Conócete a ti mismo

(La Idea Libre, 03/11/1894)

Esa era la inscripción que, como fórmula suprema de la sabiduría pusieron los griegos sobre él frontón del templo de Éfeso; fórmula no derogada aún, y que probablemente no lo será nunca, porque siendo la analogía el único medio que tienen los hombres para conocer la humanidad, el que a sí propio se desconoce es incapaz de conocer y juzgar a sus semejantes, ni puede tener noción clara de lo que ha de rechazar, ni ideal que le sirva de seguro norte en el desarrollo de sus energías, ni esperanza de redención si pertenece a loa oprimidos, ni justificación ante su conciencia si, explotador o explotado, se hunde en miserable escepticismo.

Lector obrero, que obrero has de ser como lector de este periódico desconocido de los privilegiados, procura conocerte, mira a tu alrededor y considera lo que de los productos sociales te hace falta para tu complemento, juzga a qué tienes derecho por el cumplimiento de los deberes que practicas y por el conocimiento claro de lo que eres, de lo que necesitas, de lo que te corresponde y de aquello de que careces, y formarás un objetivo para tu vida, te impondrás una misión, ejercitarás tu voluntad, serás digno, te recompensarás con el aprecio propio, satisfacción inmensa, única que puede colmar la ambición del hombre consciente, porque es la sola que se da con absoluto conocimiento de causa y sin engaño.

Descontando los individuos que brillan por la desigualdad con que se distribuye la ciencia adquirida por la humanidad en el curso de número desconocido de generaciones, por la riqueza vinculada como un monopolio o por la posesión casual del genio, te hallas tú en compañía de los innumerables que te precedieron y los que como tú viven, que no tenéis personalidad, que sois la última capa social, la vil canalla para el rico, la plebe para el privilegiado, la masa para el estadista, el vulgo para el instruido, la demagogia para el ministerial, el pueblo para el político de oposición, materia imponible para el hacendista, autómata quintable y regimentable para el guerrero, fuerza animal para el industrial y último mono en cuantos males, desgracias, penas y calamidades resultan a consecuencia de haber una sopa boba para unos cuantos afortunados chiriperos que en esto de la organización de la sociedad disfrutan de la ganga de tener la sartén por el mango.

A la medida de tu paciencia y de la de los infinitos átomos que como tú y juntos a ti constituyen el común de los miserables explotados, y no en atención a las necesidades públicas, se regula el impuesto que de ti y de los que alcanzan el mismo nivel que tú saca el burgués, que aún se pavonea con el título de contribuyente, él, que no contribuye, sino que aun negocia y logra en esa mediación que ejerce entre la miseria y el poder absorbente del Estado. Y claro está: mientras tú y tus colegas sigáis siendo mansos paganos; y si sois campesinos os conforméis a perder vuestro último terreno, o si sois obreros industriales paguéis pacientemente algunos céntimos más por la bazofia que os sirve de alimento, por el tugurio que os cobija o por los pingos que cubren vuestra anémica humanidad, no os faltará cada año un aumento en los presupuestos del Estado, destinados, según dicen vuestros gobernantes, a cubrir atenciones sagradas, aunque en realidad sólo sirvan para pagar las rentas a los usureros que chupan vuestra sangre.

Considera que si el hombre es el rey de la creación, dando el nombre de creación, sólo con el objeto de entendernos, al universo increado, a ti te corresponde ese real título como al soberbio más encopetado; que las diferencias entre uno y otro no son naturales sino artificiales, hijas de la mentira, de la iniquidad, del convencionalismo social que los privilegiados impusieron por la fuerza y por la astucia, y por consecuencia que para ti, para todos sin excepción, o sino para nadie, se hizo ese sol que nos alumbra, ese firmamento que se extiende sobre todos los horizontes, esa tierra que nos sostiene y mantiene con su fecundidad, esos mares que difunden la benéfica y templadora humedad, esas riquezas subterráneas que nos proveen de metales preciosos para facilitar el cambio, o de hierro para aumentar prodigiosamente nuestro poder industrial. Y quien diga que posee mejor derecho que tú a esos bienes naturales, que existen por sí en virtud de unas energías anteriores a toda voluntad y a toda actividad de hombre, miente, y si lo sostiene para justificar una posesión privilegiada comete un timo, y si además te despoja en absoluto y te reduce al estado de esos infelices sin trabajo que pululan por las grandes ciudades, vagan por los campos o emigran a lejanos países buscando en vano una patria que les ofrezca un hogar tranquilo para fundar una familia feliz, perpetra una iniquidad sin nombre en la nomenclatura de la moral, ya que esta clase de delitos, lejos de ser definidos como tales en el Código han sido considerados, no ya como cosa lícita, sino ¡horror causa pensarlo!, como fundamento universal del derecho.

No quieras ser más que nadie, ni tampoco menos; no obedezcas al que te imponga sus mandatos, ni consideres inferior a nadie para imponer los tuyos; despoja tu inteligencia de preocupaciones y tu imaginación de los vanos fantasmas que para que te sometieras fácilmente al yugo te inculcaron, y podrás tender tu vista sobre cuanto te rodea con aquel orgullo lícito y doble que siente el que ha logrado sacar de si mismo toda el fruto que da sí puede dar la humana naturaleza.

Conócete a ti mismo y serás fuerte amparo de los débiles oprimidos, temible enemigo de las instituciones bajo cuyos auspicios se oprime, se explota y se despoja, único medio de alcanzar una personalidad honrada en medio de tanto individuo que se abisma en el olvido o sobresale para ser objeto del desprecio universal.