.

La solidaridad es justa y progresiva.

 

*Texto publicado en Acracia en Marzo de 1887, y reeditado con leves cambios en La Idea Libre.