A Juan José

(La Idea Libre, 30/11/1895)

Amigos y compañeros de La Idea:

Leí el artículo celebrando el Juan José, de Dicenta, en ocasión que aprovechaba mis ocios de jornalero y aun de redactor de Ciencia Social entreteniéndome en combinar algunos datos curiosos que he recogido para escribir un folleto sobre La Familia, dedicado a la Biblioteca Ácrata. La inoportunidad no podía ser mayor, y por eso, a pesar de la frase insinuante, no pude, como otras muchas veces, participar de vuestros entusiasmos.

En hora buena que Dicenta haya presentado a la conciencia de los burgueses las fatales consecuencias de los vicios de la clase, del abuso de su posición y la contradicción gravísima que existe entre lo que predican y lo que practican, aunque esa gente se ha sumido ya tan hondo en el abismo de la decadencia que no tiene más filosofía que el proverbial “dame pan y llámame tonto”, y aquel otro dicharacho: “la cuestión son cuartos”; bueno es también que los trabajadores vean en cuadros artísticos y poderosamente sugestivos cómo los que tienen la sartén por el mango, por la poderosa razón de que la tienen, hacen mangas y capirotes del amor, del honor, de la carne, del trabajo y de la participación de la riqueza social, de sus hermanos en Cristo y conciudadanos de tercera; pero nosotros, aparte de hacerlo constar, y aun si se quiere de subrayar el hecho para que ahonde en la sensibilidad del lector proletario, podemos y debemos hacer algo más.

Os digo esto sin más intención que la de soltar prenda y dirigirme un público reproche, porque yo también, en mi larga carrera de propagandista, más de una vez he puesto los impulsos del sentimiento inconsciente sobre la reflexión.

Nuestros ideales no pueden hallarse en contradicción con las enseñanzas de la Sociología; todo cuanto digamos que sociológicamente sea falso es tiempo perdido; peor aún: es contraproducente. Cuanto más que casi siempre ocurre, como en el caso de Juan José, que esas falsedades dan lugar a forjar utopías, no de aquellas en cierto modo abonadas por ser creaciones de la imaginación, sino que son de las de desecho, de las que se forman defendiendo instituciones decadentes y desprestigiadas. La familia se encuentra en este caso, y por más que digan por ahí que ella es la célula social, que está instituida por el creador en las personas de Adán y Eva, porque así se le antojó a Moisés explicar en el Génesis los seis de la creación, y convengan místicos y estadistas en presentarla como eterna e irreformable, lo cierto es que la familia tal como aquí la conocemos, basada en el matrimonio monógamo, es transitoria, producto de una evolución efectuada sobre otras maneras anteriores de practicarse la procreación de la especie, y destinada a desaparecer, por ser una rémora del progreso, por incompatible con la amplia solidaridad en que ha de desarrollarse la especie humana y por atentatoria a la libertad individual.

Es necesario inculcar a nuestros compañeros lectores la idea de que ese amor, esa especie de obscenidad decente que monopolizan los poetas y que es casi el único asunto que da vida a la novela y al teatro, ha de ser tratado de manera más racional para deshacer las numerosas y fatales preocupaciones que a su cargo corren, y por tanto, preciso es que nos dejemos de entusiasmos donde la crítica tiene aún mucho que hacer para poner las cosas en su punto.

Si Juan José no tiene padre ni madre y no ha oído jamás aquellas cariñosas palabras que suelen decirse dentro de las cuatro paredes del hogar, especie de murallas de la China que confinan la grandiosidad del sentimiento a tan mezquino espacio, ¿y qué? mucho más sensible que esa privación es la del amor de la gran familia humana, a que todos tenemos derecho y de que todos nos hallamos privados por muchas causas, y una de las más importantes, por la existencia misma de la familia.

Si cuando es ya hombre ve a Rosa, y teniendo facultades para abarcar con el pensamiento y con la pasión las inmensidades del universo, hace de ella, que es un pequeño ser, una cosa tan grande como lo que su sentimiento necesita... no veo en todo eso más que uno de tantos Quijotes que toman una mala venta por un soberbio castillo y embellecen con las galas del ideal las cosas menos galanas.

Si Rosa no sucumbe a las primeras tentativas del burgués, todavía tiene que agradecerla eso Juan José, porque bien podía haberle parecido a la moza aquel más galán, ya que se presenta elegante, saludable y airoso, que no el pobre Juan, que estaba taciturno y demacrado por falta de dinero y sobra de sentimentalismo.

Si después Rosa, que, según se ve, no olvida que tripas llevan corazón, dice a su amante que si no se despabila ella atenderá a su subsistencia, confiada, a lo que parece en que su persona es cotizable, y ante esa indicación, especie de rejonazo, el lacrimoso Juanillo roba, preciso es convenir en que es un desequilibrado que se resuelve a las grandes cosas, no por conservar la integridad de su ser, no por hacer acto de protesta contra una sociedad injusta, sino por atender a una parte de sí, por dar satisfacción a un fantasma de su imaginación y también por no perder el dominio tradicional masculino sobre la hembra.

Condenado a presidio, no valía la pena de escaparse inverosímilmente para hacer la vulgaridad de matar a su rival, no al burgués, y luego apretar excesivamente entre los brazos a la esclava fugitiva. Porque eso me parece Juan José a la postre: un tirano vulgar que no ha sabido ser una víctima que tocara como debe tocarse la fibra revolucionaria de la gente del gallinero.

Si Juan José se hubiera representado en aquellos países en que existe la poligamia, donde un hombre se casa con muchas mujeres; o en los que se practica la poliandria, donde una mujer se casa con muchos hombres, y no hablo de aquellos otros en que reina la promiscuidad, porque en éstos no existe teatro, el drama en cuestión no tendría éxito por no hallarse de acuerdo con la idea que allá tienen de la humanidad.

Pues a mí me parece que Juan José no es tan “echao pa alante” como conviene y como exige la crítica anarquista, y por eso he escrito la presente; no para censurar a Dicenta, que harto ha hecho con lo hecho; no para molestaros, cosa muy lejos de mi deseo, sino para mantener pura la doctrina anarquista, según mi criterio, que si todos tienen derecho a considerar como falible, yo tengo el deber de exponer tal cual es, sin dudas ni contemplaciones, aprovechando vuestra amistad y los lazos que me unen a esa querida Idea Libre que en el Madrid de la farsa y de la centralización es uno de los pocos órganos de la verdad.

Os desea salud vuestro amigo, Anselmo Lorenzo.