Con motivo de las elecciones

(La Idea Libre, 25/04/1896)

Discurriendo sobre los sucesos de actualidad, me acude un recuerdo de mi ya remota infancia.

De vuelta de la escuela, mi padre me obligaba a que le leyera el diario, y un día, en una gacetilla encontró, esta anécdota: un párroco portugués inventó un milagro para persuadir a sus feligreses de la legitimidad de los derechos del pretendiente don Miguel al trono lusitano. Al efecto, en ocasión de estar el templo lleno de fieles, subió al púlpito e hizo la apología de su predilecto príncipe, y cuando el entusiasmo de los oyentes llegó a su colmo, preguntó al Cristo que desde el altar mayor presenciaba aquel derroche de elocuencia político-sacerdotal como quién oye llover:

¿Debe ser D. Miguel rey de Portugal?

El Cristo movió la cabeza en señal de afirmación. Repetida la pregunta, dio el mismo resultado, poniendo los pelos de punta y causando escalofríos de espanto, desmayos, gritos, lágrimas y convulsiones a la concurrencia. A la tercera pregunta el Cristo permaneció inmóvil, y repetida con rabia, con desesperación y con ademán de tirarle a la cabeza un pequeño crucifijo que el irritado predicador tenía en la mano, sucedió la misma inmovilidad; hasta que de pronto apareció entre las colgaduras y los cirios la fresca y sonrosada carita del escamado monaguillo que, como para disculparse, dijo:

¡Si se ha roto la cuerda!...

Yo que era entonces alegre y ya un tanto impío, no pude, a semejanza de los amados oyentes suyos, contener la risa ni continuar la lectura; mi padre, que, sea dicho con respeto, era taciturno y retrógrado, se puso triste y aprovechó la ocasión para echarme una plática político-católica que a la postre, ha resultado tan perfectamente infructuosa como puede verse por las presentes letras.

Después he visto, repetirse tantas veces aquel conato de milagro, respecto de distintos falsos prestigios, que ya no me causa risa, antes al contrario, me entristece, y no me indigno contra el periodista que refiere el hecho, como el autor de mis días, que en su ingenua credulidad lo suponía falso, sino contra tanto farsante explotador y cómplice de la explotación que lo practica, no menos que contra todo género de estúpido feligrés que presencia indiferente la mentira y carece de energía para derribar la supuesta cátedra de la verdad desde donde tales monstruosidades se consagran y justifican.

Sin ir más lejos, ahí están las recientes elecciones de diputados. Por la Constitución vigente, decimoquinta o poco menos de las promulgadas en el presente siglo, conquista trascendentalísima según dicen, resultado de muchos años de sacrificios y luchas sangrientas a la vez que de los desvelos y quebraderos de cabeza de nuestros filósofos y estadistas, el pueblo ejerce su soberanía en los comicios. Sin embargo, casi todos los colegios electorales han estado completamente desiertos apenas han votado cuatro gatos, y a pesar de la huelga total de electores, han aparecido llenas las urnas de candidaturas ministeriales.

Los chanchulleros y trampistas que cobran como funcionarios públicos, y en realidad no son más que vividores aventureros y escamoteadores electorales, preguntan a la urna electoral, símbolo de la voluntad popular:

¿Queréis que el gobierno actual siga siendo el amo de la nación?

Y las urnas responden unánimemente con su misteriosa plenitud en sentido afirmativo. No puede darse más perfecta analogía con el milagro del cura portugués. Sólo falta, y eso ya vendrá, que la cuerda se rompa, que aparezca el que imite al monaguillo que la declare rota, y que la concurrencia desvanezca con una carcajada revolucionaria el prestigio milagrero.

En ese caso concreto la farsa es patente, bien lo ha pregonado la misma burguesía gubernamental y oportunista, y no hay que esforzarse en demostrarlo; pero análoga falsedad existe en otras muchas cosas, aún respetadas y veneradas, aunque todas juntas forman [ilegible] el último mono social a la última pregunta.

Figuraos que si el cura del cuento, fundándose en la universalidad de la creencia, en la infinita sabiduría del muy alto, quiere utilizar por medio de una superchería la opinión de Dios en provecho propio y de su partido, lo mismo hacen todos los dominadores de los que trabajan; y si explotando el ideal igualitario preguntan a los ciudadanos si quieren ser iguales ante la ley, por este solo hecho cometen ya una gran superchería, porque la ley es esencialmente causante de las desigualdades sociales, como producto de aquellos bárbaros y remotos tiempos en que las castas, las categorías y los clases eran entidades de rigurosa necesidad en la sociedad, y lo prueba el hecho perfectamente legal, aunque profundamente injusto, de dejar subsistente la apropiación de la tierra, del capital, de los medios de aprender y el acaparamiento de la producción, y de perpetuar tan antiguo y brutal atropello por la herencia, que divide a los acorralados dentro de las fronteras de una nación en ricos monopolizadores de la riqueza nacional, usurpadores del trabajo producido y explotadoras del trabajador, y en pobres faltos de instrucción, de pan y hasta de tierra que pisar; dejando a los unos la holganza, los honores y cuantos bienes puedan apetecer la carne y la imaginación y a los otros el cuidado de proveer, a la alimentación, al lujo o la lascivia y a la defensa de sus tiranos.

Como materia explotable hay una preocupación popular cuidadosamente mantenida por todos los privilegiados, según la cual los desheredados se someten humildemente a su vil condición y aceptan el ser mandados, legislados, dirigidos y dogmatizados, y tan arraigada está esa preocupación que hasta entre los mismos que hablan de emancipación social hay quien ha llegado a sancionar el despojo de la personalidad para continuar el error de la representación: ¡ha habido candidatos socialista y trabajadores que los han votado!

Razón han tenido los que han supuesto que el curso de las ideas no era una línea sino un círculo, si se considera como, a pesar de los progresos que puedan representar el cristianismo sobre el paganismo, la filosofía sobre el misticismo cristiano, la democracia sobre la monarquía, el socialismo obrero sobre la política burguesa, ha retoñado siempre lozana y vigorosa la explotación y la tiranía, hasta el punto de ser posible, después de tantas luchas y tanto progreso realizado, sostener la analogía entre el esclavo de los regímenes despóticos de la Antigüedad y el proletario de la Edad Moderna.

Así seguiría el mundo a no haber venido la idea anarquista a romper ese funesto círculo, y a armonizar las condiciones naturales del individuo con el medio social por la anulación de todos los autoritarismos y la destrucción de todos los privilegios.

Por lo mismo la misión del anarquista es grande: consiste en rebelarse [ilegible] de la fuerza y todo convencionalismo de la preocupación y de la rutina; ha de persuadir y ha de derribar, y como los hechos son resultado siempre del conocimiento y de la voluntad, no puede ser un ojalatero que contemple el ideal a ver si por sí solo se realiza, sino que, apóstol y hombre de acción, revolucionario siempre, ha de debilitar incesantemente el poder enemigo, considerando que toda sumisión y todo acatamiento, toda debilidad es causa de mal y prolongación de mal, y por tanto, contradicción con las ideas.