Recuerdos a Pi y Margall

(La Idea Libre, 06/10/1894)

El jefe de los federales se ha propuesto hablar claro, y en El Nuevo Régimen ha dicho recientemente:

Encañan al pueblo los que uno y otro día le dicen que la revolución se retrasa por estar desunidos los republicanos”.

Es muy fuerte calificar de engaño lo que tal vez no sea más que una equivocación. El pensamiento ajeno tiene derecho a mayor consideración. Prosigamos:

La revolución no se hace por falta de medios, por falta de soldados y de recursos”.

La palabra revolución la encontramos así definida por el mismo Pi y Margall en su obra La Reacción y la Revolución:

¿Qué es la revolución? La revolución es, hoy como siempre, la fórmula de la idea de justicia en la última de sus evoluciones conocidas, la sanción absoluta de todas nuestras libertades, el reconocimiento social de esa soberanía que la ciencia moderna ha reconocido en nosotros al consignar que somos la fuente de toda certidumbre y todo derecho. No es ya una simple negación, es una afirmación completa. Tiene por principio y fin el hombre, por medio el hombre misma; es decir, la razón, el deber, la libertad, cosas en el fondo idénticas. Su forma es también humana en cuanto cabe”.

Esa grande obra puede hacerse si se reúnen los medios antes indicados; Pi y Margall lo dice:

Con soldados y recursos podría hacer la revolución cualquiera de los tres partidos republicanos; sin recursos y sin soldados, ninguno de los tres ni todos juntos”.

Pi y Margall olvida que hace tres o cuatro meses en el Manifiesto del Consejo Federal se estampaban bajo su firma estas frases dirigidas a los trabajadores a propósito de cierto consejo sobre organización:

Se engañan si creen ociosa esta organización e inútiles estas parciales reformas, porque no han de conseguir de un golpe y por meros actos de fuerza la igualdad que persiguen. Jamás se verificaron de este modo las grandes resoluciones”.

Las contradicciones garrafales saltan aquí como ranas asustadas que se lanzan al charco al menor ruido, y maldito si vale la pena de ser tan viejo y gozar fama de tan sabio y tan recto como Pi y Margall para incurrir en esa serie de incongruencias.

De las citas expuestas resulta evidente que, dejando a un lado el concepto de revolución como fórmula suprema de justicia, hay una revolución posible e inmediata por medio de soldados y recursos, y otra lenta como resultado de reformas parciales. Como si dijéramos: revolución burguesa y revolución proletaria.

Los pretorianos sólo fueron buenos para levantar tiranos sobre el pavés, nunca para fundar la libertad; ese anticipo de la fuerza, lo pagan luego los pueblos en privilegios que les agobian. Del mismo modo que los recursos que echa de menos Pi y Margall son el fundamento de una usura que monopoliza valiosamente la riqueza pública.

Pero se nos ocurre que el quid está en que Pi y Margall confunde ahora revolución con república y revolucionarios con republicanos; mas también en este punto saltan a la vista los textos del mismo autor. Veamos:

Condeno como tiránicos y absurdos todos los sistemas de gobierno.

La constitución de una sociedad sin poder es la última de mis aspiraciones revolucionarias; en vista de este objeto final, ha de determinar toda clase de reformas.

La república es aún poder y tiranía. (La Reacción y la Revolución)”

En cuanto a sus correligionarios, véase como los juzga en su opúsculo La República de 1873:

Por cada hombre leal he encontrado diez traidores; por cada hombre agradecido, cien ingratos; por cada hombre desinteresado y patriota, ciento que no buscaban en la política sino la satisfacción de apetitos”.

Si Pi y Margall hubiese muerto hace cuarenta años, a raíz de la publicación del libro citado, mucho hubiera ganado para su fama. Sus grandes pensamientos de joven gozarían de universal prestigio, y no se viera reducido a escribir chocheces y a ser para ciertos republicanos lo que fue Espartero en sus últimos tiempos para los veteranos progresistas.

Por nuestra parte, cumplimos con sentimiento el triste deber de mostrar la contradicción en que incurre Pi y Margall, como un medio de mantener la fe revolucionaria en algunos que aun pudieran sucumbir ante las sugestiones del hombre prestigioso.