La ley

(La Idea Libre, 20/10/1894)

Digan lo que quieran los místicos, los estadistas, los filósofos, los economistas y todos cuantos como objeto primordial o secundarlo se ocupan de las relaciones de los hombres, lo cierto es que entre la necesidad sentida y la necesidad satisfecha, base fundamental, única, de la sociedad humana, sólo hay racionalmente la reciprocidad de derechos y deberes entre todos los individuos que la componen. Si la ley fuese la balanza de la justicia, esa reciprocidad sería su fiel.

El que nace y llega a ser papa, emperador, rey, noble, gobernante, legislador, rico o plebeyo infeliz, lo es en virtud de convencionalismos e imposiciones antinaturales; porque todos se engendraron en un útero materno y salieron a la luz en virtud de un mecanismo natural, propio. de nuestro ser, común a todos, absolutamente a todos los individuos, de nuestra especie, del mismo modo que a todos igualmente nos destruye la muerte, al indigente como al que tuvo medios y osadía bastante para hacerse adorar como un dios. No hay excepción alguna. Por esto, hasta los mismos, fautores de mitos religiosos, lógicos hasta en medio del absurdo, para crear un hombre sobrenatural, un Cristo, por ejemplo, le suponen hijo de una virgen y lo suben al cielo en carne y hueso...

Los médicos no aprenden su ciencia o su arte para curar cada clase social en individuos de la misma, sino que estudian anatomía y ensayan sus medicamentos en los pobres que padecen y mueren en el hospital, y con la experiencia adquirida en un lecho donde el que llaman rey de la creación es un número o un caso, en el anfiteatro anatómico y en la mesa de disección, curan al que les paga; y si se tiene en cuenta la miseria de los unos y la opulencia de los otros, bien puede decirse que en punto a salud, lo mismo que en otros conceptos, los ricos, los detentadores de la riqueza pública, viven y prolongan su existencia a costa de los pobres despojados. Así se explican estos datos:

Se calcula que la miseria mata el 90 por 100 de los pobres antes de los cinco años. Según los cálculos de Deparcieux, de cada 1.000 nacidos ricos, 235 llegan a la edad de sesenta años; mientras que de cada 1.000 nacidos pobres sólo llegan a la misma edad 117. En París, en los distritos ricos, la mortalidad anual es de 13 a 16 por 1.000, mientras que en los barrios pobres es de 25 a 31 por 1.000. La misma proporción ha sido demostrada por Villermé en Mulhouse y por el doctor Murmisse, en Burdeos. La diferencia es todavía más notable en Nueva York (en todo ha de distinguirse la República Modelo), donde en los distritos ricos la mortalidad es de 28 por 1.000 y de 150 a 196 por 1.000 en los de los pobres.

El cálculo de la edad media (eliminando a los niños, que pagan un gran contingente a la mortalidad entre los obreros), es para los patronos de cuarenta y tres años y para los obreros de quince”.

Ya lo veis, la consecuencia es clara: hay una ley que, según dicen, se propone la justicia, y como resultado de ella, no sólo hay pobres despojados y ricos despojadores, sino que se comete un asesinato colectivo, sistemático, que no escandaliza por lo manso, pero que por su repetición incesante de cada día, de cada hora, deja tamañitas a las matanzas de hugonotes o de comunalistas.

No hay que darle vueltas. La ley es y ha sido siempre la expresión de la voluntad fundada en la conveniencia de los que mandan. La lógica va más lejos aún. Si la ley ha preceptuado como justo lo que perjudicaba a los sometidos, si estos dominan un día por un esfuerzo revolucionario y legislan también, tenedlo por seguro, incurrirán en el error común, darán nueva forma a la iniquidad: en ese supuesto ya puede lamentarse el porvenir de futuras víctimas.

Se supone que la sabiduría de un dios que abarca en su infinita inteligencia el universo en el tiempo y en el espacio dictó el decálogo en el Sinai ¡Cuántos males se han cometido a su sombra!

Un pueblo que llegó hasta el regicidio, la abolición de las religiones y la profanación de los templos y aun de las regias tumbas y celebró en solemne comunidad nacional la fiesta de la Federación, dio la famosa declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, legisló también, y su resultado es ese escepticismo enervante que nos degrada y esa tiranía burguesa tan repugnante como insoportable.

Triste es, pero cierto; hasta ahora el genio emancipador, sugestionado por la idea de un dios, o por la aspiración a la libertad, no ha hecho más que dar formas nuevas a la tiranía, y ésta, no la emancipación, es la que ha fructificado.

Natural es que así sucediera: si el genio del hombre, aunque limitado frente a la inmensidad del absoluto universal que le rodea, es infinito ante la concepción de los hombres referida a una época o a circunstancias determinadas, no puede ser circunscrito a una noción de moral que sólo refleja el pasado y el presente y desconoce en absoluto lo porvenir. Por lo tanto, no hay ya Moisés posible que, abusando de tramoya celestial, venga a dictarnos nueva ley, porque sería rechazado por embaucador.

Si los legisladores y los partidarios de la ley no pueden concebir al hombre de los siglos futuros, porque desconocen la influencia del medio en que aquel llegará a encontrarse; renunciad de una vez al fárrago legislativo por vano y por inútil, y lo que es peor, por tiránico.