La gran muralla de Francia

(La Idea Libre, 11/01/1896)

Cuando los revolucionarios del 89 y del 98 se agitaban y se sacrificaban por la libertad del mundo; cuando aquellas rondas populares que rodeaban las hogueras en que se consumían las estatuas religiosas, las insignias de la autoridad y hasta los huesos de los reyes, cantando al son de la Carmañola:

¿Qui faut-il au republicain?

L'égalité du genre humain;

(¿Qué necesita el republicano?

La igualdad del género humano.)

Cuando en un famoso código llamado “Declaración de los derechos del nombre y del ciudadano” se consignaba que los hombres de todos los países son hermanos, y los diferentes pueblos deben ayudarse mutuamente como ciudadanos de un mismo Estado, ¡cuán lejos se estaba de la actual comisión parlamentaria de la Asamblea francesa encargada de examinar el proyecto de reglamentación del trabajo!

En aquel tiempo todo era grandeza y entusiasmo; ahora todo es pequeñez y escepticismo.

Esa Francia, que prometió y enseñó a los pueblos modernos la fraternidad; la que en momentos de prosperidad ha recibido inspiración, consejo y aun iniciativa de extranjeros; la que en sus grandes crisis, lo mismo que cuando lanzaba sus ejércitos a la conquista llevaba siempre una legión extranjera, a la cual debe no pocos de sus lauros militares; esa Francia, inspirándose en la ingratitud de la burguesía dominante, quiere reducir al 10 por 100 el número de trabajadores extranjeros en las dependencias del Estado, y a cero en los trabajos de defensa nacional.

La Francia de hoy, renegando de su abolengo revolucionario cosmopolita, se opone a las más elementales nociones de la ciencia económica y levanta una gran muralla chinesco-republicano-burguesa contra los que habían confiado en la fraternidad que les prometiera.

A Francia no pueden ir trabajadores a ganarse la vida a cambio de su actividad y de su inteligencia; pero pueden ir burgueses a derrochar millones en sus lupanares. Los primeros no encontrarán un patrón que les dé un jornal, y serán arrojados a la frontera; los segundos tendrán a su disposición confortables restaurante donde refocilarse, cicerones que con su gárrula charlatanería les enseñen las magnificencias de la opulencia oficial, mercachifles que les venden chucherías insignificantes a precios fabulosos y cocottes que les regalen placeres inficionados de virus morbosos.

La república prostituida al burgués ha arrancado el ramo de oliva que la Diosa Razón ofrecía a todos los habitantes de la tierra, y lo da por dinero al que lleva la bolsa repleta por la explotación, el fraude y la usura. ¡Qué asco!

Para hacer la exclusión más odiosa, insinúa la sospecha de traición unida a la nota de extranjerismo, y así como reduce al mínimum a los extranjeros a quienes admite a la participación del jornal, se le niega por completo tratándose de obras de defensa nacional, olvidando que Garibaldi, un extranjero, se portó como un héroe en los Vosgos, y Bazaine, un mariscal de Francia, capituló en Metz con 80.000 hombres; que el concurso de las naciones dio un éxito colosal a la Exposición de 1889, y una pandilla de banqueros franceses, asociados con los cómplices do la Administración, del Parlamento y de la prensa, franceses todos, han dado al mundo el escándalo de Panamá; que no hay reforma en la organización del ejército, de su armamento ni del plan de sus fortificaciones que no haya sido vendida por oficiales franceses a los gobiernos de las nacional que pueden ser mañana sus enemigos en armas, y por último, que todos los centros industriales del mundo están llenos de trabajadores franceses que huyen hambrientos de su patria para hartarse de pan extranjero. Sólo en Barcelona hay actualmente más de treinta mil, la inmensa mayoría de ellos disfrutando de lucrativas plazas en la industria y el comercio, y cuando no asimilados a los demás trabajadores, sin que a nadie se le ocurra molestarles en lo más mínimo, aunque ellos en muchas ocasiones insulten a la gente del país, ridiculizando sus costumbres, no por lo que tengan de atrasadas e irracionales, sino porque no se acomodan con las suyas, tal vez no menos irracionales y atrasadas.

Pero el proletariado militante sabe ya que la república francesa no es una e indivisible, como falsamente dice el lema oficial: contiene dos Francias. La una atrae a los adinerados sibaritas y rechaza a los proletarios que, faltos de patria y hogar, buscan un jornal dondequiera que puedan encontrarlo para no morirse de hambre; la otra derriba la columna de Vendome, admite en la administración pública a los que vieron la luz más allá de sus fronteras, borra la distinción absurda de legítimos y naturales entre los nacidos de mujer, y proclama que la tierra pertenece al agricultor, el instrumento de trabajo al obrero, y el trabajo es un derecho y un deber para todos; la una tiene como enseña la bandera tricolor, y pacta con el autócrata ruso, verdugo de los mártires de Siberia; la otra la bandera roja, símbolo de la fraternidad universal; la una es egoísta en tiempo de paz y sanguinaria en las luchas sociales; la otra es universal, propagandista de la emancipación obrera y mártir en París, en Satory y en la Nueva Caledonia; la primera es asquerosamente burguesa, la otra es trabajadora y constituye una esperanza para todos los desheredados del mundo.

Para la una los plácemes de los tiranos y el desprecio de los oprimidos, para la otra la fraternal simpatía de los que confían en el progreso de la humanidad y la justificación social por la reciprocidad de derechos y deberes.