A Don Alfredo Calderón (carta pública) (y II)

(La Idea Libre, 29/05/1896)

Muy señor mío: Por el recuerdo con que terminaba mi anterior puede usted ver que lo que llama indiferencia política, y no es sino desprecio de la política, es ya cosa añeja y arraigada, y que si Pi y Margall fracasó en el empeño de atar a los trabajadores al carro de la democracia, como antes, en 1870, fracasó también Fernando Garrido, a pesar de su fama de santón socialista, cuando lanzó en La Igualdad la calumnia de “que los trabajadores antipolíticos eran instrumento de los jesuítas”, es de creer que, después de pensarlo mejor, no se hará usted la ilusión de ser más afortunado

La razón de todos esos fracasos estriba en que los trabajadores conscientes están convencidos de que la república es aún opresión y tiranía, no sólo porque Pi y Margall lo haya escrito en su juventud, cuando aún no doblegaba su razón ante las conveniencias de una jefatura política, sino porque eso ha de ser por la lógica y por la esencia misma de la cracia, aunque se le suponga ejercida por el demo, y además por la adopción de ideales más justos a la par que más positivos.

De modo que, ya lo ve usted, los trabajadores renuncian a gobernar, no quieren ser gobernados ni se conforman a tener sobre si la balumba legal que les deja sistemáticamente excluidos del patrimonio universal, y pone la riqueza natural y la producida por el trabajo en manos de una especie de dinastía de propietarios.

Lo cierto es que hay algo mejor que hacer que perder el tiempo esperando un gobierne bueno, y los que francamente se han declarado por la Acracia, por más que crea usted lo contrario, prestan a la humanidad el servicio de abrir una nueva vía al progreso, destruyendo el obstáculo puesto por los políticos y alejando del corruptor escepticismo que ha producido la dominación burguesa a los que son capaces de tener fe en el porvenir.

Por otra parte, usted mismo nos da la razón cuando exclama: “¡Indiferente la política! Pues qué, ¿nada le va al pobre en que le encarezcan la vida hasta hacérsela imposible con los impuestos de consumos? ¿Nada le importa que los aranceles eleven artificialmente el precio del pan, favoreciendo a los que tienen algo a expensas de los que nada tienen? ¿Le es igual que sus hijos vayan a morir a la manigua, mientras los hijos de los ricos se redimen por dinero? ¿No es depresivo para él que el Código tase su libertad y le mantenga en prisión por insolvencia? Si hay pucherazo electoral, ¿de quién es la soberanía que se suplanta y se estafa? Si impera la corrupción administrativa, ¿cuya es, en su mayor parte, la hacienda que se dilapida y se roba? Si las torpezas de un gobierno engendran una guerra, ¿quiénes son los que forzosamente sufren y mueren? Si una administración imprevisora no previene ni remedia la crisis de las subsistencias, ¿quiénes son los que pasan hambre? ¿A quiénes deja el Estado desprovistos de toda especie de cultura y desarmados por completo para las luchas de la vida?”

Precisamente porque eso es la política, y no, como dice la Academia, “arte de gobernar y dar leyes y reglamentos para mantener la tranquilidad y seguridad públicas y conservar el orden y las buenas costumbres”, somos enemigos de la política; la rechazamos con indignación, no nos es indiferente.

Además, si por la posesión del poder y “por la decadencia de la fiesta del trabajo cantan victoria los órganos genuinos y auténticos de la burguesía”, como usted dice, no pase usted cuidado; no estando aún terminada la lucha por las reivindicaciones proletarias, ni la burguesía puede jactarse de haber obtenido una victoria decisiva, ni los trabajadores estamos en el caso de renegar de aquel gran principio de La Internacional, legitimación perenne de nuestras aspiraciones y garantía infalible de nuestro futuro y definitivo triunfo: “Los esfuerzos de los trabajadores para conquistar su emancipación no han de tender a constituir nuevos privilegios, sino a establecer para todos los mismos derechos y los mismos deberes.”

Lo que hay en el fondo del artículo “Error e injusticia”, lo que constituye el eje de toda su argumentación, y perdone usted lo cursi de la frese en gracia de mi escasa competencia en asuntos literarios, es la arraigadísima preocupación que tienen todos los escritores burgueses, y usted entre ellos, de considerar al pueblo, no como una colectividad compuesta de individuos en que cada uno es sujeto y objeto de los deberes y de los derechos que integran la universalidad humana, sino como una agrupación de menores de que los tutores malos abusan y a la que los tutores buenos aconsejan y dirigen por la lástima que les cansa su desgracia y con el propósito caritativo de evitarles los tropiezos y peligros de la miseria y de la ignorancia

No; no somos masa, multitud, plebe, canalla ni aun pueblo, si por esta palabra ha de entenderse, como dice la Academia, “gente común y ordinaria de una población, a distinción de los nobles”; antes ni contrario, cada uno de nosotros, dirigiéndonos al más encopetado por su posición, al más soberbio por su orgullo y al más rico por el acaparamiento legal aunque inicuo de la riqueza pública, queremos lanzarle al rostro la fórmula histórica que usaban los nobles castellanos en la jura real de Santa Gadea: “Cada uno de nosotros vale tanto como vos, y todos juntos más que vos”.

Como el asunto no está aun agotado, y no es lícito quitar a este periódico el espacio que para otros necesita, se repite de usted hasta la próxima

Anselmo Lorenzo