Timo social

(La Idea Libre, 14/09/1895)

Si se toma de los libros la definición de las palabras que expresan la colectividad humana como sociedad, nación, patria, o la de las destinados a garantir el derecho de los asociados, como Estado, ley, gobierno, se verá que todo está admirablemente amañado y dispuesto en teoría para que los mortales disfruten de un bien común y se hallen defendidos contra los ataques al derecho individual.

Desgraciadamente tan bellas concepciones no pasan de la definición, y en la práctica no resultan; lo que no es obstáculo para que a los que protestan por que les toca sufrir las consecuencias de tal desacuerdo, se les acusa de enemigos del orden, y sean, según el adagio de mi tierra, “tras de cornudos, apaleados”.

Unos cuantos ejemplos, que no son nuevos ni tampoco soy el primero en exponerlos, aclararán la tesis:

Hay quien al nacer se encuentra en dorada cuna, disfruta de cuidados esmerados y se desarrolla, educa o instruye con verdadero derroche, y al llegar a la plenitud de la vida se halla en posesión de rica herencia que, no sólo le allana todas las vías que pudiera emprender, sino que llega al hastío por estar materialmente asediado por el placer.

Hay también quien, después de vida laboriosa, tras recompensa despreciable por lo desproporcionada con el trabajo elaborado, sufriendo, por consiguiente, todo genero de privaciones, llega a lo mejor desprovisto de recursos, sin jubilación alguna, sin el consuelo de preservar a los que ama de las amarguras que le amenazan, y muere de aniquilamiento y desesperación.

La causa de la diferencia que separa estos dos tipos tan opuestos como característicos de nuestra civilización consiste en el dinero, esa cosa que, como todo el mundo sabe y enseñan los economistas, es signo de cambio, representación de trabajo efectuado, aunque lo posea en grande el holgazán y carezca de ello el trabajador.

Si el hecho de poseer dista tanto del concepto teórico de la propiedad, ya que como queda indicado, ésta se funda sobre el trabajo y de hecho sólo poseen los que explotan al trabajador, nada tiene de extraño que en determinadas circunstancias, cuando por efecto de persistente crisis se llenan los almacenes y se cierran las fábricas, quede el trabajador en la calle, con el hambre a la vista y lleno aún de consideración hacia su burgués, que le ha dado jornal hasta el último momento, cuando ya no podía más, y le ha prometido admitirlo de nuevo cuando se animen los negocios, acaso sin pensar el infeliz que mientras el burgués tiene para hacer frente a la crisis con las ganancias acumuladas por la explotación, él tiene porvenir de miseria que puede costarle la vida.

También es cosa corriente que si peligra la integridad de la patria que nos cobija, ante cuya ley, según la Constitución, todos somos iguales, vaya el trabajador a dar su sangre por ella, mientras el burgués se queda en casa, interesándose por los incidentes de la guerra, no en relación con la ansiada victoria, sino en vista de la oscilación de las operaciones de Bolsa, procurándose una vez más la ganancía a expensas de la vida de su compatriota el trabajador.

No falta quien, lastimado por las desgracias del pobre, le ayude con saludables consejos invitándole, por ejemplo, a que ahorre; lo malo es que el consejo es poco práctico en gente que carece de lo necesario, ya que el ahorro supone sobrante, y mal puede tenerlo el que ante todas las necesidades físicas y morales se queda siempre corto.

Otros quieren que el pobre se instruya, haciendo depender de la instrucción su mejoramiento individual y social, deseo no menos impracticable si se considera que mientras los maestros de instrucción primaria piden limosna porque las corporaciones políticas o administrativas de que dependen no les pagan, o abandonan la profesión por ingrata y hasta, se han dado casos, se presentan candidatos a la plaza de verdugo, la inmensa mayoría de ciudadanos y ciudadanas españoles, por imposibilidad material, no puede aprender a leer y escribir.

Y si de la enseñanza superior se trata, ésta constituye un privilegio para los ricos, porque la universidad es una especie de castillo señorial a estilo de los de la Edad Media, de donde los ricos sacan fuerza moral y material para imponerse a los pobres, a pesar de hallarse sostenida por el erario común. De donde resulta que, de hecho, los que en la escala social representan el último mono lo son porqne parece lícito a las inteligencias burguesas abusar del que no tiene por ignorante; o en otros términos, que los ricos pueden serlo sin remordimiento de conciencia, sin temor al Cristo que les amenazó con las penas del infierno, ni al sentido común que siempre censuró al usurpador que se apropia indebidamente de lo que a todos pertenece.

A última hora se ha convenido a hurtadillas en que el ideal emancipador que sostiene el proletariado militante es bueno y positivo, no sólo porque salva a la humanidad de graves e inveterados males, sino porque se halla de acuerdo con los adelantos de la sociología; así lo declaran cuantos privadamente discuten con cualquier anarquista; pero como, según la lógica burguesa, o, mejor, según la escolástica moderna, “no se puede caminar a saltos”, ni “tampoco puede empezarse a edificar una casa por el tejados”, hemos de aplazar la justicia de nuestras reivindicaciones, la verdad de nuestra aspiración y hasta el hambre que con implacable urgencia nos martiriza, para dar satisfacción al evolucionismo, al oportunismo y al posibilismo, último refugio del privilegio y calendas grecas cuyo plazo nunca vence y hace eterna nuestra miseria.

En resumen, y para no alargar más el asunto y sostener mi propósito de atacar el fraude burgués: los trabajadores hacemos en todo y por todo el papel de primos y nos dejamos timar como el más cándido paleto. Se nos estafa y se nos escarnece, y únicamente cuando por buenos muchachos se nos da una satisfacción, se nombra una comisión de reformas sociales, o el infalible de Roma dirige una encíclica a los obreros, y entre tanto el que tiene come y el que no ayuna.

Aunque no sea más que para que no se diga que nos está bien empleado, por tontos, conviene que todos los trabajadores se despabilen y entre todos licenciemos a toda clase de timadores sociales.