A propósito de Cuba

(La Idea Libre, 08/05/1896)

Si nosotros no tenemos casas en el paseo de Gracia en Barcelona, ni hoteles en la Castellana de Madrid, ni torres en las playas catalanas del Mediterráneo, ni quintas de recreo en las costas del Cantábrico, ni cigarrales en Toledo, ni cármenes en Granada, ni cortijos en las provincias de Sevilla y Cádiz, ni dehesas en el resto de España, en cambio el que más y el que menos deplora la pérdida de un hermano, de un amigo o de un compañero muerto o expuesto a morir en los campos o en los hospitales de Cuba, y hieren nuestra vista y desgarran nuestro corazón cuadros de sufrimiento y miseria relacionados con esas sensibles pérdidas.

Conste, pues, que si no somos de los que han amasado tesoros con lágrimas y sangre de compatriotas insulares y peninsulares en la perla de las Antillas, somos carne, hueso y amor de los que lloraron y se desangraron para fabricar los posos oro que tanto lucen traducidos en las mencionados grandes fincas y lujosas casas de placer.

Es evidente, pues, que si ya como personas racionales tenemos derecho a ocuparnos de la cosa pública, la indicada razón nos lo confirma, y a esto se agrega el deber que, como propagandistas de una idea, nos obliga a aplicar nuestro criterio a los conflictos actuales, no tanto con el propósito de adquirir prosélitos, como para dejar bien sentado que no ocultamos la luz bajo el celemín, subyugados por vanos y despreciables respetos, y principalmente para abrir una vía de verdad a los ofuscados por la fraseología patriótico-burguesa o a los aturdidos por el chin-chin del himno de moda.

Firmes sobre tan sólida base, afirmamos lisa y llanamente que la sustancia contenida en la frase “integridad de la patria” no vale, no puede valer lo que los anarquistas entendemos por “integridad de los derechos del individuo”, por cuanto una entidad colectiva es como una suma, y la suma solo puede efectuarse cuando las unidades que la integran son homogéneas, es decir, iguales.

Y esto no lo decimos como invención nuestra; porque lo cierto es que, aunque perfectamente identificados con esa doctrina, la hemos aprendido de todos los que la han predicado en el libro, en el periódico y en la tribuna, sin distinción de partidos, desde los más reaccionarios hasta los más radicales; y para que no se diga que afirmamos sin la correspondiente demostración, en atención a que sería inmenso el catálogo de citas demostrativos, ahí va una que vale por todas, la del infalible de servicio, que, si no por infalible, vale por lo que tiene de recopilador ecléctico; dice León XIII en la encíclica Rerum novarum: “Si los individuos y las familias, al entrar en la sociedad encontrasen en ella, en vez de una protección, uno disminución de sus derechos, habría que huir de esa sociedad antes que buscarla”.

Eso repetimos los anarquistas.

La cosa es clara: la llamada “patria íntegra” cobija bajo su manto a los que han abusado de ella, hasta el punto de justificar todas las quejas y poner a parte de los que han sido víctimas de esos abusos en el caso de repetir con las armas en la mano las palabras pontificales, y a los que, sin haber percibido el menor beneficio ni incumbirles la menor responsabilidad, forman parte de las legiones que perecen en Cuba o se desesperan en la Península por la pérdida de las prendas queridas de su corazón.

Semejante nivelación, esa especie de nivelación al revés que confunde en la igualdad de la injusticia a víctimas y verdugos, es abominable, y por más que ensalzada esté de moda bajo el nombre de patriotismo, los que piensan con dignidad, es decir, los que no tienen como móvil de sus palabras el vil pancismo o la torpe rutina, los que sienten la necesidad de exteriorizar lo que piensan con recta intención, como hombres libres, dignos y honrados, han de repetir una vez más con Barnave: “Piérdanse las colonias y sálvense los principios”.