El Ideal

(La Idea Libre, 22/09/1894)

Dicen los que han buscado el origen del mundo por inducción científica que hubo un tiempo remotísimo, anterior al que conocemos por la alternativa sistemática de la sombra y de la luz, en el cual enormes masas de materia se agitaban en el espacio, falta de techo bajo el cual cobijarse, de fondo donde caer, de costados en que apoyarse, porque en aquellos abismos infinitos no había alto, bajo, costados, delante ni detrás, y esa materia, a puro moverse por impulso propio o solicitada por fuerzas cósmicas desconocidas, grandes como lo es el ciclón respecto de la leve hoja desprendida del árbol, fue disgregándose unas veces, juntándose otras, continuando en vertiginoso movimiento durante un plazo enorme compuesto de minutos tan grandes como épocas geológicas, hasta agruparse al fin en la vía láctea, esa inmensa nebulosa formada de sistemas planetarios, cuyos soles, dispuestos en perspectiva unos sobre otros, aunque separados entre si por millones de millones de unidades de longitud larguísima, aparecen a nuestros ojos como constituyendo una grandiosa estela que atraviesa todo nuestro hemisferio, que ve el navegante que pasa al opuesto prolongarse indefinidamente, y de la cual son parte integrante los astros y las constelaciones que parecen hallarse más distantes de ellas, porque bien cierto es que si nos elevásemos a su altura y nos colocásemos a un lado, al cambiar la perspectiva veríamos que los que se hallan al opuesto también ocuparían lugar en ella, al paso que entre lo que ahora consideremos como arriba y abajo veríamos surgir constelaciones nuevas.

Así comenzó a vivir nuestro sol y los planetas y satélites que le vamos acompañando en esa peregrinación apenas percibida por la inteligencia humana, donde aquel gira a su vez como planeta o tal vez como satélite secundario.

Del caos, que no es otra cosa que orden desconocido para nosotros, aunque en nuestra ignorancia, o mejor dicho, falta de saber aún, llamamos confusión, brotó el orden que nos es conocido y con él la armonía compatible con nuestras nociones de estética, porque, debemos confesarlo, no hay inteligencia tan grande al abarcar un plan de conjunto como la que impulsa a la materia inerte a cumplir por sí la ley de su propia naturaleza, y cada átomo, reuniéndose con su congénere por afinidades químicas o por esfuerzos físicos en un cuerpo, llegaron a formar ese concierto de mundos que el libro sagrado atribuye a un dios creador que, a lo que parece, cansado de toda una eternidad de indolente pereza, realizó de pronto en seis días, descansando el séptimo.

Ese producto eterno e increado inspira al sabio, al artista y al filósofo las grandes concepciones de la verdad, la belleza y la justicia.

La materia vive, el mundo marcha, y si descendiendo de esa generalización nos detenemos en una particularidad harto grande aún para ser generalización a su vez respecto de otras particularidades, consideraremos esta humanidad de que formamos parte elaborándose un bien por inspiración propia, por el ideal concebido por su imaginación y su inteligencia, no, y cónstele a todos los trabajadores, porque por ellos y para ellos escribimos, no obedeciendo a un patrón de falso origen divino, inasequible a nuestra naturaleza y que se dirige a un imaginario bien prometido, no a nuestro ser íntegro, sino a una parte de él llamado alma, que no es tal alma, ni tal parte de nuestro ser, ni nada, sino una abstracción, una figura retórica que la malicia y la superchería han aprovechado para fundar sobre eso un vasto sistema de tiranía, de fraude y de explotación.

Confusión, caos reinó también en los primeros tiempos de la sociedad humana, y su primera concreción, como hija de la ignorancia y de la inexperiencia, fue mala, la sensación del mal fue indudablemente el más poderoso agente del bien, y auspiciados por sistemas teogónicos absurdos, que examinados por orden cronológico claramente manifiesta cada uno que es como una especie de reforma o separación del anterior, se fundaron organismos sociales y políticos en que la desigualdad inicial más extremada, representada por el brahmán y el paria, va acortando las distancias, hasta llegar a la denominación de productores, en que la moderna sociología proletaria confunde a todos los individuos.

No hay, pues, que quejarse del mal, tarea por demás vana e inútil; lo que corresponde a cada uno es poner de su parte cuanta inteligencia y voluntad pueda dar de sí para aplicarlas a dar vida a ese progreso reparador que deja atrás el mal reducido a la categoría de recuerdo y aproxima el bien hasta darle forma poética y tangible.

Para llegar al estado de prestar conscientemente a tan buena obra tan poderoso concurso, necesitase despojarse de toda clase de místicas supersticiones y tener fe en el ideal de justicia que sirve de norte a la humanidad.

Sólo el que eso consigue toma parte activa y directa en ese bien progresivo que nos acerca a la perfección absoluta y en la satisfacción íntima de la conciencia disfruta de la recompensa; el que no, también contribuye, aunque no quiera, aunque lo combata, aunque viva en embrutecedora indiferencia; los tiranos, los escépticos y los pancistas despertaron siempre como de rechazo el entusiasmo, la energía y la abnegación de los apóstoles y mártires del ideal.