La guerra civil

(La Idea Libre, 17/11/1894)

Lo agitación nerviosa de la burguesía española, a propósito del avance de la marea clerical, toma cada día mayor incremento.

Vemos que las ideas expuestas en nuestro artículo “El tiro por la culata”, publicado hace tres o cuatro semanas, son cada vez más oportunas, a juzgar por el aspecto provocativo y matón que toma el clericalismo.

He extractado aquí lo que un popular diario madrileño expone acerca de este asunto.

Los carlistas tienen dinero abundante para la guerra: rentas colosales, pingües negocios, grandes limosnas, y además cuentan con la contribución y el saqueo del territorio por donde anden.

La dirección y la explotación corresponden a los jesuítas; D. Carlos dará el nombre y los carlistas serán los ejecutores.

Grandes compras de armas en las fábricas vascongados con un pretexto justificado en apariencia, y depositadas, en lugar desconocido, proveerán el armamento del futuro ejército carlista.

Los conventos edificados últimamente son futuras fortalezas distribuidas obedeciendo a un sabio plan estratégico.

La organización del personal militante es completa y perfecta y los jefes permanecen en sus puestos.

El plan de campaña, bien discutido y madurado, se aprobó en Roma a su debido tiempo.

Un diario de Valladolid, haciéndose cargo de la situación, en términos enérgicos señala como con el dedo a los conventos.

Otro de Barcelona, y por cierto perteneciente al más empalagoso posibilismo, recordaba que la bandera inglesa, siempre respetable y respetada, no puede serlo cuando se usa para autorizar odios justificados.

En el mismo sentido se expresa en general la prensa burguesa; ahora que ven comprometido el comedero, quieren los expropiadores del clericalismo que los despojados de siempre, los que comían ayer lo sopa de los conventos y hoy parecen sometidos a lo explotación, den su sangre en defensa de sus señores, y esto es sencillamente imposible. Los trabajadores tienen memoria y conciencia: ¡bueno fuera que después de haber monopolizado la riqueza nacional, haber producido una crisis que ha obligado a emigrar a la Argelia o a la Argentina a la mitad de los trabajadores agrícolas y casi otro tanto de los industriales; haber efectuado una persecución que ha anulado toda organización obrera que tuviera nobles ideales, fuéramos todavía a pelear por los burgueses! ¡Cá! Si hay quien cree en la posibilidad de organizar batallones francos que en un momento dado se les abandona a la matanza, se lleva un solemne chasco.

Creemos útil insertar aquí un pensamiento de Bakounine, tomado de su opúsculo L'Empire Knouto-Germanique et la Revolution social:

La guerra civil tan funesta al poder de los Estados es, por el contrario, y a causa de esto mismo, favorable siempre al despertar de la iniciativa popular y al desarrollo intelectual, moral y aun material de los pueblos. La razón es sencilla: lo guerra perturba y quebranta en las masas esa mansedumbre, de rebaño tan apetecida por todos los Gobiernos; rompe la monotonía embrutecedora de su existencia diaria, maquinal, falta de pensamiento y al obligarlos a reflexionar sobre las pretensiones respectivas de los pretendientes o de los partidos que se disputan el derecho de oprimirles y explotarlos, suele conducirlos a la conciencia reflexiva o instructiva de esta profunda verdad, a saber: que los derechos de los unos son tan nulos como los de los otros, y que sus intenciones son igualmente perversas. Además, acontece que el pensamiento de las masas, generalmente dormido, cuando se fija en un punto, se extiende necesariamente sobre todos los otros. Cuando la inteligencia popular se conmueve, rompe su inmovilidad secular; saliendo de los límites de una fe maquinal, rompiendo el yugo de las representaciones y de las nociones tradicionales y petrificadas que le habían hasta aquel momento servido de pensamiento, somete a severa crítica, apasionada, dirigido por su buen sentido y por su honrada conciencia todos los ídolos de ayer. Así despierta el pueblo, así nace en él el instinto sagrado, el instinto esencialmente humano de rebeldía, origen de toda emancipación, y se desarrollan simultáneamente su moral y su prosperidad material, hijas gemelas de la libertad. Esta libertad tan bienhechora para el pueblo encuentra un apoyo, una garantía y una excitación en la misma guerra civil, que al dividir a sus opresores, sus explotadores, sus tutores o sus amos, disminuye por esto mismo el maléfico poder de unos y otros”.

Que nuestros compañeros piensen sobre las circunstancias que dejamos apuntadas; mediten sobre lo que hemos copiado del gran revolucionario ruso y saquen luego sus lógicas consecuencias.