A Don Alfredo Calderón (carta pública) (I)

(La Idea Libre, 15/05/1896)

Muy señor mío: Un hombre que lleva un nombre muy conocido y respetado a la vez que goza fama de filósofo y buen escritor, tiene autoridad de sobra para que sus afirmaciones sean generalmente aceptadas por los lectores de un diario que suministra noticias y provee de opiniones a mucha gente que tiene pereza de pensar o poco tiempo de que disponer en beneficio de la cosa pública.

Usted es ese hombre cuando dogmatiza desde las columnas de El Diluvio, de Barcelona.

Pero esa autoridad impone al que la posee y de ella hace uso el deber de conocer bien los asuntos que trate, y además el de ser verdadero y justo, y si no lo cumple pagará la falta a expensas del propio prestigio y aun diré de la honra, porque lo positivo es que la verdad será verdad siempre, el concepto abstracto de la justicia que el hombre recto concibe claramente no disminuirá en un ápice, pero la fama del escritor que por ignorancia o por tendencia sectaria escribe lo que no es, se desconceptuará ante el público y ante la propia conciencia.

Hechas esas afirmaciones, que por sí mismas se demuestran, de tal modo son axiomáticas, paso a exponer el objeto de la presente.

En un articulo titulado “Error e injusticia”, publicado con la firma de usted en El Diluvio del 6 del corriente, se lee:

No juzguemos las intenciones; pero ¿cómo abstenerse de lamentar la ceguedad? Los que encarecen al pueblo la indiferencia por las luchas de la política, podrán no darle un consejo pérfido; mas con toda seguridad le dan un mal consejo...”

No ha habido déspota en el mundo que para congraciarse con el pueblo, no haya comenzado por presentarle como divorciados y hostiles su derecho y su conveniencia, ofreciéndole pan a cambio de libertad. Los pueblos que se han prestado a cometer ese delito de simonía han perdido al cabo libertad y pan, sin que su ejemplo haya servido a otros de escarmiento. Propagar la indiferencia hacia la política, ¿no es preparar el terreno a esta especie de cesarismos de pan llevar?”

Bien pensado y bien dicho; pero eso no explica la decadencia de “la fiesta del trabajo”, como se proponía demostrar, ni es cierto que por ello “el pueblo quede por entero eliminado de la vida pública”, como usted dice; porque si bien es verdad que esa eliminación sea un hecho, muy otras y muy anteriores a la aparición del socialismo son sus causas y de muy antiguo se viene practicando; y se practica, no así como quiera y en países monárquicos donde todavía falta plantear la democracia y la república, sino en otros que cuentan siglos de república y era moda hasta hace poco tiempo presentarlos como repúblicas modelo: ahí está Suiza, donde los trabajadores se encasillan mansamente en los partidos burgueses, votan como unos benditos y presencian con tranquila beatitud las mises d'enfants o subastas de huérfanos; y también los Estados Unidos, hoy república de los tocineros, según los patriotas que continúan la obra del patrón Araña, donde es sabido que abundan los mil-millonarios a fuerza de tanta democracia, de tanta república y de tanta política, si bien es cierto que para los trabajadores dista mucho de ser una Jauja democrática.

Para usted es evidente que la causa de los males de la situación consiste en la propaganda de la indiferencia política, y tan graves son que, a pesar de sentirlos por participar de ellos como súbdito o ciudadano español, todavía leídos como brotan de su pluma magistral y galana producen escalofríos, tiritones y ponen los pelos de punta. Y lo peor de esa indiferencia, según usted, es que esta basada en una injustificada desconfianza, por lo que compara a los indiferentes políticos con el protagonista de una célebre novela de Valera, que por pasarse de listo cometía torpezas a troche y moche.

Pero es el caso que esa indiferencia política, aunque profesada individualmente por algunos ciudadanos de la clase de los satisfechos, no la propaga nadie en nombre de colectividad alguna como objetivo social, ni menos los leaders socialistas, como usted sostiene infundadamente, toda vez que en las próximas pasadas elecciones hemos visto la candidatura de Pablo Iglesias presentada en los cuatro puntos cardinales de España, y los leaders de menor cuantía han cumplido la consigna de solicitar los sufragios en los distritos en que son conocidos.

Por lo que respecta a los anarquistas, a los que sin duda se dirige usted, por más que alusión queda algo nebulosa en este punto, no propagan la indiferencia política, sino el abandono, el desprecio de la política, nunca la indiferencia.

Hace diez años, contestando a D. Francisco Pi y Margall que se había permitido análogas afirmaciones a las que usted acaba de hacer, escribí un folleto titulado Fuera política, en el cual, después de la argumentación correspondiente, terminaba con el siguiente resumen:

No es el proletariado instrumento inconsciente de ninguna agrupación reaccionaria;

No es escéptico ni indiferente ante las grandes cuestiones planteadas por el progreso moderno;

No mira desdeñosamente el principio de libertad;

Antes al contrario:

Se organiza como clase, y sus organizaciones se basan en la actividad del mayor número para evitar la sumisión a ningún santón que pudiera venderle;

Estudia, impulsado por su amor a la ilustración, libro de toda preocupación de secuela, y sus periódicos, sus libros y sus reuniones de propaganda y controversia son focos de esplendente luz;

Ha perdido la irreflexión del entusiasmo para sustituida por la firmeza de la convicción, dejando a un lado la vana fraseología liberal para afirmar resuelta y decididamente la Acracia.”

Como ya la presente resulta larga y queda aún mucho que decir, suspendo por hoy, prometiendo continuar a la mayor brevedad.

Le saluda con la debida consideración,

Anselmo Lorenzo