El nacimiento*

(La Idea Libre, 29/12/1894)

El 24 de diciembre es el solsticio de invierno y el 24 de junio el de verano.

Según la Iglesia católica, este último día es aniversario del nacimiento de Juan el Bautista, llamado el Precursor, y el otro el de Jesús de Nazaret, el Mesías prometido en la ley y en los profetas.

No es esta una coincidencia de fechas, sino un hecho producto del cálculo: el cristianismo, así como la mitología pagana, está basado en la astronomía, como resabio de su primitivo origen.

La imaginación y la ignorancia de los primeros pueblos los llevó a establear el sabeismo o culto a los astros. El espectáculo de la naturaleza, la relación de las estaciones y de los cambios atmosféricos con las necesidades individuales y sociales de la vida, hicieron suponer a los hombres sencillos de las primeras edades que los astros eran seres superiores y el sol el primero entre todos.

El estudio y la observación descubrieron las leyes que los rigen, y con ese conocimiento surgió la idea de reservarlo entre cierto número de iniciados y de dar al pueblo mitos y dogmas para prolongar indefinidamente su ignorancia y vivir a su costa: he ahí la base fundamental de todas las religiones.

El esoterismo, o filosofía reservada de los sacerdotes iniciados, y el exoterismo o creencia impuesta por los sacerdotes al pueblo fue como el evangelio de los privilegiados, mediante el cual el astuto y holgazán se mantiene a flote en tanto que las masas populares quedan entregadas al trabajo y al embrutecimiento.

Dado el impulso y sistematizado el privilegio, no necesitaron los sacerdotes de las generaciones posteriores aguzar el entendimiento, porque el abuso, la espoliación y la urania continúan sin dificultad ni interrupción, y naturalmente Dios y el César reciben, lo que, según la enseñanza sagrada, les pertenece, quedando el trabajador a la luna del Valencia.

Es el solsticio de invierno el momento en el curso de la revolución de la tierra alrededor del sol en que, por efecto de la inclinación del eje terráqueo y del movimiento de rotación, termina el acortamiento de los días, y empieza el aumento. Lo contrario acontece en el solsticio de verano.

Este resultado tan notable del movimiento ha servido siempre de punto de comparación para medir el tiempo, y los ignorantes, tomando el efecto por la causa, han creído que era el tiempo mismo, y por esto se dice: muere y nace el año.

Eso es lo que nace el día 25 de diciembre, llamado por los creyentes día de Navidad.

De modo que no se conmemora el nacimiento del hombre eminente, ni menos el de un dios, sino que positiva, aunque inconscientemente, se festeja el año recién nacido.

La relación que existe entre el cristianismo, y la astronomía en este punto no es otra que la necesidad que tuvieron los primeros propagandistas cristianos de amoldar su doctrina y sus mitos a las costumbres paganas, porque sólo por esta concesión oportunista pudo conseguirse su aceptación. Sirva esto y sus deplorables consecuencias de lección a los futuros innovadores para que antes aplacen la satisfacción del triunfo que doblegarse a acomodamientos que al fin mixtifican principios e ideales y dejan subsistente el mal que se pretendió remediar.

Han pasado los siglos, el error se ha fortalecido por la tradición y por la influencia que ejercen los rituales y las ceremonias, y claro está, el señor Todo-el-mundo sigue la rutina: tanto por ignorancia como porque, siguiéndola, encuentra ocasión de fiestas, comilonas y borracheras.

La diferencia existente entre el año astronómico y el civil no destruye en lo más mínimo nuestras afirmaciones, y se origina en antecedentes históricos que por no referirse un nada a nuestro objeto, que es únicamente arrancar una preocupación a nuestros compañeros de trabajo, abandonamos a la futilidad de los escritores burgueses.

Conste, pues, que el génesis y la revelación que se atribuyen todas las religiones son invenciones encaminadas a dar carácter sagrado al despojo y a la tiranía que los privilegiados de todas las épocas han perpetrado en perjuicio de las generaciones de trabajadores; que la fábula del niño-dios nacido de una virgen es una parodia de los fundamentos de las religiones anteriores, y que sólo la ignorancia y la predisposición a lo maravilloso ha hecho que los infelices despojados acatasen y rindiesen homenaje a un piadoso embuste.

Tal es el origen y el verdadero carácter de esa fiesta en que falsamente se habla de nivelación de las clases ante la divinidad.

Los trabajadores nada, pues, tenemos que ver con esa fiesta místico-burguesa.

 

* Este artículo debió aparecer el número pasado; pero a Correos no se le antojó que llegara a su debido tiempo, a pesar de habérnoslo enviado con el suficiente tiempo nuestro querido compañero L.