De la ganancia

(La Idea Libre, 25/01/1896)

¿Quién no ha visto o leído u oído decir lo que es un garito? Allí, como todo el mundo sabe, se va exclusivamente en busca de la ganancia a costa de la ruina do todos los concurrentes, y sólo está uno de buenas cuando todos o la mayoría están de malas, cuando la suerte se yergue soberbia sobre la más abrumadora desgracia; la sonrisa del satisfecho tiene allí como contrapeso la interjección blasfema del desesperado, y sólo es golpe digno de admiración y envidia el que trae como consecuencia inmediata una orgía desenfrenada de una parte, o una deshonra muy sonada o la voladura de un cráneo por la parte contraria.

Sin meternos en honduras respecto de las relaciones del garito con las leyes sociales ni con los encargados de hacerlas guardar, cumplir y ejecutar, sobre las cuales dicen por ahí que hay mucho y grave que decir, es nuestro objeto llamar la atención acerca de la triste analogía que existe entre el garito y la sociedad del privilegio: ambas instituciones están fundadas sobre un mismo principio; la explotación del hombre por el hombre, y se dirigen a un mismo fin, la ganancia.

Ganancia, según la Academia, es la acción y efecto de ganar, o sea adquirir caudal o aumentarlo con cualquier género de comercio, industria o trabajo”; bien entendido que aquí la palabra trabajo se emplea únicamente para justificar el nombre de trabajadores u obreros de la inteligencia que a ratos perdidos usan los explotadores.

En el garito, el favorecido por la suerte, más o menos fraudulentamente, es festejado y felicitado por los puntos desgraciados, lo mismo que lo es en la sociedad el que llega a las alturas de la opulencia por los que se arrastran en el fango de la miseria y del despojo.

Tienen los gariteros favorecidos una diosa, la fortuna, a quien atribuir la felicidad de que disfrutan, como donativo generoso de aquella divinidad, representada por una mujerzuela semidesnuda que va sobre una rueda alada derramando a ciegas el cuerno de la abundancia; también los ricos del mundo social creen en un Dios todopoderoso, omnisciente, omnipotente y justiciero que allá en la eternidad de los siglos que pasaron tenía ya formado el catálogo de los que habían de desempeñar el papel de propietarios, banqueros, industriales, gobernantes, sacerdotes, legisladores, generales, etc., etc. Como compensación al desequilibrio consiguiente a la suerte de los unos y a la gracia divina de los otros, hay los infortunados y los desheredados, que van tirando como pueden, hasta que el hilo de la existencia, que, según es fama, se rompe por lo más delgado, cuando no puede dar más de sí por falta de paciencia o por hambre, estalla de una vez, hundiéndolos en el abismo del no ser y dejando un hueco que se cobre inmediatamente con los primeros que forman en la cola interminable de miserables e infortunados de repuesto que espera un cambio de posición, aunque sea el final que les espera en la fosa común.

Tiene el garito usos consuetudinarios para que cada uno se respete recíprocamente en la posición que le corresponde en el flujo y reflujo de la casualidad; garantizadores del orden que resuelven los conflictos por un procedimiento sumarísimo, sin más expediente que la navaja y el revólver; pitonisas que ofrecen la felicidad e inspiran fe en la ganancia al que vacila ante los escrúpulos del sentido común; propagandistas que anuncian la buena nueva a los ingenuos que llegan a las estaciones y a las fondas acompañados del sonoro tintín de las monedas de oro o del olor propio del microbio del billete de Banco; especialistas inimitables para revestir con los caracteres de un servicio los efectos de un sablazo; y para que nada falte, hasta hay quienes se dedican a la obra de misericordia de levantar muertos. En la impasibilidad de detallar cuanto la institución contiene de perfecto y bien encaminado al objeto que se propone, diremos para terminar que aquello es una humanidad en pequeño. Nada le falta: tiene dogmas y leyes, autoridad moral y material, acumulación de riqueza y justicia distributiva que da lo de cada uno al predestinado para la ganancia.

Pretender moralizar el garito con arreglo a un concepto abstracto, extragaritero, transcendental o sobrenatural, como se dice de la sociedad a que vivimos encadenados, sería ridículo, porque lo esencialmente inmoral no cambia por modificaciones accesorias; cuanto más que en el garito todo es armónico y se halla en perfecta relación de fundamento y objetivo, diferenciándose en esto de la sociedad e interrumpiendo por ello lo absoluto de la analogía que hablamos intentado establecer, toda vez que esa malaventurada sociedad tiene fundamento y objetivo declarados y obra en sentido diametralmente opuesto a tal declaración.

Al garito se va libremente, y el que allí entra acepta desde luego su modo de ser: va a buscar ganancia y puede salir despojado, pero antes que renegar del garito maldecirá su existencia; el garitero es lógico y consecuente.

En la sociedad le regimentan a uno por fuerza, clasificándole según lo que puede dar de sí; se le ofrece solidaridad y garantía de su derecho desde la cuna al sepulcro si es de los que por herencia va destinado al grupo de los que ganan; pero si es de los otros, de los que siempre pierden, de los que con el fusil y la herramienta, con la sangre, con el sudor o con la honra, garantizan, alimentan, recrean y abastecen a los gananciosos, más le valiera no pasar adelanto, porque de seguro en más de cuatro ocasiones le ha de pesar el haber nacido.

La ganancia, pues, es lo que divide a los hombres.

Dejar subsistente la ganancia y querer que los males que acarrea se arreglen en virtud de una moral fundada en una leyenda mítica o en un sistema filosófico, es querer que los efectos sean contrarios a sus causas; o lo que es lo mismo, pretender que causas malas, por efecto de un milagro imposible, produzcan resultados buenos.

La experiencia está hecha.

Veinte siglos hace que el clero católico y los cleros todos de las infinitas sectas cristianas derivadas del Evangelio vienen predicando esa moral sin éxito alguno, dándose el caso que la fe de las mismos predicadores ha podido resumirse en esta frase gráfica: una cosa es predicar y otra es dar trigo.

El mismo fracaso han obtenido todos aquellos partidos políticos que, fundados en hipócritas altruismos han hablado de igualdad, fraternidad y democracia: al capitalista expoliador le han dado patente de fuerte y bien dotado, justificando con ello el inicuo abuso que constituye la posición de que disfruta, al paso que al infeliz que soporta todas las cargas y sufre todo género de privaciones, le dicen en resumen que le está bien empleado por imprevisor, por inconsciente, por inferior y por débil.

Por eso, una de dos: o dejamos como cobardes y como pancistas correr las cosas desinteresándonos de su aspecto moral y procurando escurrir el bulto a la desgracia, sin importarnos un bledo del vecino, según el sistema burgués; o declaramos guerra a la ganancia y a su compañera inseparable la pérdida, procurando por todos los medios conducentes crear la sociedad armónica, la sociedad de la reciprocidad, y si hemos de llamar las cosas por su nombre, la sociedad comunista.