El Papa de los obreros

(La Idea Libre, 07/08/1894)

Cuando movido por los sucesos de 1º de mayo publicó el pontífice romano tu famosa encíclica sobre el socialismo, todo el mundo burgués entonó coro de alabanzas a la sabiduría de aquel personaje. Creyentes de todas las religiones, sectarios de todas las escuelas filosóficas, partidarios de todos los sistemas de gobierno y aun economistas de las múltiples variedades que separa al más molecular individualismo, del comunismo más compacto y autoritario, todos, unos por la rutina de la sumisión y otros por hipócrita convencionalismo, convinieron unánimemente en proclamar a León XIII el “papa de los obreros”.

De dos clases de burgueses que digieren en el mundo, los que forman la primera, es decir, los que se atracan con la usurpación y la ganancia y se dedican principalmente a la gula, a la lujuria, a la vanidad y a la avaricia, callaron como estúpidos; la encíclica les importaba tres cominos; la otra, la que cobra por hacer el artículo y profesar el charlatanismo en la prensa, en la tribuna, en el gobierno, etc., etc., fue la que hizo el gasto naturalmente; para eso recibe en honorarios, emolumentos, pensiones, sueldos, subvenciones, gratificaciones, gajes y propinas la parte de botín que le corresponde del despojo del mísero proletariado.

De este, la parte inteligente, estudiosa y pensante permaneció como el que oye llover; pensó, sin duda, que una recopilación de las frases más bonitas de los economistas, agrupadas de modo que resulte una combinación estética y sabia, lo hacen todos los días escritores de poco cacumen, que sacan a pulso erudición y ciencia de los diccionarios enciclopédicos, y no merecía cosa tan vulgar y corriente atronar el orbe con la trompeta y el bombo de la fama. Además, por lo que a los trabajadores, españoles se refiere, harto popular es el fundador de cierto hospital para los pobres, y por analogía bien puede llamarse el papa el D. Juan de Robres del Vaticano.

En la encíclica citada se resuelve la cuestión social, como es sabido, por la sumisión y la caridad, solución teórica tan antigua como inútil, ya que en cerca de veinte siglos de cristianismo, espacio de tiempo harto largo para prueba, no ha recibido la sanción de la práctica, y termina con las siguientes palabras:

Nos, hablamos de la caridad cristiana que resume todo el Evangelio, y que, siempre dispuesta a sacrificarse por el alivio del prójimo, es un antídoto muy seguro contra la arrogancia del siglo y contra el amor inmoderado de sí mismo”. (Encíclica sobre el socialismo, 15 mayo 1891).

Recientemente ha visto la luz otra encíclica, invitando al mundo a la unión en las creencias, y lamentándose de las divisiones existentes, exclama: “¿Cómo podía la perfecta caridad unir los ánimos, si antes no ha unido las inteligencias la conformidad de la fe?” (Encíclica sobre la unidad de la fe, 20 junio 1894).

Sabíamos, como saben cuantos han pensado algo sobre asuntos sociales, aunque vayan a misa y finjan creer al papa como maestro infalible de la Verdad, que la cuestión social no tiene solución en el Evangelio ni en ningún libro santo o revelado de las innumerables religiones que atrofian la inteligencia de infinitos creyentes; pero bueno es recoger esta declaración: “La caridad es el remedio; mas para que sea eficaz se necesita que reine en el mundo la unidad de la fe”; que esto es lo que en ambos documentos quiere decir el pontífice católico.

Pero la unidad de la fe, condición indispensable, según el papa, para que la caridad fructifique, no existirá nunca bajo los auspicios de ningún pontífice ni se establecerá jamás sobre la base de un dogma. Conviene demostrarlo patentemente para quitar del camino de los proletarios el estorbo de esa autoridad anacrónica que aun entretiene esperanzas de cándidos y absorbe millones que son bocados de pan arrancados de manos de miserables hambrientos.

Y por esto decimos con firme convicción: La fe en una revelación continuada por una tradición secular y mantenida, cuando hay fuerza para ello, por un Santo Oficio, y cuando no por la autoridad supuesta infalible que define urbi et orbi lo que ha de creerse, es insostenible, decae cada día ante las demostraciones de la ciencia, y pretender la universalidad de esa fe es la utopía más absurda que pueda concebir cerebro humano, puesto que supone nada menos que borrar los conocimientos adquiridos, anular el tiempo pasado y retrotraernos a aquella Edad Media en que llenaban el mundo brujas, frailes, milagreras, señores de horca y cuchillo, siervos, inquisidores, aventureros, maleantes, barraganas, eclesiásticos y toda la turbamulta de figuras ya desvanecidas para toda la eternidad y que la imaginación concibe como rodando en grandiosa danza macabra.

Y si esa fe es imposible, la solución católica al problema social se hunde en esa misma imposibilidad: esto sí que es cierto de toda certidumbre.

Hay, sí, una fe que salvará a la humanidad, y con esta afirmación deseamos confundir, no sólo a los fanáticos religiosos, sino también a los escépticos del oportunismo, del justo medio, del posibilismo, de la libertad bien entendida, del eclecticismo y a lodo el fariseísmo burgués que camina sin ideal tropezando a cada paso con la contradicción y el absurdo: hay la fe en el progreso.

No podemos creer, ni casi cree nadie con sinceridad, en las fábulas místicas inventadas por la imaginación para explicarse lo que aún no había explicado la ciencia; pero creemos firmemente en el perfeccionamiento de nuestra especie y en la justificación de la sociedad, porque tal es el término fatal e ineludible de la serie de verdades halladas, no reveladas, y de perfecciones relativas emprendidas por la humanidad.

Quédese la fe en la revelación para los que miran al pasado con la torpe idea de paralizar el curso del tiempo perpetuando la iniquidad existente; en cuanto a los que poseen clara noción del bien y ansían el reinado de la justicia, tienen fe en la revolución, Mesías verdadero que ha de dar a todos y a todas la posesión del patrimonio universal.

Pueden aquellos llamar a León XIII papa de los obreros y dar crédito al evangelista Mateo, que en su Evangelio, cap. XVI, versículo 18, dice: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificare mi Iglesia”; que nosotros, considerando la verdad como obra colectiva en su investigación y en su aplicación práctica, negamos todo endiosamiento personal y recordamos que también Mateo, en el mismo capítulo, versículo 23, escribe: “Entonces él (Jesús), volviéndose, dijo a Pedro: Quítate de delante de mí, Satanás; me eres escandaloso”.