Lo porvenir en lo presente

(La Idea Libre, 08/09/1894)

Cuando es cosa tan corriente el non possumus burgués; cuando el supuesto representante de un dios de poder y de justicia infinitos habla de paciencia al que sufre y de caridad al que usurpa; cuando la prensa, órgano de los intereses y de las preocupaciones de la burguesía, condena por utópicas las aspiraciones emancipadoras del proletariado; cuando los autoritarios y las autoridades de todos los países parecen empeñados en detener el tiempo o impedir el movimiento para que el progreso no dé satisfacción a las víctimas del privilegio, es altamente consolador oír la voz de la ciencia que, elevándose por encima de todo género de mezquinas pasiones, extiende su luz a lo porvenir y nos anticipa la visión de lo que ha de suceder.

Del mismo modo que el arqueólogo, por el estudio de unas ruinas, de un arma, de una moneda o de cualquier otro resto de tiempos y de civilizaciones que pasaron, deduce su organismo social, hasta el punto de ser hoy perfectamente conocidos el modo de ser de la India, Persia, Egipto, Grecia y Roma; así como por el hallazgo del hueso fosilizado de un animal de los ya desaparecidos de la superficie de nuestro globo, se adivina su forma y dimensiones hasta el punto de reproducirle como si se le hubiese tenido por modelo, dándole la clasificación que le corresponde en zoología, así la ciencia, por los datos del presente, llega a la consideración de lo futuro, nos lo muestra con el vigor y colorido de la realidad presente, a la par que nos enseña camino y objetivo seguros y nos desembaraza de todo género de rutinas y preocupaciones, ya provengan de las falsedades místico religiosas, ya de las necias declamaciones de los que pretenden dogmatizar sobre el orden y la justicia cuando solo sirven como mercenarios del pensamiento a la burguesía que les paga para mentir.

Un sabio francés, Berthelot, autor de numerosas y notables obras científicas y respetado en todo el mundo como un genio que lleva la investigación y la crítica a la destrucción de rancios errores y al descubrimiento de verdades que son nuevas vías de progreso, fundándose en el inventario general de la ciencia y en el particular de la química, ha lanzado esta sublime profecía:

En el año 2000 no habrá agricultura, ni pastores, ni labriegos: el problema de la existencia por el cultivo del suelo estará suprimido por la química. No habrá minas de carbón, ni huelgas de mineros, ni explosiones de grisú por consiguiente; ni combustibles, ni aduanas, ni guerras, sustituyéndolo todo por operaciones físicas y químicas que contarán con las fuerzas productoras sacadas de los manantiales inagotables del calor solar y el calor central de nuestro globo.

Al fondo de pozos de tres o cuatro mil metros irán a buscar los ingenieros el calor central, fuente de energía termoeléctrica sin límites y renovada incesantemente. Quien dice fuente de energía calorífica o eléctrica, dice fuente de energía química. Con tal fuente, la fabricación de toda suerte de productos químicos es fácil y económica en todo tiempo, en todo sitio, en cualquier punto de la superficie de la tierra.

Allí encontraremos la solución económica del problema más grande acaso, cuya solución depende de la química: el de la fabricación de productos alimenticios. En principio está ya resuelto: la síntesis de las grasas y de los aceites está realizada hace cuarenta años; la de los azúcares y de los hidratos de carbono se lleva a cabo en nuestros días, y no está lejana la síntesis de los cuerpos azoados. Así el problema de los alimentos no hay que olvidar que es un problema químico. El día en que esté lograda la energía, no se tardará mucho en fabricar alimentos completamente artificiales con el carbono extraído del ácido carbónico, con el hidrógeno y el oxígeno sacados del agua, con el ázoe que da la atmósfera.

Entonces cada cual llevará en pastillas o en frasquitos su alimentación completa, fabricada económicamente, sin temor a la lluvia o a la sequía y sin microbios posibles.

Aquel día la química habrá realizado en el mundo una revolución radical cuyo alcance es incalculable.

No habrá campos cubiertos de mieses; ni viñedos, ni prados atestados de reses; el hombre adquirirá mayor dulzura y moralidad, porque ya no vivirá de la carnicería y de la matanza de las criaturas vivas. No habrá distinción entre las regiones fértiles y las regiones estériles. Aun es posible que los desiertos de arena sean punto predilecto de residencia de las civilizaciones humanas, porque serán más saludables que estos aluviones pestilenciales y estos llanos encharcados abonados con la putrefacción que son hoy asiento de nuestra agricultura.

Y no desaparecerá el arte, la belleza. Si la superficie terrestre cesa de ser utilizada y, digámoslo bajito, desfigurada, como hoy, por los trabajos del agricultor, volverá a cubrirse de verdor, de bosque, de flores... la tierra será un vasto jardín, no limitado ni fraccionado por la propiedad, en que reinará la legendaria edad de oro.

Para que la realidad se verifique hay que trabajar, y por eso el hombre del año 2.000 trabajará con celo, porque gozará del fruto de su trabajo, y en esta remuneración legitima e integral, todos los hombres encontrarán los medios para llevar al extremo su perfección intelectual, moral y estética.

Hoy nuestra más viva aspiración se concreta en el trabajo, en la justicia, en la dicha de la humanidad”.

Con satisfacción inmensa contribuimos a la publicidad de tan hermosa profecía; ella confirma nuestro ideal, y si se considera que la materia que constituye nuestro ser animará futuros seres que gozarán del presente cuando lo profetizado tenga cumplida realización, también participaremos positivamente de ella, como ya gozamos con la consideración de la muerte del privilegio y con la felicidad asignada a nuestros descendientes, huesos de nuestros huesos, carne de nuestra carne, sangre de nuestra sangre, herederos del fruto de nuestros trabajos, de nuestros sacrificios, de nuestros sufrimientos, de nuestras esperanzas, de nuestra fe inquebrantable en la justificación del porvenir.

¡Salud al porvenir de la justicia!