ELa república tocineral obrero revolucionario

(La Idea Libre, 15/02/1896)

La fiesta de la república del 11 de Febrero nos ha traído a la memoria los siguientes recuerdos:

Años atrás, cuando los republicanos pretendían hacer desistir a los trabajadores de sus propósitos revolucionarios para tenerlos dominados y dispuestos a dejarse explotar en los colegios electorales o en las barricadas, nos decían constantemente:

Lo que en vuestras reclamaciones es racional y práctico sólo en la república puede realizarse; ahí tenéis en la América del Norte la república modelo; ved allí el mecanismo democrático funcionando en toda su pureza; sólo en aquel país es posible que un leñador pueda llegar a presidente, como Lincoln, y un general victorioso descienda a la categoría de ciudadano particular sin eternizarse en el poder por la dictadura, como Grant.

Esta retórica no dejaba de producir su efecto en los trabajadores inconscientes y en los de fe vacilante, aunque era enérgicamente combatida por los depositarios del ideal, por los que habían tomado a empeño mantener viva la palabra redentora que recibieran de José Fanelli, apóstol de la emancipación de los trabajadores venido a España por recomendación de Bakunin y sus amigos los iniciadores de la Alianza de la Democracia Socialista.

Tanto como se enaltecían las excelencias de aquella república ultramarina se deprimía la condición de loa propagandistas de la Internacional: era aquella vaso de elección, progreso realizado y en evolución rápida y última palabra de la justicia, en tanto que a éstos, cuando no se ridiculizaba su ruda oratoria y menguadas letras, se les insultaba basta suponerles hechura o instrumentos de los jesuítas.

Claro está que, acostumbrada la masa obrera a no tener pensamiento propio, y habiendo de ser adoctrinada paternalmente por cuantos aspiraban a mantenerla en eterna tutela, daba fácilmente crédito a los letrados y doctos burgueses, y hacía circular las injurias encaminadas a desacreditar a aquellos de sus compañeros que, sin un mal título académico, se echaban a predicar y escribir, contrariando las opiniones de tantos hombres de talento eminente y reconocido saber, y cometiendo el delito de usurpación de atribuciones; pero los ofendidos, desatendiéndose de la ofensa y atentos únicamente a la exposición de las aspiraciones revolucionarias por la manifestación de los hechos y por la consecuencia lógica de la doctrina, demostraban que la república era la continuación del privilegio, institución a propósito para la dominación burguesa como consecuencia de la exaltación de la burguesía a clase directora, y por tanto, que los trabajadores no teníamos ni podíamos tener con ella más que relación de enemistad.

Pronto vinieron los hechos a darnos prácticamente la razón, ya que las deducciones de la teoría no eran admitidas por los interesados en desconocer la verdad. En república acababa de constituirse Francia cuando horrorizó a las naciones civilizadas con la terrible venganza burguesa contra los vencidos de la Commune, hasta el punto de que, para hallar una analogía histórica, sea preciso recurrir a los tiempos de Francisco I y recordar la matanza de los valdenses, ejecutada por los soldados católicos en la Provenza y en la alta Italia. La enclenque y fugas república española no se distinguió tampoco por su celo en favor de los trabajadores, como lo prueba el Manifiesto de la Comisión Federal Española de la Asociación Internacional de los Trabajadores de 14 de Julio de 1873, célebre documento que resalta detalladamente las tropelías y vejaciones que las corporaciones obreras sufrieron bajo el poder de los Poncios del gorro frigio; y por si esto no bastara y fuera necesario un calificativo ajustado y preciso que no pueda parecer sospechoso, ahí va el testimonio de un republicano que alcanzó por aquellos tiempos la categoría de jefe del poder ejecutivo y que aun en la actualidad ejerce de jefe envejecido, discutido y desobedecido. He aquí lo que Pi y Margall escribió para sincerarse de los cargos que se le hicieron por su gestión política en el poder:

Por cada hombre leal, he encontrado diez traidores; por cada hombre agradecido, cien ingratos; por cada hombre desinteresado y patriota, ciento que no buscaban en la política sino la satisfacción de sus apetitos”.

Faltaba que la misma república modelo se revelase tal cual es y desvaneciera por sí misma los vanos prestigios con que era presentada en España por los federales, y resultó que, grande en todo, la república de los Estados Unidos no tardó en dar al mundo el espectáculo de las monstruosas huelgas de los trabajadores y empleados de los ferrocarriles iniciando la lucha de los mil millonarios contra los proletarios, precursora de la tragedia de Chicago, donde un jurado apasionado y brutal, por espíritu de clase y por odio a las aspiraciones emancipadoras, condenó a la horca a cinco inocentes. Y para que no se nos tache de exagerados, he aquí una opinión de un publicista federal ya difunto y de quien hace algunos años se hacía mucho caso en Barcelona:

El individualismo frenético que en aquel país prepondera (Estados Unidos), ha reducido a los trabajadores a una condición tan vil y baja que lo sorprendente no son las huelgas que estallan sino las que dejan de estallar. La situación de los empleados de toda suerte de grandes compañías no puede ser más miserable, porque en ningún país del mundo el trabajador está más reducido al estado de cosa que allí”.

Ahora ya no hay modelo que valga; el patriotismo de nuestros burgueses, juzgando la conducta de la república exmodelo acerca de la guerra de Cuba, resuelve la cuestión dándonos la razón: la que antes se llamaba república modelo se llama ahora, lo hemos leído en diarios republicanos, la república de los tocineros.

Ya lo sabemos: la virgen democracia, aquella pudorosa doncella que veíamos embellecida con todas las gracias a través de la sublimidades de la elocuencia, se nos presenta ahora pletórica, grasienta, con la faz rubicunda y expresión desvergonzada, ciñendo el mandil, remangados los brazos y empuñando la cuchilla, como diciendo: ¡Qué se me da a mí!

Por tanto, ya apenas hay quien se atreva a repetir a los trabajadores aquello de que es preciso esperar hasta después de planteada la república, porque ya sabemos lo que nos traerá esa tocinera: explotación y miseria; que es lo único que puede dar el Estado, institución que bajo cualquier forma política representa la sanción del privilegio.