El tiro por la culata

(La Idea Libre, 13/10/1894)

La burguesía española, influida por las ideas revolucionarías importadas de Francia, aceptó con entusiasmo el régimen liberal, y a su sombra practicó, aunque a medias, la desamortización, por otro nombre la expropiación del clero.

Prodújose en el país una guerra civil extremada, sangrienta: entre los partidarios de lo antiguo y los de lo nuevo, blancos y negros, había un odio a muerte, y la devastación, el incendio, el exterminio, asolaban el territorio, dejando por todas partes ruinas, desolación y sangre.

Obtuvo la victoria el partido liberal, y el vencedor impuso, naturalmente, su ley al vencido, y, ya lo hemos dicho, la expropiación tuvo efecto.

La Iglesia comprendió que las protestas, las censuras y las excomuniones eran quejas vanas y sin ningún valor ante gobernantes de manga ancha, que habían tolerado y tal vez sugerido la matanza de los frailes, y comprendí que debía adoptar otro criterio de más positivos resultados para lo por venir; al efecto propuso a los gobiernos liberales, sus expoliadores, la celebración de un concordato, especie de modus vivendi, entre la Iglesia y los Estados.

Satisfecha la avaricia con la posesión de las riquezas, la burguesía española celebró fácilmente el pacto a que la Iglesia le convidaba; ¿qué más podía desear? Era expoliadora, y junto con la posesión, recibía la sanción del hecho de parte de los mismos expoliados, que por hallarse revestidos de carácter sagrado, era lo mismo que obtener el perdón y las ganga del pecado. Poco importaba ya a los burgueses dejar a los curas el monopolio de las conciencias timoratas y la educación de la juventud, cosas todas que si alguna importancia habían de tener, sólo afectarían a las generaciones futuras, y eso nada importa a los que tienen por lema “detrás de mí, el diluvio”. Por otra parte, era necesario ceder alguna concesión a los que tienen por misión especial conservar en calma, paciencia y mansedumbre a la pobretería, ya que está probado que la fuerza no es siempre eficaz para tenerla a raya.

Han pasado los años y se tocan las consecuencias. Lo que sucede ahora parece una conseja medioeval, en que un ambicioso pacta con el diablo la cesión de su alma a cambio de grandes riquezas, y cuando apenas el incauto ricacho ha tenido tiempo de disfrutarlas, se presenta el cornudo y rabilargo prestamista a cobrar; entonces son los lamentos y la desesperación inútiles, porque el infernal usurero es implacable, tiene bien tomadas sus precauciones y no hay poder capaz de obligarle a desistir.

Ello es que los desamortizadores, los expropiadores, los precursores de los que en su día han de realizar la última y definitiva expropiación, ven con espanto que a sus espaldas se ha levantado un coloso que amenaza aplastarlos: los grandes centros de población se ven circunvalados por soberbios y elegantes templos de arquitectura místico-profana, como si el artista quisiera revelar que el dios de la muerte, que cazurro y llorón se cobijaba antes en las tenebrosas construcciones góticas, se ha echado a la vida alegre y gusta de la moderna quinta de recreo; multitud de conventos albergan holgazanas comunidades de monjas y frailes, a pesar de haberse abolido la frailería y no haberse legislado aún lo contrario, absorbiendo dotes y herencias a porrillo; grandes empresas comerciales e industriales, que dan la cara con una razón social falsa, y cuyas ganancias se dedican ad majoren Dei gloriam, todo lo acaparan y hacen una competencia, que por la inmensidad de sus capitales y los privilegios que les favorecen, es invencible; y la enseñanza, risa da considerarlo, parece destinada a sacar burgueses tontos, pues que dominando el clericalismo de levita en las Universidades, aprueba o da calabazas a los discípulos con miras ulteriores de dominación y venganza, al mismo tiempo que frailes y jesuitas desbancan a los colegios privados.

Al fin, los burgueses se apearon del burro: ven su propiedad en jaque, su panza en peligro, y a punto están de pedir leyes excepcionales contra los curas, como las han obtenido contra los trabajadores, sin comprender que las leyes sólo sirven para los débiles y no las sufren los fuertes. Por lo pronto, dan orden a sus periódicos de que aticen las pasiones populares contra el clericalismo, como lo hacían ayer contra todo género de reivindicación proletaria, hasta haberse dado el caso de que periódicos posibilistas, que siempre se distinguieron por su odio a los conatos de acción revolucionaria, increpen diariamente al pueblo porque sufre con paciencia; y se ha llegado a más, no ha faltado quien indicase, en términos harto transparentes, que la bandera inglesa, que cobija las grandes construcciones religiosas, no ha de ser obstáculo a la ira popular. En una palabra: la burguesía, comprometida por sus estúpidas complacencias, reconoce que le ha salido el tiro por la culata, y quiere que los trabajadores vuelvan a ser carne de barricada para que le saque las castañas del fuego.

Esos burgueses que se creen los más fuertes, los mejor dotados, los que han de prevalecer y nos han de suprimir, vienen, hoy que se ven cogidos, a tocarnos el himno de Riego y La Marsellesa. Sea en buen hora: ya los trabajadores van estando a punto de bailar al son que les toquen; tienen experiencia, y tal vez, en lugar de tener que arrepentirse por haber hecho el juego de intereses que les son contrarios, puedan dar en tierra con blancos y negros, o sea con los que les explotan en nombre de un dios o al amparo de una ley.

¡Alerta, trabajadores!