¡Sursum corda!

(La Idea Libre, 04/04/1896)

La organización obrera, que hace pocos años era brillante en España, ha decaído hasta una postración casi sinónima de la impotencia.

Las causas de ello están bien patentes y no hay que esforzarse mucho para evidenciarlas: falta de trabajo por la crisis industrial, dispersión y emigración por ella y también por las persecuciones contra el anarquismo, llamamiento a las armas de las reservas, perturbación industrial causada por la constante aplicación de la mecánica a la producción, la consiguiente ruptura de correspondencia entre los dispersos, la disolución de sociedades, cierre de centros y casinos, etc., etc.

Los que juzgan del valor de una idea por las probabilidades de éxito de que se halla rodeada, o de que la creen susceptible, tienen aparente motivo para entregarse al pesimismo considerando la postración en que ha caído la suspirada emancipación de los trabajadores; porque a decir verdad, si la idea que nos anima es justa por la brillante demostración que de ella han hecho sus propagandistas y también por la torpe conducta de sus detractores, no es menos cierto que las fuertes falanges de sus partidarios, las entusiásticas manifestaciones de sus reuniones y las valientes luchas sostenidas contra el capital, contra los políticos y en ocasiones contra la autoridad, han quedado reducidos casi al silencio, y tendiendo la vista por todo el territorio apenas si se vislumbra, fuera de los esfuerzos que efectúa la prensa obrera, alguna chispa como resto del extinguido fuego del entusiasmo por los reivindicaciones proletarias.

Semejante estado no puede prolongarse más tiempo; necesario es, pues, dejando a un lado la cuestión ociosa acerca de la conveniencia o inconveniencia de la organización, que cuantos sientan necesidad de multiplicar la eficacia de la acción y de la propaganda por el número de los agrupados, se entiendan, se agrupen, definan el objetivo parcial que se propongan encaminado al servicio del ideal y apliquen en esa agrupación la parte de actividad que sus condiciones especiales les permita, separándose de los que prefieren el aislamiento y tienen la antianárquica pretensión de imponer su criterio y su voluntad.

Sucede que la conciencia del ideal revolucionario del proletariado se difundió en España con La Internacional, fundada sobre la resistencia, con sus luchas contra la explotación capitalista, que vino a reforzar la idea ya existente, especialmente en Cataluña donde muchos años antes existían importantes sociedades y aun federaciones de resistencia que habían realizado notables operaciones y habían sabido hacer frente al despotismo militar que durante la dominación de los antiguos moderados constituía el régimen político habitual a que se tenía sometido a los catalanes. Por tanto, rebaja de la jornada de trabajo, aumento del jornal, conservación de la tarifa de la mano de obra, huelgas, sección de oficio, federación local, federación regional, congresos, comités, comisiones y todo lo concerniente a la organización de resistencia, era para la inmensa mayoría de los trabajadores asociados como una representación material de la revolución triunfante; tenía todo el arraigo de una preocupación, con la circunstancia, como concurre en todas las preocupaciones, de haber obcecación, apasionamiento e intolerancia.

Acostumbrados los obreros a trabajar por la causa en ese medio y con tales condiciones, ahora que eso casi ha desaparecido se encuentran, como suele decirse, sin sombra; no saben hacer nada, y en esa inacción les sobrecoge el desaliento, y con el corazón oprimido por la desesperación abandonan el ideal por imposible y se entregan al burgués, que redobla la explotación, o a la miseria, que es infinitamente más dolorosa para el que llegó a sentir un día entusiasmo y esperanza.

¡Sursum corda! ¡Levantad los corazones! ¡Fuera pesimismos, hombres de poca fe! Lo que sucede as natural, inevitable y estaba previsto. Natural es que el privilegio haga infamias y que el desbarajuste económico perturbe a cada momento la sociedad. ¡Pues qué creíais! Pensabais que el privilegio, dueño del poder, en posesión de la riqueza, conforme con la ley y disfrutando de la sanción de la Iglesia, ¿había de someterse sin lucha a la primera intimación? ¡Parece imposible tal candidez!

La cuestión social no es como la mayor parte de los asuntos sometidos a estudio, en los que el que de ellos se ocupa se halla de la parte de fuera y les dedica su atención cuando puede o cuando quiere; aquí vivimos en ella, nos rodea por todas partes, y, a la manera de lo que sucede con la atmósfera, todos, sin distinción, llevamos una columna de peso de que no podemos prescindir. Si cada uno de los hoy descorazonados tuvo un momento en su vida en que el entusiasmo le levantó a gritar ¡viva la anarquía!, tal vez porque se encontraba en condiciones favorables y no le preocupaba el peligro, recuerde que ha habido quienes han dado ese grito en el patíbulo y quien lo repite en presidio, situaciones harto más duras y difíciles que las en que puedan encontrarse, por malas que sean, esos descorazonados.

Aquí no hay más que cambiar de medio.

Si el primeramente adoptado se ha gastado ya, se combina otro.

Lo importante es conservar inmaculada la fe en el ideal; lo demás es accidental y secundario, y quien se descorazone por ello prueba la tibieza de su fe.

Nada hay más contrario al puro ideal anarquista que la adaptación forzosa de éste a un modo de organización, a un sistema de propaganda, a un plan de campaña para su triunfo, sea que trate de imponerle una personalidad prestigiosa, ora lo acuerde una gran mayoría.

Y que así es y así lo han comprendido los verdaderos anarquistas lo prueba ya la aun corta historia del proletariado militante, especialmente de España, que tuvo el valor y la abnegación sin ejemplo de disolver una organización fuerte y poderosa como la Federación de Trabajadores de la Región Española por mantener la pureza de los principios y desprenderse del pesado lastre de los socialistas utilitarios, de esos que se agitan por la utopía de las mejoras prácticas inmediatas, y a quienes mata moral materialmente el desencanto de ver rotas las tarifas por la aplicación de las máquinas y por la amenaza de un ejército de trabajadores parados que ofrece sus servicios a cambio de pan y cebolla.

Rotas, aniquiladas, perdida la savia del pensamiento en las secciones de oficio, ¿ha muerto por eso la idea? No; ahí están los grupos formados por la simpatía, la afinidad de carácter y unidad de propósitos, aislados o federados, manteniendo inextinguible el fuego sacro para dar un mentís a esos infelices escépticos que más se engañan cuanto más pretenden pasar por desengañados.

Sea, si queréis, la situación presente como una selección en que se arrojan los desperdicios escépticos, en que se descuentan los engañados desengañados, y ¡a vivir, a renovar fuerzas, a propagar, a luchar! Piense cada anarquista que hoy existen muchos diseminados por todas partes que trabajan por sí y están dispuestos a secundar toda obra buena, y que si un día hubo uno solo o muy corto número que tenían la idea, y, aunque débiles ante lo formidable de la empresa, les sobraba fe y entusiasmo para emprender la gran obra revolucionaria, no tienen derecho a vacilar ni a dudar los que han heredado el producto de aquellos sacrificios.

¡Ea! ¡Sursum corda! ¡Levantad los corazones!