Sobre el 1º de Mayo

(La Idea Libre, 01/05/1896)

Cuando el oportunismo socialista, sofisticando anteriores iniciativas revolucionarias ya juzgadas por la historia, decretó en un Congreso internacional las manifestaciones del 1o de Mayo, forjó un sofisma e inventó una utopía que pueden formularse así: las reivindicaciones obreras consisten en una mejora relativa dentro de la dominación autoritario-capitalista; la consecución de ese ideal se somete a la decisión de los Estados, que serán obligados a resolver en bien de los trabajadores por la insistencia y constancia con que éstos hagan uso del derecho de petición y del sufragio universal.

Durante el curso de los sucesos con tal motivo desarrollados, la burguesía, por sus órganos en el gobierno, en el Parlamento, en la cátedra, en el Ateneo, en el púlpito y aun por la pluma del que llaman infalible, demostró hasta la evidencia, hasta la saciedad, que los Estados no pueden, ni deben otorgar los tres ochos; ni la triste y lastimosa situación de los reclamantes, por conmovedora que sea, tiene poder suficiente para anular la lógica y destruir las consecuencias de un principio.

La razón es sencilla: el Estado es un resumen de todos los errores legales amontonados por los siglos; los gobiernos son hombres puestos al frente de esa institución para ejecutar y hacer ejecutar esas leyes erróneas y malas que pretenden eternizar los productos de la ignorancia y de la tiranía de tiempos remotos; por lo tanto, las reclamaciones de los que sufren contra los privilegiados que se las hacen sufrir, elevadas al Estado, son tan absurdas como si se pidiera a la causa que dejara de producir sus efectos; ni más ni menos.

No hay para qué negar que los anarquistas, aun sabiendo eso de sobra, tomamos una vez parte en la gresca socialista, afirmando de paso que sólo nuestra presencia le dio importancia; pero fue con un propósito pasajero y accidental bien declarado, oportunismo si se quiere, y demostrado quedó que nos propusimos contarnos y que la burguesía nos contara; después nos retiramos, declarando que para las reivindicaciones proletarias todo el año es 1o de Mayo.

Transcurrido ya algún tiempo, al acercarse esta fecha y acordarse de los sustos pasados, los burgueses sonríen, consolándose con la idea de que aquello fue un fuego fatuo capaz únicamente de aterrorizar por el momento; los socialistas, especialmente los que como los jefes españoles del partido son candidatos derrotados, acusan a los trabajadores de inconstantes, y, si se atrevieran, llegarían a decirnos que no nos los merecemos.

La verdad es que la fiesta, manifestación o lo que sea del 1o de Mayo prestó un servicio: demostró con una fuerza sugestiva superior a cuanto pudieran hacer los propagandistas, que en todo el mundo civilizado y bajo todos los sistemas de gobierno, lo mismo bajo la autocracia rusa que en las monarquías parlamentarias y en las democracias suiza, francesa y americana, tanto en las naciones católicas, como en los cismáticos y protestantes; lo misma en la raza latina que en la eslava, teutónica, anglosajona y en el conglomerado de razas que por el exterminio de las autóctonas pueblan toda la América, el trabajador es explotado y escarnecido, y el patrimonio universal está monopolizado por un número relativamente corto de gandules y ociosos de todo género, y para esta demostración nos sirvió la burguesía de balde y mucho mejor que si para ello le hubiésemos pagado: telegramas, correspondencias, ilustraciones, artículos, interviews de todas partes y de todas las notabilidades servidas por la prensa burguesa y ofrecidas a perro chico en plazas, calles, talleres, oficinas, cafés, estaciones ferrocarrileras, aldeas y dondequiera que se reúnen hombres, dieron cuenta exacta, cómo en todo el mundo la religión y la ley son encubridoras de ignominias que no puede tolerar el más elemental buen sentido.

Hecho esto, que no poca importancia puede tener en el desarrollo sucesivo de la conquista del ideal emancipador, queda la fecha el 1o de Mayo como un símbolo de desecho a beneficio de los socialistas, y con eso aun prestan inconscientemente un servicio a la buena causa: es verdad que se organizan para mantener jefaturas; cierto que donde pueden eligen diputados y donde no dejan candidatos a la luna de Valencia; exacto que mixtifican la verdad haciendo creer a los que les siguen que por todas partes, aun por la diametralmente opuesta, se va a Roma, por no decir a la soñada conquista del poder político para la clase obrera —vana ilusión que aun si fuese realizable no significaría nunca el triunfo de los socialistas, sino el mismísimo planteamiento de la Anarquía— pero con todas esas mixtificaciones previas evitan una mixtificación más trascendental para después: las ambiciones, los errores y las torpezas socialistas del presente evitarán que a la futura Anarquía le sobrevenga algo así como lo que respecto del Evangelio ha sido y es el catolicismo, porque esos socialistas son como los curas sin prebenda de la futura emancipación social, y por tanto, cuando lo futuro sea presente, el desprestigio les habrá minado el terreno y la Anarquía se desarrollará con perfecta libertad.