Los quintos

(La Idea Libre, 16/02/1895)

I

Ya marchan. Observadlos atentamente, y descrubriréis en su actitud sumisa un fondo de protesta, un germen de rencor, un algo de venganza que nunca se determina al exterior, pero jamás deja de conmover el organismo del soldado. Ya marchan. Una ley estúpida les arrancó del hogar santificado por el cariño de la madre y de la esposa; una organización política vencida en todas sus órdenes por la podre exige que unos cuantos millares de hombres abandonen violentamente las tareas de la industria, los trabajos de la agricultura, el culto de la actividad, el templo de las artes. Ya marchan...

II

¡La patria! Nombre augusto que vibra en el oído cual música prodigiosa. Fluido poderoso que penetra basta las últimas células y agita todo el ser. Oleada del sentimiento colectivo que invade, domina y trastorna el cerebro predispuesto. ¡Gran espectáculo nervioso!

Pues bien; la patria augusta y sacrosanta os exige que empuñéis las armas y viváis en la atmósfera viciada de los cuarteles; necesita de vuestra salud. Sacrificadle afecciones, esperanzas... bienestar. Sacrificadle hasta el honor. No importa.

La patria da ciento por uno como en la parábola. Cuando terminéis vuestro empeño y regreséis al campo, al taller, ya se dejará sentir sobre vosotros la benéfica protección de ese todo que no es nada.

Ya veréis las amenazas del que manda, los atropellos del que influye, los abusos del que puede; veréis en derredor un horizonte de miseria, arriba y abajo signos de muerto y degradación que os hacen señas.

Cuando oigáis los himnos bélicos y las oraciones místicas que el pueblo embrutecido eleva a su ídolo, rogad que os definan el concepto de patria. Preguntad a estadistas, oradores y sacristanes, si la patria no es igual a un compuesto de esos elementos que os baten constantemente, que os estrechan, que os reducen y acaban por estrangularos entre los furiosos aplausos del Derecho.