A pesar de la reacción

(La Idea Libre, 26/03/1898)

Cuando después de la caída de la Commune de París, la burguesía, satisfecha su sangrienta venganza, ponía en movimiento la diplomacia para impedir toda expansión del proletariado y romper todo lazo de solidaridad internacional entre los trabajadores, respiró satisfecha creyendo que el peligro estaba para siempre conjurado.

Todos los gobiernos dictaron medidas represivas; la prensa política universal secundó los propósitos de sus estúpidos amos, unas veces calificando de criminales las aspiraciones revolucionarias, otras sembrando mañosamente el sofisma para que los obreros renunciasen a sus reivindicaciones y se agrupasen a los partidos nacionales.

El proletariado en tanto se reconcentraba en sí mismo, se movía poco, y esta actitud dio pretexto a esas censuras dirigidas contra lo que ha dado en llamarse el escepticismo de los obreros.

Lo que sucede en la actualidad demuestra que la represión fue inútil; la idea revolucionaria no quedó ahogada en la copiosa sangre vertida por los jenízaros de Versalles, ni las calumnias, amenazas ni halagos han torcido la línea que sigue el proletariado en busca de su emancipación.

La idea revolucionaria vive, se agranda y conmueve el mundo civilizado; estamos en plena guerra social.

En esta guerra entran los trabajadores, no ya como soldados inconscientes para dar la vida por una causa que no es la suya, sino como verdaderos protagonistas; ya no es cuestión de luchar por un dogma, por un rey, por una combinación diplomática, ni por un partido político; es la guerra a todos los dogmas, a todos los reyes, a todas las dominaciones y a todos los partidos políticos; ya no se trata de luchar en favor de un nuevo dominador, quiérese la emancipación de toda tiranía, el establecimiento de la igualdad natural.

En esta guerra úsase un arma característica, pudiéramos decir simbólica, pero fuerte y eficaz: la huelga revolucionaria. En las revoluciones precedentes poníanse los rebeldes frente a sus enemigos, que siempre disponían de buen armamento, y luchaban hasta que la victoria se declaraba por una u otra parte; hoy se busca la fibra sensible de la clase dominante, la pasión por la riqueza, la avaricia, y en ella se hiere; no se trata ya de luchar con inocentes hijos del pueblo arrancados al hogar y al trabajo por la quinta, sino de dañar esas riquezas acumuladas, de paralizar esos grandes mecanismos de explotación, de buscar en sus lujosos retiros al explotador, y exponer ante sus refinamientos, de sibarita los andrajos de la miseria y ante su conciencia de hombre los funestos resultados de su obra.

Para que el proletariado, no de una nación, no de una raza, no de un continente, sino de todo el mundo civilizado llegue a la unidad de pensamiento que tan patentemente se manifiesta entre trabajadores de pueblos tan apartados, unos en el terreno de la acción, impulsados por las circunstancias, otros en el de la simpatía esperando su hora, es necesario que haya una causa poderosísima capaz de producir tan extraordinario fenómeno, y esta causa es el convencimiento universalmente adquirido de la ineptitud y mala fe de los privilegiados, cuyos ideales han perdido toda generosidad y solo tienden a un mezquino utilitarismo.

Diga lo que quiera la prensa que tiene por costumbre adular a los poderosos, haga cuantos hipócritas aspavientos crea necesarios para contentar a sus señores, el proletariado despierta, ama la justicia y llegará al fin.