La oración

(La Idea Libre, 12/11/1898)

El rezo, que por espacio de tantos siglos absorbió por completo la mente de las generaciones pasadas, fue considerado como una universal panacea en aquella tenebrosa noche de la Edad Media.

Más tarde, presidente absoluto de todas las acciones inherentes a su rutinario movimiento, miles de hogueras encendidas, formando un conjunto horrible de misticismo y ferocidad, reflejaron en sus rojizas llamas el poder de aquella plegaria funesta.

Densas columnas de negro humo, elevándose en espiral, transmitieron al espacio el eco de los quejidos o imprecaciones que entrecortadamente brotaran de las bocas de desgraciados mártires, víctimas del más abominable de los suplicios, maldiciendo a sus verdugos, que ¡hipócritas! con el reto perturbaban el estertor de su agonía.

El rezo fue el poderoso auxiliar que en Flandes guiaba al combate a los feroces soldados del duque de Alba, y que, sancionado por la bendición apostólica, inauguró en los albores del Renacimiento una cruzada de exterminio contra la libertad de conciencia.

Los criminnales labios de Catalina de Médicis y sus secuaces pronunciaron esa oración, terrible fórmula con que se acompañó la matanza de protestantes en aquella infausta noche, llamada de San Bartolomé, iniciada en París, y que duró cuarenta días en toda Francia.

Era el fruto de la primera intriga con que los jesuítas anunciaban su aparición en la escena como brazo impulsor del papado.

Para perpetuar su recuerdo se acuñó una medalla ensangrentada con los nombres de los que la patrocinaron, Catalina de Médicis, Felipe II y Gregorio VII.

Sería prolijo enumerar la influencia decisiva que hasta nuestros días ha ejercido como agente perturbador de la conciencia. Pavoroso recuerdo de una barbarie sepultada en las ruinas que abrió la fosa cavada por las supersticiones, sólo se ostenta cual pirámide de Egipto fosilizada por la destructora acción del tiempo, encarnación de un verbo completamente defectivo, en las soberbias catedrales edificadas sobre las ruinas de los dioses caídos.

Allí anida como el murciélago, condenado por una extraña ley de la naturaleza a no ver la luz del día, cegado por las tinieblas de su pasado, y condenado como él a lóbrega obscuridad.

Con el rezo, los legionarios de la fe han cometido todos los excesos imaginables, y hasta en nuestros días han sostenido guerras de religión sólo parecidas a los que trajeron consigo las irrupciones bárbaras.

Con el rezo en el fondo de infectas mazmorras, perecieron, sufriendo espantosos tormentos, los primeros apóstoles de la Reforma.

¿Cómo ha de ser dulce invocar un recuerdo tantas veces manchado con sangre humana y maldecido por la historia?...

Al Asia, engendro de calamidades, cupo la fatal suerte de ser la cuna de las viruelas, del cólera y de las religiones reveladas, foco de infecciones, región del fantasmagorismo ascético, suministro de sinsabores fisiológicos.

Mas como al megaterio, le ha llegado la hora de su desaparición.

Su poder quedó desquiciado por el huracán arrollador de la ciencia.