El obrero revolucionario

(La Idea Libre, 05/01/1895)

Quizá no haya época tan desgraciada en la historia que, además de sufrir su parte en el mal social, haya tenido la mala suerte de carecer de individuos que mantuvieran el fuego sagrado del pensamiento libertador, y aunque así fuese, los trabajos de pensadores y el pensamiento de generaciones anteriores quedaría como ideal para su consuelo y enlace con el de las generaciones siguientes.

Ni las mismas clases privilegiadas han negado su contingente al sacrificio, ya que se han visto nobles de la más elevada estirpe y ricos en el goce y posesión de todos los bienes materiales ofrecer su holocausto a la verdad y a la justicia y sufrir por ellas persecuciones, miseria y el martirio.

Lo que sí ha ocurrido es que la idea progresiva se ha encarnado siempre en una agrupación especial, ya de raza, ya religiosa, ya política, y últimamente, como sucede en los tiempos actuales, en una clase social internacional.

Y es de notar, y lo consignamos como para demostrar que no nos duelen prendas, que lo natural y lo corriente es que los colectividades revolucionarias lo sean por interés y las reaccionarias ni más ni menos, y así, a pesar de cuantas excepciones de una y otra parte se ofrezcan, no puede concebirse una burguesía revolucionaria en la verdadera acepción de la palabra, ni tampoco que el proletariado deje de cumplir la profecía de Proudhon enarbolando la bandera del progreso que la burguesía arrojó como carga pesada.

Tiene interés el reaccionario en conservar sus privilegios, sus riquezas, su dominio y señorío, y para ello invoca con elocuencia campanuda e hipócrita afectación la patria, la religión, la propiedad, la familia y todos los lugares comunes que llenan los preámbulos, programas, artículos y discursos que en defensa de su interés de clase y como máscara de su escepticismo lanza la burguesía.

Tiene asimismo interés el revolucionario en atacar los privilegios de sus dominadores, y aun en deducir las consecuencias de las doctrinas que estos le predican, porque al dar satisfacción a su entidad moral tiende a satisfacer las necesidades materiales que lo asedian en todos sentidos.

Pero ríndase él mundo a la evidencia: el interés del trabajador revolucionario es legítimo, digno, salvador, y sin él la humanidad se estancaría en la corrupción del vicio y del pancismo y no habría para el caído la más remota esperanza de salvación; en tanto que el interés del privilegiado reaccionario es vil, por cuanto es falso en su pretexto, en su pretexto, en su pretendida justificación, e infame en su objeto.

Lo repetiremos una vez más, así como creemos haberlo demostrado en trabajos anteriores: a pesar del interés y de las aspiraciones colectivas de una clase hay la influencia de las preocupaciones tradicionales y también el carácter y temperamento propio del individuo; por eso, mientras hay privilegiados que empeñan su hacienda y su vida en la lucha por la verdad científica o por la justicia social, hay tipos como el obrero político y el obrero burgués, enemigos de sí propios y de sus compañeros, que ya hemos bosquejado y que el lector podrá haber considerado en números precedentes de este semanario.

En la clase trabajadora, pues, está hoy vinculado el pensamiento libertador; ella es el Mesías prometido en la eterna esperanza de progreso, justificación y perfeccionamiento. Toda categoría que de ella se aparta vive de la farsa por la imposición de un dogma, de la tiranía por la mentida idea de orden y justicia ilegal, de la expoliación por la vinculación indebida de la propiedad, de la explotación por el monopolio de los medios de producir, de la usura por el acaparamiento del capital, y claro está, todos esos farsantes y usurpadores sólo al presente miran y no tienen para qué mirar al porvenir como no sea para expresar el temor de que sus privilegios cesen, y por esto son enemigos de los revolucionarios y aun del tiempo futuro que les ha de dar satisfacción cumplida.

Entre la clase trabajadora sólo los que tienen clara conciencia del derecho, los que conocen cuánto se aparta de él lo existente y saben hasta dónde llega el límite de la justificación posible de la sociedad humana son los que se hallan identificados con el tipo que hoy queremos presentar.

Es el obrero revolucionario ilustrado por el estudio, convencido por la observación y la meditación, heroico por la renuncia de toda esperanza de beneficio individual y aun por la aceptación de todo género de contingencias desagradables y penosas que a causa de sus ideas pudieran sobrevenirle; es el único hombre de fe en lo porvenir, el lazo de unión entre las generaciones pasadas, presentes y futuras, y puede decirse que sólo por él vive sin interrupción ese inmenso cuerpo colectivo llamado la humanidad. Ve roto por los privilegiados de toda clase lo que puede considerarse como el pacto social, o sea los fundamentos, racionales sobre los que debe descansar la sociedad, y repito con Bluntschli: “cuando el oprimido en ninguna parte encuentra justicia, cuando no puede soportar la carga, entonces levanta su fiera mirada al cielo y sostiene que sus eternos derechos son firmes, invariablemente inviolables, como las estrellas mismas. Entonces se renueva el primitivo estado de la naturaleza, en que un hombre es igual a otro hombre. Como último medio, si ningún otro sirve, tiene la espada”. Eso no obsta para que tenga presente el pensamiento que fijó con caracteres indestructibles Martín Borrás poco antes de su muerte en la cárcel de Barcelona: “Trabajad cuanto podáis para que la fraternidad humana sea un hecho, pero por medio del convencimiento, como lo he hecho yo; porque debéis tener entendido que el bien y la libertad, lo bueno y lo bello, cuando son impuestos por la fuerza, pierden su benéfico carácter para convertirse en lo peor del mundo para los que no lo admiten”.

Ciencia infusa, fe; conocimiento adquirido, ciencia positiva; abnegación, constancia, entusiasmo, renuncia previa de las conveniencias, de la honra que otorgan los necios, de la libertad, de la vida y aun de la gloria póstuma: todo, por amor de la humanidad, ofrecido a las iras de los tiranos para que fructifique la justicia, esa es la síntesis que constituye el obrero revolucionario, tan incomprensible para el privilegiado como el color para el ciego de nacimiento, y a quien las generaciones futuras serán deudoras de la felicidad.

Lo cierto es que sólo hallándose comprendido en esa síntesis, por más que la carne sufra, halla inefables alegrías el obrero revolucionario, que con visión profética ve traducidas en instituciones y costumbres arraigadas sus ideas que hoy son tenidas por utópicas. Este sentimiento animó a muchos que murieron, a muchos que sufren; él mueve nuestra pluma.