Guerra y civilización (II)

(La Idea Libre, 06/08/1898)

La triple revolución religiosa, filosófica y político-social por que cruzan respectivamente los siglos XVI, XVII y XVIII se desarrolla por la guerra en Flandes y en Alemania, en Inglaterra y en Francia.

Las diferencias religiosas hacen del primero de aquellos pueblos un sangriento teatro donde se asegura por las armas la libertad de conciencia predicada por los reformadores; así como la fermentación político-social desarrollada en Francia por los enciclopedistas, al estallar imponente y grandiosa en aquel país, levanta ecos de guerra allende el Rhin, los Pirineos y los Alpes, cruza la tierra y el mar y extiende el incendio por el mundo; atacada por una coalición poderosa, se defiende con sublime heroísmo, y concluye por ser su heraldo el mismo hombre que trató de ahogar la revolución entre sus brazos, y que la propagó por Europa llevándola envuelta entre los pliegues de sus banderas. Tomó la forma de un águila, y como ella batió el espacio con sus alas, cruzando altiva el continente entre el humo de cien combates.

¡He allí la guerra! Italia conquistó la unidad a sus ecos; Grecia un nombre; Austria vio abatido su antiguo poderío; Francia ganó y perdió su reputación militar en breve tiempo, y más rápidamente aún parte de su territorio; Prusia ató en inseguro haz algunas provincias, coronándolo con una diadema imperial; Turquía, no sin resistirse, se ha visto próxima a desaparecer; Rusia, ganosa de dominación, nada ha resuello en definitiva; surgen y desaparecen pequeños Estados entre ese caos en que oscilan la “fuerza” y el “derecho”.

La idea de la paz permanente -dice Martínez Monge en su libro La razón de la guerra- data de muy remota antigüedad. Fue la que inspiró a los griegos la institución de los Anfictiones, o sean representantes de todas las colonias y Estados de Grecia que, reuniéndose dos veces al año en el templo de Ceres, deliberaban sobre cuestiones religiosas y resolvían sobre las diferencias entre las ciudades anfictiónicas, reconociendo ciertas garantías en los casos en que no pudiera evitarse la guerra. A pesar de tener facultades para exigir el cumplimiento de sus decretos a todos los pueblos que formaban parte de la confederación, jamás pudo con el espíritu individualista de la raza helénica y nunca llegó a ser considerada como verdadera Dieta nacional.

En 1464 el rey de Hungría, hallándose en lucha con el papa y el emperador, envió una embajada a Luis XI, rey de Francia, para proponerle se convocase una asamblea de reyes y de príncipes, con el objeto de constituir nuevamente Europa, coligándose al efecto los Estados secundarios contra el pontificado y el imperio, a fin de prevenir la opresión de estas dos potencias; semejante proyecto, que por entonces no tuvo acogida, fue modificado tiempo más tarde por Enrique VI, quien lo sometió sucesivamente a Isabel y a Jacobo I de Inglaterra, sin conseguir resultado alguno.

En esta época, y después de ella, gran número de hombres eminentes ha procurado, sin resultado, hallar los medios de mantener la paz; Emerie Lacroix, en 1623, propuso constituir una Dieta internacional permanente donde los miembros elegidos por los pueblos tuvieran la misión de examinar las causas de las guerras y dirimir las contiendas; dos años más tarde, Crotius, en su tratado De Jure belli et pacis, invita a las potencias cristianas a reunirse en los casos de conflictos internacionales, con objeto de obligar a las partes contendientes a recibir la paz en condiciones equitativas; en 1693, William Penn escribió en Londres un Estudio sobre la paz presente y futura de Europa, con el mismo fin; en 1745 apareció el Proyecto de paz perpetua, del abate Saint-Pierre, que tiende a eternizar el statu quo e imposibilita la acción de los pueblos, formando una liga de soberanos.

Bentham, Fourier, Saint-Simon, Kant y otros han continuado sosteniendo la idea de diferentes modos, y últimamente ha circulado una pequeña cartilla dando las bases para el Congreso de la paz.”

Desde la institución de los Anfictiones, mil cuatrocientos noventa y seis años antes de nuestra era, según Odysse-Barrot, se han jurado en el mundo 8.397 tratados de paz, y en ese período de 3.357 años figuran 227 años de paz frente a los 3.130 de guerra, que han causado, calculando a bulto, la muerte de más de 100 millones de hombres.

Todos estos tratados revisten cierta perpetuidad, todos se han cerrado con las mayores formalidades y acompañados de las más solemnes promesas; y sin embargo, la historia acusa que la duración por término medio de esos 8.397 tratados ha sido de dos años. ¡El viento se ha llevado palabras y juramentos!

A medida que la civilización se ha ido desarrollando, si ha ido en aumento el número de los convenios diplomáticos, no ha disminuido el de las batallas.

De hecho -dice Salières- la diplomacia ha fomentado más las guerras que ha contribuido a contenerlas. Firmar tratados de paz después de la lucha es reconocer las pretensiones del vencedor. Un tratado es sólo un armisticio o una tregua, o si se quiere un pedazo de papel que uno de los firmantes rasga de un sablazo. Los que firman prometiendo y concediendo con las bayonetas del enemigo en el pecho se creen desligados de su compromiso cuando se sienten fuertes para resistir o atacar.”