La revolución encasillada

(La Idea Libre, 18/04/1896)

Las sentidas quejas, la incesante protesta de los que ocupan la última capa social, así como su aspiración a la justicia absoluta, a la felicidad sublime que enlace en armónica concordancia al individuo y la especie, han encontrado un límite: la Unión republicana, como quien planta un mojón en señal de que no puede pasarse, ha dicho a las futuras y non natas Juntas revolucionarias:

Viviréis desde el momento en que en cada localidad se reunan los compadres caciques después de la llegada del correo, cartero o peatón con la noticia del derrumbamiento del trono de Alfonso XIII (ya que el de Recaredo, Isabel la Católica y Carlos II se hundió en 1868), hasta el preciso momento histórico venidero en que, constituido el gobierno provisional de la República, se dicte un decreto para la constitución de Ayuntamientos.

No creemos aventurado suponer que el interregno entre esos dos momentos mencionados haya de ser breve, por lo que, si las cosas van tan llanas como esperan y desean los republicanos unidos, esas Juntas revolucionarias, que podrían ser un paréntesis acrático, asaz aprovechado por los anarquistas, entre dos democracias, la anarquía entre dos autoritarismos, el que ha de morir y el que se quiere hacer que nazca, tendrán una existencia efímera, o si se quiere, más poéticamente, serán flor de un día.

Por este hecho, caso que llegue a serlo, tanto como pueden verse defraudadas las esperanzas de los que sufren, se confortan y robustecen las de los que gozan, porque es evidente que si la República repite con Jesucristo “siempre habrá pobres entre vosotros”, y para que la profecía no se desmienta trae el propósito de constituir un gobierno que lleve adelante el intangible Código civil, en que consta que el propietario es propietario y el que no lo sea que se roa los codos de hambre, los ricos de la monarquía serán ricos en la República, y los pobres pagarán el pato en ambas formas de gobierno, si bien en el último todos, ricos y pobres, seremos ciudadanos.

Parece irrealizable la pretensión de encadenar la tempestad de pasiones desencadenadas en el paroxismo revolucionario: furores de venganza al lado de edénicos ideales, ambiciones groseras junto a propósitos de heroico sacrificio, la utopía más generosa y altruista de pareja con la obcecación reaccionaria que quiera retrotraer el mundo a la época de las cruzadas o de la inquisición, partidarios de la indestructibilidad de lo presente, oportunistas que se proclaman árbitros de los destinos del mundo, místicos furibundos, ateos recalcitrantes, tímidos que no saben donde poner su carne a cubierto de los palos de ciego que pululan por el medio ambiente, pescadores de río revuelto, los que ríen por ver rodar en el fango los chirimbolos simbólicos de toda autoridad y los que rabian por el mismo motivo; todo grande, lo mismo en las múltiples iniciativas que en la pasividad de los que aun no han sido movidos por la acción de una idea. Sin embargo, no son más poderosos estos fenómenos político-sociales que los que con el nombre de tempestad nos ofrece con harta más frecuencia la naturaleza, y ya nadie hace caso de ellos confiando en el efecto del pararrayos que, en forma de hierro puntiagudo, vemos colocado sobre los edificios públicos y las casas de los que tienen que perder, como desafiando la furia de aquel vano poder que lanza truenos y relámpagos de ira.

Así como Franklin lanzó al viento su cometa y encadenó con hilo frágil los potentes rayos que desde los iconólogos griegos venían constituyendo los atributos de la divinidad, la unión republicana entregó a la publicidad el manifiesto de Marzo, descubrió el pararrayos revolucionario, confiando obtener análogo resultado.

Dominóse la tempestad. La revolución está encasillada.

Pero el rayo es materia inconsciente y pasa de la inercia a la actividad más viva y rápida sin sentir, pensar ni querer y en virtud de solicitación o impulsos que forman parte del conjunto de leyes naturales que rigen a la materia; en tanto que los hombres son naturalmente conscientes, y aunque ahoguen el sufrimiento en la paciencia, anulen el raciocinio en la rutina, abdiquen la voluntad y hagan verosímil y aun posible el encasillado de la revolución, al fin un día, como los gatos mansos, se acuerdan que lo son, y pegan un zarpazo al lucero del alba, cuanto más a la Unión republicana, que hasta la hora presente no ha hecho más que escribir un deseo con la pretensión de que tenga sanción práctica y correr el riesgo de llevarse un chasco si los trabajadores se despabilan y soplan con furia verdaderamente revolucionaria sobre ese miserable encasillado republicano.

Dejemos por ahora a un lado esas eventualidades de lo futuro, que lo mismo pueden presentarse cuando menos se piense que quedar aplazadas indefinidamente, y atengámonos a nuestro propósito de exponer en la picota miserias republicanas; el derecho ha dejado de ser individual, inalienable, imprescriptible, anterior y superior a toda ley, como decían tiempo atrás los apóstoles de la democracia, y por tanto, despojándose de esos caracteres absolutos, ha de someterse a lo condicional, limitado, arbitrario y utilitario del parlamentarismo, según el ukase con que inauguró su existencia la Unión republicana, para lo cual, cuando las colectividades de caciques locales dejen de llamarse Juntas revolucionarias para denominarse Ayuntamientos, se harán elecciones de diputados, y los caciques nacionales, convertidos en Cortes Constituyentes, harán la felicidad de todos los ciudadanos en la forma que por intrigas y componendas de los jefes de grupos parlamentarios, o por sugestión del más hábil o del más fuerte entre todos, se formule una constitución republicana y se ordene a los diputados de tercera que la voten.

La República que salga de esos manejos no será federal, ni hace falta que lo sea: lo del federalismo fue una chifladura de Pi y Margal y de los republicanos de la primera hornada, que se dejaron imponer por la gravedad y la impasibilidad del maestro; pero de eso no queda ya más que la testarudez de los que aun se llaman federales por el sonido casi flamenco de la palabra; tendremos, pues, una República unitaria con artillería, caballería e infantería en regular cantidad, como corresponde a un gobierno que tendrá que atender a las contingencias internacionales, a los disgustos que dé el carlismo y todos los demás ismos que podrán agitarse en el territorio nacional, y sobre todo que necesita rejuvenecer, o mejor dicho modernizar, dándoles colorido democrático, a los absurdos privilegios que cuentan ya infinidad de siglos de existencia, y se hallan condensados en el mencionado Código civil, ante el cual, ya es cosa universalmente convenida, todos seremos iguales, como lo son los que en un mismo tren viajan en esleping-car respecto de los que ocupan asiento de vagón-perrera.

En resumen: enmascarar la verdad, encadenar la justicia, aniquilar la esperanza de los que sufren, y todo para prolongar un poco más la mentira convencional, la iniquidad dominante y adular al sibarita burgués, eso es lo que ha pretendido la Unión republicana al encasillar la Revolución.

¿Lo conseguirá?