Por el goce material

(La Idea Libre, 19/01/1895)

Los satisfechos y bien hallados con la actual organización social con un recurso, que sin duda creen muy eficaz, a juzgar por el empeño y la unanimidad con que le emplean.

La envidia, dicen, es el móvil que impulsa a los trabajadores revolucionarios, el goce material su único objetivo.

El recurso es ingenioso y de gran efecto; no en vano los explotadores del trabajador y acaparadores del capital social han cursado las asignaturas señaladas por el plan gubernamental de enseñanza: no da escasa prueba de talento el que posee un privilegio indebido, y, no sólo halla el medio de garantir su tranquilo e indefinido goce, sino que además lo justifica, y por añadidura, hace pasar por envidioso y sensualista al despojado.

Bien es verdad, que los inventores de tal recurso han hallado una feliz predisposición para admitirlo: el cristianismo enseña el desprecio de los bienes terrenales, y el catolicismo ha sacado de esta enseñanza el poder de la Iglesia y la miseria moral y material de los pueblos sometidos a su dominio; la democracia ha consignado en sus Constituciones el derecho como aspiración abstracta, y la burguesía ha fundado en ella la dominación gubernamental, entregando en cambio a los trabajadores la teoría de la evolución política y los sofismas del oportunismo.

Los dominadores de todas las épocas, cuando sus víctimas han empezado a conocer la realidad de su posición y a querer ponerle término, han tratado de convertirlas en Quijotes que aspirasen sólo al goce moral, dejando el material como cosa grosera e indigna de impulsar a los que se inspiran en generosos sentimientos. No de otra manera se hubiera conseguido destruir la corrupción pagana con la doctrina de la pobreza, para efectuar el acaparamiento del poder y la riqueza por los sucesores de los apóstoles; el sacrificio patriótico contra la irrupción de los conquistadores, para fundar la dominación feudal y el poder absoluto; el levantamiento democrático de los tiempos modernos y la declaración de los derechos del hombre y del ciudadano para dar vida al capitalismo burgués de nuestros días.

Contra las enseñanzas más elementales de la historia, preténdese continuar presentando el derecho como separado de los beneficios materiales que su práctica trae consigo, y si esto es disculpable en los privilegiados que a serlo indefinidamente por sí y por sus sucesores aspiran, no tiene disculpa alguna en los cándidos despojados que con su quijotesco desinterés sancionan el despojo de que son víctimas e imposibilitan por completo el triunfo de sus platónicos ideales.

Comprendemos la conducta de los privilegiados; lo incomprensible es que pobres desheredados que se sienten heridos en sus preocupaciones religiosas y políticas, hagan coro a los burgueses que tal argumento emplean, como repetidas veces hemos oído a trabajadores rezagados que aún confían en las promesas de sus enemigos.

Como reminiscencia de la dominación teocrática y de la educación religiosa, que destruída aquella aún conserva nuestra previsora burguesía, nos ha quedado como verdad inconclusa la doctrina dualista, que divide en dos partes lo que constituye una unidad positiva y esencial. Tiene el hombre la facultad de la abstracción, por la cual puede considerar las cualidades como separadas de las cosas a que pertenecen; así hablamos de la forma, del color y del sabor de cuanto nos rodea, formando sobre ello juicios tan razonables y seguros como si juzgásemos las cosas en sí mismas; del mismo modo hacemos abstracción de las facultades morales de los seres, y personalizamos la verdad, la virtud, la moral, el amor, la justicia, etc., etc., y sobre estas abstracciones hablamos incesantemente y nos dividen, nos apasionan o nos inspiran, según nuestras preocupaciones, nuestra educación o las circunstancias especiales que nos rodean. Es esta abstracción un recurso de nuestro entendimiento; pero se ha desconocido esta verdad, y se le ha pretendido dar vida efectiva, creando de este modo esos fantasmas que carecen por completo de vida propia.

Lo moral y lo material, cuerpo y alma, son manifestaciones diferentes de un mismo ser, aunque digan lo contrario los que hipócritamente afectan escandalizarse de esta verdad, por más que estén bien poseídos de ella. El Evangelio, tan manoseado para probar argumentos reaccionario0s, aunque su prueba sea para nosotros poco decisiva, también viene en nuestro apoyo, porque si el hombre no vive sólo de pan sino también de la palabra divina; es decir, si la vida humana no se efectúa sólo por lo material sino también por lo moral, lo mismo hubiera podido escribir el evangelista: el hombre no vive sólo de la palabra divina, sino también de pan, y entonces hubieran visto más claro los que nos acusan de sensualistas que lo material y lo moral, juntos y sin separación posible, constituyen la vida.

Vean, pues, los que por malicia o por ignorancia califican de groseros nuestros ideales cómo no podemos ni queremos dar importancia a sus necias y ridículas acusaciones.

Por otra parte, distan ellos mucho de predicar con el ejemplo; los trabajadores revolucionarios podrán ser sensualistas en el deseo; pero los moralistas burgueses son una especie de diablo predicador que quiere la moral estrecha para el prójimo, mientras ellos viven en la molicie y en el refinamiento del vicio.

Sigan, si eso les agrada, predicando severidad moral, mientras rinden culto a la concupiscencia, la explotación y la usura, que si pueden atraerse algún incauto que les escuche, de seguro no será obstáculo a la imponente y majestuosa marcha del proletariado.