Sociología burguesa

(La Idea Libre, 24/11/1894)

Podemos decir, parodiando a Jesús el Galileo, que es tan difícil que un cerebro burgués comprenda la verdad, como que un camello pase por el ojo de una aguja.

La demostración es nuestra tarea de hoy.

En un diccionario enciclopédico que se publica en Barcelona, entre cuyos redactores figura D. Gumersindo Azcárate como encargado de las voces de sociología, ciencia que no existe según el Diccionario de la Academia hallamos en la palabra esclavitud lo que copiamos y va “entre comillas” y numerado.

1º. “La esclavitud debió establecerse en la Tierra cuando las artes de producción llegaron a un grado de desarrollo tal, que proporcionaron a los hombres algo más de lo que les era estrictamente necesario”.

Primeramente hagamos notar una falta gramatical, barbarismo según la Gramática de la Academia, que, suponiéndola cometida por el Sr. Azcárate, no sienta bien a un catedrático, académico, político, jurisconsulto, presidente de la Comisión de reformas sociales y publicista, famoso en cada uno de esos conceptos. La esclavitud no debió establecerse nunca en la Tierra. Si quiso suponer cuándo se estableció la esclavitud, pudiera haber dicho: “La esclavitud debió de establecerse, etcétera”, como dirían muchos que trabajan diez horas diarias, y no gozan fama de sabios, ni disfrutan de buenos sueldos, aunque saben gramática; y vamos a lo que importa.

Según la afirmación trascrita, el progreso en el orden material es causa del mayor mal que puede sobrevenir a los hombres, ya que reduce a unos a la anulación absoluta de su valor moral convirtiéndolos en cosa; y da a otros el carácter nominal y odioso de detentadores de la libertad de sus semejantes.

2º. “Mientras que la naturaleza dio al hombre lo necesario para la vida, y se lo dio espontáneamente, sin lucha, sin trabajo por parte del hombre, no debió éste pensar en someter a su semejante”. (Ni entonces ni nunca: ese redactor de diccionario ignora, por lo visto, lo que significa deber. ¿Cómo se mete ese ignorante a maestro? ¿Cuándo se ha visto a un ciego guiar a los ciegos?) “Cuando la naturaleza exigió al hombre lucha, y éste luchó por la vida, casi de un modo instintivo, sin industria alguna, tampoco el hombre pudo tener interés alguno en someter a otro hombre, porque en aquella dura lucha por la vida no podía haber exceso entre lo producido y lo consumido; mas cuando el hombre pasó a ser pastor, cuando se hizo luego labrador y con el pastoreo y el cultivo de la tierra produjo algo más de lo que necesitaba para su subsistencia, entonces el egoísmo le llevó a someter a los débiles para apropiarse de un trabajo que daba un producto mayor que el coste de su subsistencia”.

Si el progreso no tuviese explicación más racional, más decente ni más honrada, habría motivo para maldecirle, y todo el que tuviera sentimientos nobles, cualquiera que fuese su posición social, no podría menos de profesar el más radical nihilismo. Los salvajes que resistieron a la civilización en América en tiempos del descubrimiento, y actualmente los que en África y Oceanía viven gozando de la más amplia libertad, en la desnudez primitiva, en el amor idílico de la naturaleza, tendrían razón al odiar el trabajo, origen de la esclavitud, causa de que el hombre robase la personalidad al hombre, según el sociólogo burgués.

3º. “La esclavitud, esa institución que hoy causa tanto horror, nació casi al mismo tiempo en que la humanidad daba el primer paso en el camino de la civilización, cuando nació en ella la idea de la propiedad y las tribus nómadas pasaron al estado sedentario”.

¡Ah! ¡La propiedad! Tenedlo presente, proletarios; un sabio burgués lo dice: cuando el infame se hizo propietario, el bueno quedó reducido a perdurable esclavitud, y esa iniquidad de hoy, de ayer, de la antigüedad prehistórica, de que son cómplices todas las religiones, todas las filosofías, todas las legislaciones, es lo que se llama orden social. Esclavitud de hoy decimos, porque sean cualesquiera las diferencias que como asalariados nos separen de los esclavos, lo esencial subsiste: somos ciudadanos, nominales para los derechos y positivos para los deberes; se nos reconoce como partícipes de los bienes celestiales si vamos a misa, confesamos y comemos bacalao el viernes; pero mientras el esclavo era mantenido y conservado como el caballo o el perro del amo, el proletario ha de tener contento al burgués o su representante el mayordomo a costa de no pocas indignidades, y aunque tiene libertad de dejar el trabajo, tiene también infinitas probabilidades de perecer después por falta de jornal. Es verdad que el esclavo no perdía la condición de tal y el asalariado puede variar de posición; pero ha de ser en virtud de una de estas condiciones que no todos reúnen: ha de ser afortunado, o editor responsable de su mujer, o pillo, o tener mucho talento natural. Por encima de todo, lo cierto es que como se produce mucho más que lo que se consume, según el redactor del diccionario citado, el egoísmo de los fuertes se apropia el producto del trabajo de los débiles; bien entendido que esas calificaciones son ya palabras convencionales, porque la fortaleza y la debilidad no están ya en los individuos, sino en las instituciones, en esa maldita propiedad de que con tanto método, orden y ceremonia se nos despoja. Conque ya lo sabéis, la cadena que os esclaviza está fija por el otro extremo en el registro de la propiedad.

Nos hace saber además el articulista, y extractamos por no copiar y no hacer más largo este trabajo, que la guerra, función indispensable en la historia de la humanidad, tuvo un gran auxiliar en la esclavitud y fue un paso necesario en el progreso social; Platón justificaba la esclavitud en nombre de la política, Aristóteles en nombre de la historia natural y de la fisiología, Epicuro en nombre de la sensualidad, Zenón en nombre de la historia, Jenofonte en nombre de la economía social; y nosotros añadimos por nuestra cuenta: Jesucristo predicaba el desprecio de los bienes terrenos y quería eterna la sumisión y la pobreza en nombre de la caridad, y el sociólogo del diccionario enciclopédico ensalza la esclavitud en nombre del progreso y del patriotismo; pero contra todos esos pretextos para justificar un crimen de lesa humanidad que se encuentra a sus anchas en el desequilibrado cerebro de un burgués, hemos de oponer un texto, no de un revolucionario, sino de la encíclica de León XIII sobre el socialismo que, como todos los escritos religiosos, tiene salsas para todos los gustos; helo aquí: “Si los, individuos y las familias, al entrar en la sociedad, encontrasen en ella, en vez de una protección, una disminución de sus derechos, habría que huir de esa sociedad antes que buscarla”.