Guerra y civilización (II)

(La Idea Libre, 20/08/1898)

Después que se hubo propagado el derecho internacional en Europa como cuerpo de doctrina, la historia consigna atroces atentados contra ese derecho.

Estos gravísimos ultrajes a la justicia se han repelido incesantemente, a pesar de la solemnidad de los tratados y de los siguientes Congresos: de Munster y de Osnabruk en Westfalia, 1648; de los Pirineos, 1659; de Oliva, que fundó la soberanía de Prusia e inauguró el desmembramiento de Polonia, 1560; de Breda, 1667; de Aix-la-Chapelle, 1668; de Radzyn, 1670; de Nimega, 1678; de Francfort, 1681; de Andrusowi, que continuó el desmembramiento de Polonia, 1684; de Altona, 1689; de Ryswich, 1697; de Carlowits, 1698; de Utrech, 1713; de Baden, 1714; de Brunswich, 1714; de Anvers, 1715; de Passarowitz, 1718; de Nystadt, 1721; de Cambray, 1722; de Soissons, 1728; de Niemeroff, 1737; de Abo, 1741; de Aix-la-Chapelle, 1748; de Hubertsbourg, 1773; de Folskchany, 1772; de Bukarest, al que siguió el famoso tratado de 1774 entre Prusia y Turquía, 1773; de Teschen, 1779; de París, seguido del tratado de Versalles de 1783, 1782; de Versalles que produjo el de Fontainebleau de 1785, 1784; de Reichembach, 1790; de La Haya, 1790; de Sislowa, 1791; de Rastadt, 1797 y 1798; de Amiens, 1802; de Fassy, 1809; de Praga, 1813; de Chatillon, 1814; de Viena, 1815; de Aix-la-Chapelle, 1818; de Carlsbach, 1819; de Viena, 1820; de Troppau, 1820; de Verona, 1821; de Londres, 1830 y 1836; de París, 1857; de Berlín, 1878, y los últimamente celebrados para los tratados entre China y Japón, Grecia y Turquía.

Es evidente que la paz es una aspiración, un ideal, que si algún día llega a realizarse será cuando la Sociología haya dicho su última palabra respecto a la teoría de la sociedad, y cuando la Revolución social haya cumplido su misión de imponerla en la práctica; y una vez más, y acaso sea la última, aunque no nos atrevemos a prejuzgarlo, la fuerza será servidora del derecho, y derecho y fuerza serán una misma cosa que presente dos fases distintas, porque el antagonismo que les separaba habrá desaparecido en la unidad de la justicia.

El derecho no es nada -dice Guizot- cuando no se cuenta con la fuerza para que prevalezca.”

Tan tremendas palabras, que parecen inspiradas por el cinismo de un salteador de caminos, encierran una solemne lección, y si los trabajadores la olvidan caerán en un ridículo quijotismo.

Es necesario definir el derecho; pero no menos necesario es prepararse para imponerle. Lo contrario es pisotear el derecho inspirados por miserable debilidad. La injusticia cometida pacíficamente, extendiéndose por todos los ámbitos de la tierra y prolongándose a través de las generaciones, es un mal infinitamente mayor que un campo sembrado de cadáveres y una ciudad en ruinas: la primera es el mal viviendo sujeto a método y sistema y sin fin probable; lo segundo es la tempestad, a cuyo fragor tiembla la Naturaleza, y que después ejerce benéfica influencia.

Víctor Hugo, luchando como hombre de imaginación con opuestos sentimientos, exclamó un día: “¡Deshonremos la guerra!” Después concibió su error y escribió: “No se pone la paz debajo de la fraternidad: la paz es un resultado; no se decreta la paz, como no se decretó la aurora.”

En resumen: si el pensamiento indicó la vía que el progreso debía seguir, la guerra desbrozó el camino arrancando intereses y preocupaciones, y lo hasta aquí sucedido irá aconteciendo hasta que la sociedad encuentre perfecto asiento.

La guerra es, pues, un auxiliar del pensamiento, y condenarla en absoluto es anular a la vez el pensamiento y renunciar al progreso.