El obrero político

(La Idea Libre, 15/12/1894)

Trabajadores hay, y no pocos y de los que aparentan mayor ilustración, que se lamentan de que el movimiento proletario pase sobre ellos sin tenerlos en cuenta para nada; se creen menospreciados y desatendidos, como si tales trabajadores no fuesen, siendo así que se hallan sujetos a las vicisitudes que gravitan sobre la clase en general.

Uno de estos, castelarista más que posibilista hasta que la gente de ese partido efectuó la evolución hacia la monarquía, y en espera hoy de la aparición de otro nombre prestigioso a quien rendir homenaje, nos decía hace pocos días discutiendo sobre asuntos sociales:

Ustedes, que no son más que una fracción mínima de la clase trabajadora, se atribuyen la representación de la totalidad de la clase y no consideran que hay muchos indiferentes, muchos más creyentes en las tradiciones religiosas y políticas y no pocos que prestan su concurso a los programas de los partidos democráticos.

Y estamos en lo cierto, respondimos; sólo nosotros representamos la personificación colectiva de la clase, por cuanto el pensamiento que nos anima comprende en racional conjunto un principio, una aspiración, y por tanto un criterio de absoluta certidumbre para la elevación de los trabajadores al nivel que por naturaleza les corresponde, para el establecimiento de la igualdad social y para el aniquilamiento del privilegio en todas sus manifestaciones. Todo lo demás, como contrario a la justicia y a los intereses obreros, aunque de obreros proceda, es burgués, malo, odioso, por cuanto dificulta el avance de lo bueno y da fuerza y consistencia a lo que por razón progresiva ha de ser destruido.

Nuestro contradictor, padre de familia, con tres hijos y la suegra, infeliz asalariado que trabaja las diez horas de reglamento y hace suplementos extraordinarios en su casa para ganar algunas pesetas más a la semana, lo que no impide que lleve las botas rotas, sufra penosas privaciones y tema a cada momento las contingencias que constantemente amenazan a cuantos fabrican rentas para sus opresores, no quedó convencido, ni se convenciera aunque sólo para ello viniera Kropotkin en persona, porque Castelar ha dicho, y nuestro contradictor se pasma de admiración: “Los problemas sociales se han de resolver en la medida de lo posible y con las coyunturas de una verdadera oportunidad, sin que sufran detrimento las libertades individuales ni su inconmovible base la propiedad”.

He ahí el verbo de la burguesía anunciando la mala nueva a los necios que defienden su miseria. Así piensan cuantos se oponen a las reivindicaciones revolucionarias, aunque no supieran construir una frase con tantas campanillas gramaticales, lo que nada tiene de extraño, ya que más que a instruirse dedican lo mejor de su vida a aumentar el caudal del amo y ninguno cobra la cesantía de ministro.

El criterio de los semi-ilustradores trabajadores de quien es tipo nuestro posibilo-oportunista compañero parte de dos conceptos falsos, a saber:

1º. Un ideal sostenido rudamente por gente inculta, que tiene contra sí la totalidad de cuantos se hallan revestidos del prestigio del saber, de la autoridad y de la riqueza, no puede prosperar.

2º. La aspiración hacia una sociedad justa y perfecta es una utopía incompatible con la naturaleza humana.

La consecuencia es natural: para estos infelices la verdad no es tal si no se presenta con cortesía y con camisa limpia, y olvidan que la historia demuestra, sin una sola excepción, que contra la soberbia de los déspotas, la intolerancia de los pontífices y la petulancia de las academias, únicamente los sans-culotes, los herejes y los innovadores rompieron los obstáculos opuestos al progreso por los explotadores y aun por los posibilo-oportunistas de todas las épocas, y sólo así quedó vía libre para cuantas verdades hayan de presentarse y las correspondientes justificaciones en todas las esferas de la vida individual y social. Resulta, pues, que los trabajadores que se creen desdeñados por sus compañeros revolucionarios que no usan traje elegante ni se expresan correctamente, son los que primero desdeñan a los otros por un sentimiento de ridícula necedad. Esto respecto del primer punto.

Además: los trabajadores revolucionarios tienen creencias contrarias al escepticismo dominante, opuesto, como sabe todo el que tiene el entendimiento sano, a toda justicia y a toda verdad absolutas, y los trabajadores cursis que hoy ponemos en la picota no pueden seguir a sus compañeros revolucionarios, no sólo por mal vestidos y poco elocuentes, sino porque además rechazan las opiniones a la moda burguesa.

Lo cierto es, contra todos los sofismas místicos, políticos o filosóficos, que el progreso es ley de la vida, y siendo limitadas nuestras facultades, nuestras aspiraciones, objeto de todo progreso, por grandes que sean, limitadas son también y perfectamente al alcance de nuestra actividad; por tanto, nuestra perfección y nuestra justificación es obra asequible a nuestro poder, que saldrá victorioso un día para siempre más, en un plazo tal vez largo, que no lo sería tanto si no hubiese majaderos que por ignorancia, y, lo que es peor aún, por vanidad, aplaudiesen a sus tiranos. Continúen en mal hora esos semi-ilustrados trabajadores, para ser algo, siendo políticos; jueguen a la democracia votando a sus mandarines, ellos que no serán diputados, gobernadores, ministros, presidentes, obispos, generales, accionistas de empresas comerciales ni industriales, sino simples paganos o paganos simples, que cuando su burgués los despida porque hay exceso de producción y falta de demanda, o cuando se retire con sus ganancias, o cuando por enfermos vayan al hospital a morir de hambre por enriquecer a un contratista, o cuando por viejos les jubilen sin el haber que les corresponda, o cuando cojan una enfermedad por faltar a la higiene, o cuando un engranaje les rompa una pierna o un brazo, o cuando sus hijos les pidan pan y no tengan más que lamentos que darles, sus quejas no tendrán siquiera el consuelo de la inculpabilidad, porque su conciencia, ilustrada entonces por triste experiencia, podrá argüirles que si por seguir un jefe que les engañaba votaban un candidato, por darse ínfulas de entendidos discutían programas, criticaban discursos y profetizaban acontecimientos, abandonaban a los que luchaban por la redención del trabajador, y su miseria y su tardío arrepentimiento vienen a ser un justo castigo.