A El Nuevo Régimen

(La Idea Libre, 05/10/1895)

Tiene razón La Idea Libre; sin su artículo “Error eterno” no me hubiera enterado de que un Sr. P. y A. estaba conforme con algunas aseveraciones de mi trabajillo El Estado, tenía dudas sobre otras y aun manifestaba conatos de refutación. Ese periódico es casi desconocido en Barcelona, donde, por otra parte, apenas puede sostenerse un organillo federal.

Mucho siento que la redacción no haya contestado, “seducida por la facilidad de la tarea”; pero ya que me compromete dejándome la palabra, no rehuyo el compromiso.

Digo, pues, al Sr. P. y A.: Celebro que “no se espante de ideas y afirmaciones que antes que los anarquistas sustentaron hombres de otros partidos y otras escuelas”. En un artículo publicado en La Anarquía, de Madrid, tuve el gusto de consignar que los principios anárquicos, antes que por el estudio de autores extranjeros y por pensamiento propio, los había aprendido leyendo a Pi y Margall, a quien saludaba como el primer anarquista español. Por supuesto que el venerable anciano no era en 1854 “hombre de otro partido y de otra escuela”, según se desprende de estas palabras que el Sr. P. y A. habrá leído alguna vez en La Reacción y la Revolución: “Condeno como tiránicos y absurdos todos los sistemas de gobierno”.

Pregunta el Sr. P. y A. qué hay detrás de la negación del Estado y de la supresión del gobierno.

Buena ocasión es esta para que el señor P. y A. me aplique los calificativos de visionario y utopista que acaso me tenga preparados si cayese en la tentación de responderle categóricamente. Prefiero no darle ese gusto, si es que lo espera, no tanto por la molestia que eso pudiera ocasionarme, como por no desperdiciar la oportunidad de ilustrarle sobre asunto tan importante. Mejor es para él y para mí espigar en el libro antes citado.

El hombre es para sí su realidad, su derecho, su mundo, su fin, su Dios, su todo. Es la idea eterna, que se encarna y adquiere la conciencia de sí misma; es el ser de los seres, es ley y legislador, monarca y súbdito...”

Un ser que lo reúne todo en sí, es indudablemente soberano. El hombre, pues todos, los hombres son ingobernables. Todo poder es un absurdo. Todo hombre que extiende la mano sobre otro hombre es un tirano. Es más: es un sacrílego”. “Entre dos soberanos no caben más que pactos. Autoridad y soberanía son contradictorios. A la base social autoridad debe, por lo tanto, sustituirle la base social contrato. Lo manda así la lógica.”

Una ley no es más que un juicio, y si es o no este juicio injusto, sólo mi ley moral es capaz de decidirlo. El derecho, por lo tanto, lo mismo que el deber, o no existe o existe dentro de mí mismo.”

Si estos principios son racionales, y el señor P. y A. carece de valor lógico para aceptarlos y afirma que “una cosa es el ideal y otra la práctica”, vea el juicio que eso merece al Sr. Pi y Margall:

La democracia ¡cosa rara! empieza a admitir la soberanía absoluta del hombre, su única base posible; mas rechaza aún esa anarquía, que es una consecuencia indeclinable. Sacrifica la lógica, como los demás partidos, ante los intereses del momento, o cuando no, considera ilegítima la consecuencia, por no comprender la conservación de una sociedad sin un poder que la gobierne. Este hecho es sumamente doloroso. ¿Se reconocerá pues, siempre mi soberanía para declararla irrealizable? ¿No será nunca soberano sino de nombre?”

A pesar de esta argumentación, original del Sr. Pi y Margall, de cuarenta años atrás, autoridad moral que juzgo debe ser muy respetada, paternal me atrevo a decir, para el señor P. y A., algo he de decir para el Sr. P. y A. por cuenta propia.

Supóngase una perla sumergida en un lodazal: mientras en él permanezca no refractará la luz en refulgentes rayos y vivos colores, encanto de la imaginación y alegría de la vista. Déjese al hombre sometido a la autoridad, y no pasará de tirano que manda o siervo que obedece; de capitalista que detenta los medios de producir y usurpa el valor de la producción, o de jornalero que vive sujeto a la privación moral y material cuando trabaja y a la miseria cuando la crisis le echa a la calle; de privilegiado ambicioso, holgazán, soberbio y sensual, o de desheredado con todas las circunstancias inherentes a tal estado. En cambio, llega un día señalado ya en la ineludible ley del progreso, en que se agota el lodazal autoritario, y libre el hombre pone de manifiesto el conjunto de sus facultades, brillan en su extensión inmensa y en su variedad infinita, no ya como privilegio de la fortuna o del genio, sino como resultado de la elevación intelectual colectiva, la potencia dominadora que supedita las fuerzas naturales, el genio investigador que descubre la esencia de cuanto existe, desde el ínfimo microorganismo hasta la sublime grandeza de los cuerpos que pueblan los espacios siderales, la sublime concepción de la belleza que combina en infinita grandiosidad el ritmo, la línea y el color.

Y dada esta suposición, que sólo puede rechazar un escéptico, nunca un hombre de fe en el porvenir de la humanidad que cree que “se progresa porque el hombre continúa la obra del hombre, no porque un hombre independientemente de los demás se eleve a la encumbrada región del pensamiento”, es ridículo hablar de “la vuelta al estado salvaje”, y manifestar temores de que, suprimida la autoridad, haya quien atropelle los derechos individuales. Más que temor que desaparecida la causa se produzcan los efectos, sería preferible luchar contra los atropellos de esos mismos derechos cometidos hoy merced a la existencia de instituciones que dicen destinadas a garantirlos.

Respecto al reconocimiento inconsciente de la necesidad del Estado que me atribuye el Sr. P. y A., no quiero contestarlo; el autor del artículo “Error eterno” lo ha hecho ya.

Si ahora, para terminar, preguntase al señor P. y A. qué hay en lo porvenir detrás de ese Estado que considera indestructible. Estado con gorro frigio, por supuesto, de seguro que me repetiría la vieja canción de la sirena republicana, harto desacreditada por la práctica en aquellos países en donde la explotación ejercida por los millonarios ha llegado al colmo, o donde para vergüenza de la humanidad existen las müses d'enfants o ventas de niños.

Y pongo punto final agradeciendo al señor P. y A. la ocasión que me ha proporcionado de reproducir una vez más los bellos pensamientos del Pi y Margall antiguo, sintiendo no poder dedicar a mi contrincante la misma respetuosa admiración.