A los muertos

(La Idea Libre, 15/11/1894)

Paguemos nuestro tributo a la costumbre, a la rutina si queréis; hablemos de los muertos.

Asunto es este que cae de lleno dentro de nuestro objetivo da propagandistas de la idea emancipadora, ya que la tiranía que combatimos se traduce principalmente por negación parcial o total de la vida.

Imitemos hoy, por excepción, a la Iglesia católica, que conmemora, no a todos los difuntos sino a los que aplica el calificativo de fieles, especialmente los de cuarta clase, porque los de primera, segunda y tercera ya recibieron en misas y responsos su parte privilegiada. Dediquemos este trabajo a los que murieron víctimas de la injusticia social.

Un cariñoso recuerdo:

A los que, dedicados a la agricultura, sometidos sin defensa a las fuerzas atmosféricas y climatológicas, trabajan sin descanso y sin recompensa por el cultivo y la extracción de los frutos de la tierra, siempre inclinados hacia el suelo, cubiertos de sudor o ateridos de frío según las estaciones; privados de instrucción, con la facultad intelectual atrofiada por las más absurdas supersticiones; esclavos del cura, del propietario de la tierra, del cacique local del funcionario administrativo; parias de la sociedad, que mueren después de haber vivido como autómatas; hombres sólo para la faena material al servicio del amo y para la potencia genésica que engendra sucesores en la cadena de la vil servidumbre; muertos en vida para la Inteligencia, para el sentimiento, para la participación consciente del gran conjunto de la familia humana en las memorias de lo pasado, en las luchas de lo presente y en las reivindicaciones de lo porvenir, muertos que respiran, trabajan, procrean y cuya materia se disuelve entre los terrones de su aldea.

A los que en el fondo de las minas, en el taller, en la fábrica, en el vehículo marítimo y terrestre extraen la primera materia, la transforman y adaptan a las necesidades de la vida y la transportan según las exigencias de la demanda, obteniendo por toda recompensa un jornal, modo inicuo por el cual el capitalista se reserva una ganancia usuraria, dejando al trabajador el residuo que permite la concurrencia comercial, con lo cual, aparte de que no recibe lo que le corresponde, vive en déficit constante y se ve privado, como su compañero el agricultor, de libertad y de instrucción para no ser más que instrumento al servicio de su señor.

A los que abrasa y entierra el grisú, a los que aplasta un derrumbamiento de tierras, a los que desequilibrados de un andamio se estrellan contra el pavimento, a los que pierden sus miembros arrancados por los engranajes de una máquina, a los que se envenenan por las emanaciones mefíticas de materias en descomposición, a los que sucumben por la duración excesiva de la jornada de trabajo, a los que perecen de privaciones a causa de la crisis resultante del exceso de producción y medios de subsistencia, a todos los que no alcanzan nunca el término natural de la existencia humana por que hubieron de dejar su sangre trocada en moneda para que los privilegiados se regodeen a su placer, a los que por carecer en todo de individualidad se les coloca simétricamente en el hoyo grande, se les cubre con una capa de cal para que su cuerpo se aniquile cuanto antes, se les pone encima una cruz de hierro, signo, según dicen, de redención, y reciben en común este día una bendición y un latinajo refunfuñado entre dientes y de mala gana por un clérigo acostumbrado a cobrar sus momerías de ritual a precio de tarifa.

A todos los que consumieron su vida dedicados al estudio de las ciencias, al esplendor del arte, al progreso de la humanidad y que por más que su nombre haya sido honrado, después de su muerte fueron despreciados por sus contemporáneos.

A los que en las guerras religiosas y en las revoluciones políticas pelearon contra el dogma y contra el poder y sucumbieron aclamando la libertad.

A los que en los calabozos inquisitoriales, en las prisiones de Estado, en las cárceles y presidios sufrieron torturas horribles y murieron consolados con la visión de un ideal de justicia.

A todos los que bajo cualquier forma sufrieron pasión y muerte por la redención de sus hermanos y el aniquilamiento de la tiranía.

Que su ejemplo nos fortalezca, su fe nos vivifique, su constancia nos anime, sus sufrimientos activen nuestra energía.