El dogma burgués

(La Idea Libre, 06/10/1894)

Desde la cumbre del Himalaya revolucionario (frase de Víctor Hugo) habló el oráculo.

¿Qué es la clase media?

Nada.

¿Qué debe ser?

Todo.

La profecía se ha cumplido.

Hoy, la clase media del antiguo régimen, convertida en potente burguesía, domina y dirige.

Los campos, las casas, las minas, las fábricas, los ferrocarriles, los barcos, la moneda, todo lo que es riqueza natural, riqueza producida o medios de producirla, todo es suyo, y por ser rica, que es como ser fuerte, gobierna, legisla, manda y administra: es todo.

El proletariado es su siervo y su abastecedor.

Las clases que a ella eran superiores han descendido a su nivel, porque hoy los títulos aristocráticos sólo tienen valor si les acompañan buenas rentas; un noble pobre es tan don nadie como el más ínfimo pelagatos.

Contenta y satisfecha de su triunfo, la burguesía, a semejanza de los dominadores de todas las épocas, ha establecido un dogma para su beneficio particular, y ya que no puede rodearle del prestigio de la revelación divina, procura darle el de la ciencia, y al efecto, algunos hombres de extensa fama, han lanzado esta afirmación: La vida es una lucha en que los más fuertes y mejor dotados dominan, explotan y por fin suprimen a los débiles e inferiores.

Consecuente con esa doctrina, la burguesía es un cuerpo que vive en completa transformación, desechando los vencidos de su mismo seno y admitiendo los vencedores de las otras clases, lo mismo al aristócrata que halla el filón de la ganancia, que al proletario que se despabila.

El enigma que en forma de altar al dios desconocido levantaron los griegos, y que durante una interinidad de diez y ocho siglos ocupó la estatua crucificada de Jesús el Caldeo, según interpretación del ex polizonte Pablo, ha sido resuelto últimamente por el dios Éxito, hasta que llegue a su término esta otra profecía andante: los dioses se van.

Por supuesto, que el dogma burgués es tan falso como todos los dogmas y tiene de común con los establecidos por los dominadores de tiempos pasados, que sirve, como sirvieron aquellos, para justificar la iniquidad: en nombre de un dios de amor se estableció la trilogía fe, esperanza y calidad, y el esclavo, y el siervo yacerían aún en vil servidumbre, sin redención posible, creyendo, esperando y recibiendo degradante limosna, despojados de los bienes terrenos en provecho de sus señores, si la filosofía y la revolución no hubiesen desenmascarado al cristianismo; en nombre de la ciencia se quiere justificar hoy el despojo que sufre el proletariado de la parte que le corresponde en la riqueza pública y aun de la esperanza de conquistarla, y así como la fe cristiana necesitó del auxilio de un Santo Oficio, matachín y chamusquero, hoy la burguesía multiplica las leyes excepcionales contra loa heterodoxos descamisados.

Afortunadamente, para bien del progreso y de la humanidad, la burguesía no se compone, como quieren hacer creer los sabios aduladores del que los gratifica, de los más fuertes y mejor dotados; léase en tu prensa las relaciones de su método de vida en los balnearios de moda, en los casinos, en los salones, y se verá que los millones amontonados por unos cuantos explotadores y usureros, gastados de cuerpo y pervertidos de sentimientos, se derrochan por sietemesinos enclenques y gomosos histéricas, sodomitas y marimachos de gustos extragados por las aberraciones del vicio; y esos, si dominan, no es porque sean los más fuertes ni los mejor dotados (¡degenerados infelices!), sino porque viven al amparo de las instituciones del privilegio; ni menos suprimirán el proletariado, ¡qué han de suprimir! ¿quién trabajaría entonces?, ni tampoco el proletariado se dejará suprimir, porque no es el más débil, ni aun el más ignorante, aunque desgraciadamente lo sea mucho, ya que los burgueses dominantes lo que aprenden en la Universidad es ciencia sofisticada por el plan oficial de enseñanza, y los títulos académicos que adquieren, muchas veces mediante propinas a los catedráticos o merced a eficaces recomendaciones, lo olvidan después de obtener un diploma que suele ser una especie de patente de corso, al paso que los trabajadores conservan libre el sentido común y bien manifiesta es la urgente insistencia con que luchan por la conquista de sus derechos.

Es condición de toda clase privilegiada vivir de prestado; la aristocracia se hubiera extinguido hace ya mucho tiempo, dada la impotencia física de los nobles, si no hubiera recibido el refuerzo de sangre plebeya que pajes y lacayos suministraba a la ávida liviandad de sus señoras.

Del mismo modo la actual burguesía perecería si no fuera por el contingente de audaces y desvergonzados que recluta cada día por la política, por el agio, por el fraude, por la irregularidad y por cuantos medios de ganar dinero a expensas del prójimo ha podido inventar la malicia humana.

En resumen: la vida, es una lucha mientras exista el actual antagonismo de intereses, y se convertirá en racional armonía cuando la revolución imponga las soluciones sociológicas y destruya para siempre el infame mecanismo social en que vivimos; en un medio social igualitario no ha de haber fuertes ni débiles, peor o mejor dotados, sino diversas aptitudes todas debidamente aplicadas para satisfacción íntima del individuo y bien de la comunidad, y por tanto, la explotación se convertirá en una memoria histórica; y en cuanto a lo de la supresión, ya podemos anticipar al torpe burgués lo de “los muertos que vos matáis, gozan de buena salud”.

¡Triste porvenir el de los dogmas y el de los intereses que a su sombra se cobijan! El dogma católico, a pesar de los poderes que la sostenían y del prestigio que alcanzó durante muchos siglos, se hundió; ¿qué ha de sucederle al miserable dogma burgués?