Cuentas claras

(La Idea Libre, 02/09/1894)

El llamado “papa de los obreros”, con una mansedumbre evangélica propia de un guardia civil, escribió las siguientes palabras en aquella tan celebrada encíclica sobre el socialismo:

Principalísimo es que los gobiernos aseguren la propiedad privada por medio de sabias leyes. (Inútil recomendación) harto se cuidan de esos los gobiernos, aunque sólo consigan arruinar a los pequeños propietarios, favoreciendo a los que lo son en grande. Hoy especialmente, en medio de tanto ardor de desenfrenadas codicias, es necesario que se tenga a las masas encerradas en el círculo de sus deberes, (¡así! ¡duro, duro!), pues la justicia consiente que se procure mejorar su suerte, ni la justicia, ni el bien público consienten que se perjudique a otros en lo suyo con el pretexto de exigencias de determinada igualdad (Está claro: somos todos hijos de Dios y herederos de su gloria; títulos, aunque sonoros, poco suculentos y no muy nutritivos; pero iguales en la propiedad de los bienes perecederos de este mundo, ¡imposible!). Ciertamente la mayor parte de los obreros quisiera mejorar de condición honradamente, sin hacer daño ni perjuicio a nadie (es decir, cuando lluevan monedas de cinco duros); pero hay otros, no pocos (¡sólo pensarlo pone los pelos de punta!) que, saturados de máximas falsas y extraviados por el deseo de novedades (olvida que está escrito que no hay novedades, ni se mueve la hoja en el árbol sin que lo permita el señor a quien pretende representar) tratan de promover a toda costa tumultos y de arrastrar a sus compañeros a la violencia (¡bien al revés de aquellos pacientes burgueses que esperan con resignación que les traigan a casa la renta, el alquiler, el arrendamiento, los beneficios, los réditos y toda clase de dinero ganado por la expoliación legal y la mansa explotación!). Intervenga en este caso la autoridad del Estado, y enfrenados los agitadores (bueno es repetirlo por si se olvida: ¡mucho palo!) preserve a los buenos obreros del peligro de la seducción (bondad semejante a la de las bestias de carga) y libre a los legítimos poseedores del peligro del despojo. (¡Ah, falta de caridad! ¡que no les despoje para que luego les sea más difícil “entrar en el reino de los cielos que pasar un camello por el ojo de una aguja!”)".

A pesar de las sapientísimas e infalibles palabras que dejamos copiadas y comentadas, lo cierto es que para que un rico pueda vivir en placentera indolencia se necesita un ejército de trabajadores más o menos infelices: arquitectos que tracen sus palacios de la ciudad y sus quintas del campo; albañiles que las edifiquen; obreros que las llenen de muebles, alfombras, espejos, cortinajes y batería de cocina; criadas, cocineros, lacayos y cocheros, tahoneros, sastres, zapateros y toda la colección de oficios similares y preparatorios; agricultores que cultiven el trigo, las legumbres y verduras que consume; jardineros que le provean de hermosas flores y mantengan frescos y frondsos sus jardines; pastoras que cuiden del ganado de toda clase que surte su mesa y atiborra su panza; artistas que le recreen; hombres de ciencia que le curen y le ilustren; curas que le absuelvan y le garanticen la posesión de un sitio en el eterno concierto de la música celestial; navegantes y ferrocarrileros que pongan al alcance de su mano los productos de todo el mundo; magistrados que declaren su derecho a la posesión y a la gandulería; soldados y polizontes que le defiendan; en una palabra: todos los trabajadores de la ciencia, del arte, de la industria y de la agricultura, todos los funcionarios públicos, todas las instituciones sociales, todo lo que en la humanidad se mueve y se agita se halla al servicio del rico, porque el “papa del obrero” lo ha dicho: “ El primer principio que hay que poner de relieve es que el hombre (léase el pobre) debe sufrir con paciencia su condición; es imposible que en la sociedad civil todo el mundo sea elevado al mismo nivel”.

Ahora bien, toda producción se extiende por al comercio, y el comercio es cambio.

¿A cambio de qué se le otorgan esas gangas al rico?

Pues a cambio de dinero.

Pero el dinero, según los economistas, representa trabajo acumulado; ¿cómo puede acumular trabajo en forma de dinero el que no ha trabajado nunca, o trabaja poco o se ocupa en trabajos inútiles cuando no perjudiciales? Y, ¿en qué consiste que los que pasan toda la vida trabajando no tienen acumuladas tres pesetas para hacer frente a una enfermedad, a una crisis o a la vejez?

Porque existe el monopolio (acaparamiento burgués de la riqueza natural y de la producida y de los medios de producir) y la explotación (usurpación que se hace a los trabajadores del fruto de su trabajo).

Por el monopolio el burgués posee la riqueza; por la explotadón exige a los trabajadores el máximo de producción por el mínimo de jornal.

Monopolio y explotación son Ios ejes de la sociedad del privilegio. El explotador enriquecido lega su capital a sus herederos, y así se forman las dinastías de los ricos, mientras que los trabajadores que lo amontonaron reventaron de rabia y dejaron a sus hijos en la miserable condición de explotados.

¿Y por qué un número corto de burgueses explota a la gran masa de trabajadores?

Sencillamente porque todo el mecanismo político, jurídico y religioso tiene por objeto permitir el monopolio y la explotación.

Y esta explotación, tan vieja como la sociedad humana y aun tan arraigada, ¿será siempre un fundamento social y la iniquidad tendrá una vida perdurable?

Si habéis de creer al “papa de los obreros”, trabajadores, perded toda esperanza, porque él afirma: “cualesquiera que sean las vicisitudes por las cuales son llamadas a pasar las formas de gobierno, existirán siempre entre los ciudadanos esas desigualdades de condiciones sin las cuales no puede existir ni se concibe una sociedad”. El Evangelio profetiza que “siempre habrá pobres en el mundo”. Pero si tenéis conciencia de vuestra dignidad, recordad que la ley y los profetas han quedado derogados y anulados por el lema de las aspiraciones proletarias, aunque humano, perfectamente justo: “No hay deberes sin derechos, ni derechos sin deberes”.