Más allá de la política

(La Idea Libre, 21/03/1896)

Desde que entre los trabajadores surgió la idea de su emancipación y, en vista de este ideal, aunque al parecer exclusivo de clase, se comprendió que entrañaba una transformación completa de la sociedad, evidencióse palpablemente la necesidad de que el proletariado formase un cuerpo revolucionario, desligado en absoluto de los intereses y de los ideales burgueses y de los de cualquiera otra categoría social.

Por esto se dijo que “la emancipación de los trabajadores ha de ser obra de los trabajadores mismos”, y esta afirmación, que es principio, por cuanto contiene una razón fundamental; objeto, porque expresa la finalidad que se desea alcanzar; criterio, ya que por contener una razón y un propósito, por inducción da a conocer lo que le perjudica o lo que le es favorable, es también profecía a causa de ser racionalmente una condición de triunfo.

Y no se diga para desvirtuar el valor de este aforismo revolucionario que muchos hombres pertenecientes a las clases privilegiados ayudan, impulsan y aun inician en general y en particular en lo referente a los intereses generales de los trabajadores, porque, aparte de que, como es sabido, la excepción no confirma la regla, muchos de estos también, por ignorancia o por ambición, más participan del carácter de sus enemigos que del de sus compañeros, como hemos tenido el gusto de demostrarlo en los artículos “El obrero burgués” y “El obrero político”, a continuación del titulado “El obrero revolucionario”, insertos en anteriores números de este semanario.

Con la burguesía, pues, con el privilegio en general los trabajadores, y entre estos los que forman la entidad conocida con el nombre del proletariado militante, sólo tenemos relación de enemistad, como corresponde entre expoliadores sistemáticos y víctimas de constante e inicua expoliación; que no en vano existe inmanente en el hombre un sentimiento de justicia, o si se quiere un instinto de conservación, por el que es capaz de sentir simpatía y gratitud hacia el que le causa un bien, y odio y rencor por el que incesantemente le perjudica, y no han de ser los trabajadores conscientes una excepción de esta ley universal, ni tienen por qué ocultar hipócritamente sus sentimientos.

Esto sentado, con los políticos que nos llaman ahora a los comicios, no para que nombremos nuestros representantes, sino para que invistamos a los candidatos del encasillado gubernamental o al del de las oposiciones, que para el caso es igual, con nuestra representación, no tenemos nada de común, no los escuchamos, no queremos pactos de ninguna clase, porque respecto de la constitución política de esta sociedad no seremos jamás ministeriales ni oposicionistas; ni la aceptamos como está ni pretendemos su reforma; aspiramos únicamente de su abolición; por lo tanto, conste, no sólo que no votaremos en pro ni en contra de ningún partido político, sino que tampoco queremos que nadie interprete que optamos por un retraimiento condicional.

Dicen que la política es “el arte de gobernar y dar leyes y reglamentos para mantener la tranquilidad y seguridad públicas, y conservar el orden y buenas costumbres”, y con el pretexto de hacer lo que consta en la definición transcrita, los favorecidos por su nacimiento o por la fortuna y también los atrevidos han tiranizado, no gobernado, a la generalidad; han legislado para obtener la sumisión, no la tranquilidad, y han perturbado el orden y corrompido los costumbres, en vez de conservar el primero y purificar las segundas, y lo que decimos de lo pasado corresponde perfectamente a lo presente y entra de lleno en los planes políticos para lo porvenir. ¿Quién, pues, que de eso tenga conciencia, se rebajará hasta el punto de apoyarlo, dando crédito a los farsantes políticos, a los fautores y cómplices de la tiranía, labrando con ello su propia desgracia y sacrificando a la vez el egoísmo y el altruismo?

En vez de ese falso arte al que incumbe tan grave responsabilidad en las desgracias humanas, causante de la prolongación indefinida de las diferentes clases sociales, de la desproporcionada distribución de la riqueza pública, de la existencia de las guerras que desangran la humanidad, del privilegio y basta del escepticismo que lleva a los más a dudar de la inflexible ley del progreso, quiere hoy el proletariado que la sociedad responde a los invariables principios de la sociología, de modo que las instituciones sociales no estén a merced de una rutina y de una injusta legalidad que se empeña en reducir a la generación de fines del siglo XIX a una legislación ideada y establecida en tiempos remotos y para pueblos bárbaros, con los cuales pueden unirnos recuentos históricos y aun afinidad de sangre, pero de los cuales nos separan un mundo de ideas y de descubrimientos.

Preciso es que los que son unidades para el trabajo, para las cargas públicas, para ser regimentados y llevados al campo de batalla, para sufrir la condigna responsabilidad de sus actos ante los tribunales, reúnan en sí todos los derechos que recíprocamente les corresponden como tales miembros sociales que son, y no se vean postergados por los que viven sin trabajar, por los que por sus rentas o por sus grandes propiedades se eximen de pagar los tributos, por los que se libran del servicio militar mediante el pago de 2.000 pesetas y por los que disfrutan en general toda clase de privilegios y son perpetuos beneficiadores de la ley del embudo.

Ni la monarquía absoluta con sus prestigios histórico-patrióticos, oropel encubridor de las debilidades del soberano, de la intransigencia clerical, de las intrigas cortesanas y de la miseria del pueblo; ni la monarquía constitucional, auspiciadora de la dictadura de los llamados ministros responsables; ni las diferentes teorías republicanas, encubridoras todas de oligarquías burguesas disfrazadas bajo la rúbrica de gobierno del pueblo por el pueblo, pueden deslumbrar a trabajadores que tienen perfecto conocimiento de su derecho y firme voluntad de conquistarlo.

El Estado, ora se le simbolice por la corona real o por el gorro frigio, es siempre conservador de los instituciones basadas en los errores de los tiempos pasados, sancionador de los intereses creados en beneficio de los menos y en perjuicio de la gran masa de los individuos sometidos bajo su férula, y, por tanto, siempre se hallará, con su fuerza y con su influencia, enfrente de cuantos aspiren a amparares en las nuevas nociones de justicia reveladas por la ciencia.

Ha caducado, pues, la política para los trabajadores.

Nuestra tarea consiste en la reorganización de la sociedad sobre la base de la absoluta reciprocidad de las derechos y de las deberes, dejando libre curso a todas las iniciativas para el bien individual y común.

Por consiguiente no reza con los trabajadores la invitación a concurrir a los comicios.