El verdugo y el millonario

(La Idea Libre, 10/11/1894)

Aquella nación que formaron los puritanos y que constituyó en república el inmortal Washington, gira hoy sobre estos dos polos: el verdugo y el millonario.

En su período colonial pronto estuvo en condiciones de independerse de la metrópoli: la energía y actividad de los colonos crearon grandes fuerzas para luchar contra los indígenas y para resistir las exigencias del gobierno inglés, y después de una guerra sangrienta se proclamó la independencia de la república.

La intolerancia religiosa, que llenó de ruinas y sangre el suelo de la vieja Europa durante el largo periodo de la Edad Media, no arribó a las playas de la América septentrional, y los colonos de aquella tierra virgen dieron libre expansión a sus preocupaciones místicas, inspirándose en el deber de cultivar la propia conciencia sin practicar aquel proselitismo que degeneró siempre en imposición tiránica.

En cambio la explotación del hombre por el hombre adquirió allí la suprema potencia: primero por la esclavitud, y luego, abolida aquella, por el salario; el dueño de la tierra, del capital y de los instrumentos de trabajo constituyó un señorío absorbente y poderoso que redujo al trabajador a la condición de autómata.

Algunas docenas de ricos sin igual en lo presente ni en lo pasado en todo el mundo conocido, y muchos millones de pobres tan miserables como el paria de la India o como el obrero sin trabajo de las gran les capitales de Europa, son las dos únicas clases de ciudadanos de la gran república.

Grandes ciudades, simétrica y artísticamente construidas, donde palpita la vida a semejanza de populosos hormigueros; manufacturas monstruosas que aplican a la producción los últimos adelantos de la mecánica y forman con los productos montones como montañas; ferrocarriles que salvan con velocidad vertiginosa los ríos, los desiertos, los montes, las llanuras, las poblaciones, manteniendo en toda la república la febril excitación del negocio; puertos atestados de buques que ostentan las banderas de todas las naciones, llevan allá el sobrante de los trabajadores de cada una, y van y vienen a efectuar el cambio de sus recíprocas mercancías; templos de todas las religiones; escuelas de todas las ciencias, y cuanto condensa y sintetiza la civilización moderna, todo se encuentra allí en grande, formando sorprendente golpe de vista, seduciendo la imaginación hasta transportarla por súbito entusiasmo a las sublimidades de lo ideal; pero en cuanto la admiración cede el puesto a la observación y al raciocinio, la desilusión es completa, porque allí, bajo la etiqueta política de la igualdad y de la democracia, se encubren desigualdades e injusticias que comprenden desde las alturas donde se exhibe la soberbia y la riqueza de un Creso hasta la profunda sima de mísera esclavitud en que yace el ingenio de un Esopo.

Los trabajadores tienen allí dos caminos que escoger para seguir el curso de la vida: o se someten dócilmente a la explotación y sólo consiguen a costa de vilezas y privaciones multiplicar la riqueza de los millonarios, o se dedican a la propaganda de los ideales emancipadores, y, si enaltecen su propia dignidad, sucumben bajo el fuego de los pinkerton o caen en las manos del verdugo.

No hay término medio posible: bien lo demuestra la existencia de fortunas que alcanzan la cifra de mil millones de pesetas y la sentencia que condenó a los que hoy el proletariado da el glorioso nombre de mártires de Chicago.

Puesta la consideración en aquella república que sintetiza la última etapa del progreso político, consideramos el fracaso de la aspiración liberal de todas las generaciones y el curso seguido por la evolución autoritaria: la libertad, que creyó garantirse con el gobierno patriarcal del jefe de la tribu, degeneró en el absolutismo de los déspotas; los vasallos, que soñaron emanciparse del despotismo de los señores, de los reyes y de los emperadores convirtiéndose en ciudadanos de una democracia, cayeron bajo el poder del capitalista y fueron sacrificados por la ferocidad de sus sayones.

¡Oh libertad!, tu enemiga domina hoy como en los días remotísimos en que la autoridad se encarnó en la naciente sociedad humana, tus protestas y tus revoluciones sólo han servido para las sucesivas reencarnaciones de esa autoridad odiosa que tiene a su cargo torrentes de sangre y de lágrimas a través de los siglos y de toda la superficie de la tierra, y sólo brillará con todo el esplendor de la justicia el día en que cese el último Código y se practique por todos y en todo el mundo la justicia.

Entretanto la figura simbólica de la libertad iluminando al mundo que el viajero encuentra al arribar a los Estados Unidos es un vil sarcasmo; en aquel pedestal debiera ponerse esta inscripción: “Aquí al derecho del hombre se halla a merced del millonario y del verdugo”.