Balance

(La Idea Libre, 02/02/1895)

Cuando un hombre ha dedicado la mayor parte y lo mejor de su vida a la propaganda de una idea emancipadora, y se le ocurre hacer balance, y ve de cerca y de lejos los errores en la inteligencia y la maldad en los hechos en grado no menor que al principio de su trabajo, se pregunta necesariamente: ¿de qué ha servido cuanto he hecho?

Crítico momento es este, que para muchos, para la inmensa mayoría, es el momento inicial de su caída al escepticismo, y no decimos para todos, porque sobre no ser exacto se ve que es necesario, y como tal existe en la naturaleza, que haya quienes sean los depositarios de aquella fe sublime en el ideal a que el género humano debe la continuación de su existencia. Fe salvadora, pero no exenta de peligros, puesto que por exageración produce fanáticos, del mismo modo que de la prudencia, excediéndose de sus racionales límites, resultan utilitarios que llegan a degenerar en miserables egoístas.

Supongamos llegado este momento, menos para el que traza estas líneas que para muchos de los lectores.

¿Qué resultado ha obtenido nuestra propaganda?

¿Será cierto, como dicen por ahí los que presumen de sesudos, que giramos en un círculo vicioso, y que las diferencias que se hallan comparando unas épocas con otras son sólo cambios decorativos y de nombre en que se agitan las mismas pasiones, reproduciéndose eternamente el drama social?

¡Alto! Que los pesimistas no se apresuren a responder, y los optimistas se abstengan de dar curso a sus risueñas fantasías.

Verdad es que el ideal revolucionario de los desheredados es ya universalmente conocido, pero no para aceptar su bondad salvadora, sino para hacerle objeto de escarnio y contradicción. Parece como que la rutina y el interés, repuestos del susto del primer momento, elevan de nuevo su influencia reaccionaria al nivel que antes se encontraba se sienten con poder bastante para ser la eterna rémora del progreso. Ved si no: literales y políticos hay que exponen detalladamente nuestro ideal para hacerle objeto de ilógica crítica o para burlarse de él; en numerosos documentos eclesiásticos hemos leído severas censuras contra el abuso de los poderosos, en que se excusan y aun justifican las reivindicaciones de los trabajadores, si bien con el fin de resucitar la fe muerta en las tradiciones místicas; en cuanto a los más directamente interesados, los trabajadores, pocos habrá que no hayan formado parte de alguna sociedad de resistencia, o que no hayan leído con entusiasmo y con fruición de consoladora esperanza alguna de esas publicaciones obreras que, llenas de demostración sugestiva, convencen bajo el peso de la más aplastante evidencia, y sin embargo, en su inmensa mayoría, los vemos tan escépticos como a los mismos privilegiados.

¿Cómo, pues, se conforman los hombres a negarse a la verdad, a eximirse de la justicia y a vivir en la miseria negra los que carecen de pan, de libertad y de honra, o en la miseria dorada los que han de fingir amor, amistad, crédito, opulencia y tal vez en la soledad derramen lágrimas de vergüenza y de remordimiento? ¿Por qué el pobre se somete vilmente a la servidumbre y el rico representa la farsa de la soberbia? ¿Por qué con la complicidad de pobres y ricos dejamos todos que la moral y la dicha anden tan lejos de nuestra inteligencia y de nuestros sentimientos como distante se halla la riqueza pública de la equitativa participación do todos los que por el hecho de vivir y ser seres humanos somos legítimos participantes?

Cuestiones son estas que entrañan la totalidad del problema social, a las que por falta de espacio y más aún de capacidad no daremos solución categórica, y principalmente porque, presentándolas a modo de temas para un certamen, preferimos que cada lector pienso y se las resuelva a su modo: no queremos hoy ejercer de mentores respecto de los que son nuestros maestros.

Y allá va a título de datos o ayuda de costas: es tristemente cierto que para los hombres asociados la verdad es limitada y convencional y la justicia acomodaticia y positivista, y así vemos que en el terreno de las abstracciones queda probado que la creación genesiaca y la revelación divina se hallan en contradicción con las demostraciones da la ciencia; pero la Iglesia, con la leyenda de sus mitos, su moral trasnochada y su arraigada organización vive fuerte y prestigiosa, desafiando y aun venciendo materialmente a la crítica racional y recibiendo el homenaje de sus mismos enemigos, que ante ella doblan la cabeza y se someten a sus ritos en el matrimonio, en el nacimiento de sus hijos y en la hora de la muerte. Impotente es el autoritarismo para aniquilar el mal y garantir a los buenos el ejercicio de su derecho, sirviendo más bien de apoyo al fuerte y al astuto contra la debilidad del injustamente despojado; pero la autoridad es así y no puede ser de otro modo, y así variando de nombre desde la autocracia a la democracia sirve aun de esperanza a muchos revolucionarios que en nombre de la libertad quieren imponer autoritariamente sus preocupaciones o tal vez sus mismas concupiscencias. Es absurdo que por el monopolio de la riqueza sirva la industria de medio de explotación contra el productor y el consumidor; pero todo el mundo respeta y aun envidia al que se enriquece gravando los artículos de consumo con una injustificada ganancia, u ofrece al mercado como si fuera trabajo propio lo que arrebató al trabajador mediante un contrato leonino llamado jornal.

La Iglesia, el Estado y el Capitalismo viven sin derecho a la vida: no lo tienen hoy, ni ayer, ni aun en el primer momento de su existencia. Las censuras revolucionarias tienen valor racional para lo pasado como para lo presente; pero téngase en cuenta que nacida la humanidad en la ignorancia absoluta, ha debido obrar a tientas antes de saber y pensar; por ignorancia creó lo malo, por malicia lo conserva y por abnegación revolucionaria lo combate. ¡Cuán diferente sería el estado de la humanidad si a la urgencia del estómago y a la exigencia de los pasiones correspondiese proporcionalmente la actividad del cerebro! Aun así, considérese que cuanto ha sido vida material se ha corrompido para volver a ser materia primera; pero los frutos del pensamiento viven, se acumulan, son imperecederos y con ellos está la revolución social y con ella el fruto de nuestra propaganda. ¡Callen los impacientes!