El individuo y la colectividad

(La Idea Libre, 15/09/1894)

El actual pontífice romano lo ha dicho en su manoseada encíclica sobre el socialismo: “El hombre es anterior al Estado, ya que antes de que se formara la sociedad civil tenía por la Naturaleza el derecho de proveer a sus necesidades”.

Perfectamente: por la autoridad, o más bien influencia, que ese personaje ejerce sobre los reaccionarios de todo el mundo, adquirimos de todos ellos para el ideal emancipador la aceptación de un principio fundamentalísimo.

De acuerdo con el papa, un sabio muerto recientemente y que gozaba de la consideración de jefe del libre pensamiento internacional, Renan, dijo: “El hombre es anterior y superior al ciudadano”.

Otra eminencia de primer orden (y va de pontífices, jefes indiscutibles, infalibles o casi infalibles), se trata de Bastiat, fundador de la economía política, ciencia para unos, charlatanería para otros, pero resultado al fin de una inteligencia superior, escribió:

Quisiera que se fundara un premio, no de quinientos francos, sino da un millón, con coronas, cruces y cintas en favor de aquel que diera una buena, sencilla e inteligible definición de esta palabra: el Estado.

¡El Estado! ¿qué es? ¿dónde está? ¿qué hace? ¿que debería hacer?

Todo lo que sabemos es que es un personaje, misterioso, y seguramente el más solicitado, el más atormentado, el más aconsejado, el más acusado, el más invocado y el más provocado que pueda haber en el mundo”.

Es decir: afirmación de los derechos individuales (negación de toda desigualdad social), inenajenables (de los que no puede abdicar ni desposeerse el individuo) imprescriptibles (eternamente vigentes), ilegislables (a los que no alcanza la acción del legislador), en que coinciden León XIII por su idea de prioridad del derecho individual sobre el colectivo, y Renan por la supremacía que da al carácter natural del hombre respecto del de miembro de la colectividad, y como complemento, la demostración de Bastiat de que el Estado es una arbitrariedad de hecho sin positividad racional de derecho.

Con esas tres afirmaciones, sus autores, las sectas y los partidos han llegado a conclusiones las más diversas y opuestas, a despecho de la lógica; pero estudiándolas con el sentido común y sacando de ellas sus naturales deducciones, venimos a parar a la demostración evidentísima de que el hombre no puede invocar jamás un precepto legal como fundamento de derecho para explotar o tiranizar a su semejante; que sobre toda ley escrita se halla el más simple derecho natural, y que la constitución del Estado es una especie de modus vivendi, a lo sumo, y haciéndole mucho favor, de perfección relativa en una época respecto de otra anterior, pero imperfecto siempre ante las nuevas adquisiciones del pensamiento en vista de la extensión que cada día alcanza el concepto hombre.

Han sido considerados como fundamentos indestructibles de la sociedad la religión, la familia y la propiedad, ideas originadas en supuestas revelaciones o en el concepto de derecho definido por pueblos antiquísimos y semi-bárbaros, y, no obstante, hánse visto existir, no una religión única, sino innumerables, negándose las unas a las otras y persiguiéndose con el anatema, con el fuego, con el exterminio y la desolación; no un tipo exclusivo de familia y modo de perpetuar la especie, sino múltiples, entre los que citaremos la promiscuidad (matrimonio de todas con todos en la tribu), el patriarcado (autoridad de la mujer), la poliandria (casamiento legal de una mujer con varios hombres), la poligamia (casamiento legal de un hombre con varias, mujeres) y la monogamia; no una definición precisa de la propiedad, sino un fárrago inmenso de leyes en todos los países, en que se da el caso de que lo que en uno es robo en otro es lícito o indiferente, habiendo naciones como España en que la posesión, la herencia, etc., son diferentes según rijan o se apliquen los fueros o la legislación general.

Por donde se ve que lo tradicional, aunque irracional y absurdo, ha sido consagrado por las costumbres y por las leyes, mientras ha sido necesario llegar a nuestros días para que la antropología diese noción clara, exacta y racional del derecho humano, y la sociología revelase al verdadero mecanismo de la sociedad.

Si estas consideraciones tan naturales y sencillas penetrasen debidamente en el entendimiento y obrasen sobre la voluntad de todos, tanto de los que viven en las esferas del privilegio como de los que, supeditados por él, de consumen en lo profundo de las más bajas capas sociales, ya que por naturaleza todos son dignos y no creemos ingénita, sino artificial, en los unos la soberbia de que hacen alarde, en los otros el humillante servilismo que les degrada, pronto adquirirían los primeros la confianza de que pueden alcanzar la felicidad sin esos tesoros amargados por las lágrimas del pobre, y los otros la esperanza de que un día serán reintegrados en la plenitud de sus derechos naturales.

Sólo a condición de este acuerdo desaparecerá el antagonismo existente entre la colectividad y el individuo.