Error eterno

(La Idea Libre, 21/09/1895)

El Nuevo Régimen se ocupa en su último número del folleto El Estado, de nuestro estimado colaborador A. Lorenzo.

Después de declarar el Sr. P. y A., firmante del artículo, su conformidad con parte de las aseveraciones de nuestro buen amigo ocúrrensele ciertas dudas, que se deben sin dada alguna a que no se ha fijado bien en la índole del trabajo vamos a exponerlas, por si la casualidad ha hecho que El Nuevo Régimen no llegue a manos del autor del folleto, y aunque nos seduce lo fácil que sería desvanecer las dudas, que realmente no tienen de tales sino su forma interrogativa, pues en el fondo son conatos de refutación, dejamos a nuestro amigo Lorenzo la palabra.

Dice así el Sr. P. y A.:

Yo no entraré, pues, en si tiene razón el señor Lorenzo al anatematizar al Estado como lo hace; que no he de espantarme de ideas y de afirmaciones que mucho antes que los anarquistas, y no lo negará el Sr. Lorenso, ya que queda testimoniado en la misma obra de que me ocupo, han sustentado hombres de otros partidos y otras escuelas; lo que si diré es que con los trabajos anarquistas ocurre como con las disertaciones religiosas, y al decir esto acepto uno de los símiles de que se vale el Sr. Lorenso para demostrar su tesis, es decir, queda siempre una X por resolver.

Al cura acabaríamos por preguntarle qué hay detrás de Dios, al anarquista qué hay detrás ds la negación del Estado y de la supresión del Gobierno.

Porque muy santo y muy bueno que se niegue y se suprima todo, y que en ese terreno filosófico y científico se acepte como ideal; pero en el terreno de la práctica, ¿quedaría ingarantido, suprimido el Estado, el ejercicio, por ejemplo, de los derechos naturales?”

Después copia el párrafo que en el folleto comienza: “Si de la noche a la mañana se disolviese el Estado, etc.”, y añade el articulista:

Pero ¿cómo haremos todo esto? Supongamos que todos los hombres entendemos como debemos nuestros derechos, que no es poco suponer; si alguno los desconoce y los atropella, o nos parece que los atropella y los desconoce, ¿qué haremos? ¿Le castigaremos por nuestra mano? Volveremos entonces al régimen de la fuerza. ¿Lo haremos castigar por otros? Surgirá, si es así, una institución: la de la justicia organizada; institución que, a falta de otras, sustituirá al Estado y acabará por asumir en sí todos los poderes que hoy tenemos repartidos.

En el primar caso, habremos de someternos a la tiranía del más fuerte o de los más fuertes; en el segundo, habremos destruido toda una organización para tomarnos luego nuevamente el trabajo de reconstituirla.

Es, pues, un sueño suponer que puede prescindirse de toda reorganización. Eso aceptado como medida práctica, equivale a renegar del progreso y suspirar por la vuelta al estado salvaje, más posible que la anarquía, ya que en él siquiera, nacidos todos los hombres en las mismas condiciones, reunen todos de un modo aproximado igual desarrollo e iguales facultades.

¿Y puede ser honroso aspirar a un retroceso tan humillante?

El mismo autor se ve obligado a reconocer la necesidad del Estado que combate, pues lo hace así sin quererlo, cuando, creyendo que añade un argumento de fuerza a sus razones contra toda organización, dice:...”

Lo que dice Lorenzo es una copia de los párrafos más elocuentes y razonados de Kropotkin, en que éste, para demostrar la reducción de las funciones del Estado, cita el gran número de sociedades que viven, y viven regularmente, fuera de su acción.

Pero ni Kropotkin ni Lorenzo ni nadie ha dicho que la organización de estas sociedades sea el bello ideal nuestro, supuesto erróneo de que sin duda parte el Sr. P. y A. para escribir estos párrafos finales:

¿Y qué son todas esas organizaciones sino remedos del Estado? ¿Carece alguna de ellas de su Junta, de su dirección? Lo que consiguen esas sociedades es reducir al Estado político a sus fines peculiares y propios, ganando para la iniciativa particular aquella esfera de acción mal invadida por el Estado.

Y eso es otra cosa muy distinta de la supresión del Estado, y tan distinta como que lo uno es razonable y lógico, y lo otro una fantasía sin realidad próxima ni lejana posible.”