La fuerza moral de la Idea

(La Idea Libre, 26/11/1898)

La teoría que explica la lucha por la existencia atribuyendo siempre la victoria a los más fuertes, y su consiguiente apotegma político “la fuerza vence al derecho”, tienen, cuando más, un valor relativo, que jamás podrá elevarse a la categoría de evidencia absoluta.

Es de alta conveniencia y de precisa necesidad que, prescindiendo del sugestivo lenguaje de reaccionarios y privilegiados, los que aspiren a emanciparse de tiranías seculares y cuantos lleven en su pensamiento un ideal justo y humano fijen su atención en este punto importantísimo.

Lo hemos dicho y demostrado muchas veces: la fuerza de los intereses y de las instituciones opuestos al interés universal de la justicia es accidental y transitoria, y nunca será obstáculo insuperable para el progreso.

Los desastres de España es una demostración más, que, por lo precisa y concluyente, ofrecemos a nuestros lectores, deseando fortalecer con ella sus ideas de justicia y sus esperanzas de emancipación de toda tiranía.

Cuando un autócrata de España pudo decir “el sol no se pone en mis dominios”, lo que no dijo antes ni oirá después ningún amo de gentes en el mundo, la república norteamericana era un embrión formado por aquellos puritanos que huían de Inglaterra para no someterse a la reacción que allí triunfara con la restauración monárquica.

Quien compare la situación actual de España y de los Estados Unidos y estudie lo que ambas naciones eran en la época indicada, no puede menos de admirarse del resultado, viendo en la primera la entidad que ocupaba las más brillantes páginas de la historia, y en la segunda un pequeño grupo de aventureros que buscaba una tierra virgen donde poner en práctica y desarrollar sus ideas de libertad.

El contraste entre la fuerza y la debilidad no puede resaltar más, ni el cambio de condiciones de debilidad y de fuerza ocurrido en ambas naciones puede ser más edificante; los descendientes de los puritanos, renegando de su origen, han llegado a constituir un pueblo rico, fuerte y poderoso, que dirige su mirada ambiciosa al mundo soñando conquistas, mientras que España, después de firmar el tratado elaborado por los delegados hispano-yanquis en París, se verá reducida, humillada y vencida, a los límites de su península, en la cual todavía ha de sufrir las conminaciones del gobierno inglés al español por su proyecto de fortificar Sierra Carbonera frente a Gibraltar.

Fueron nuestros antepasados más injustos y nuestros gobernantes más tiránicos cuanto más lejos del centro y de la metrópoli usaban y abusaban de su autoridad, y el reverso de toda injusticia y de toda tiranía es siempre un castigo que se traduce principalmente por una debilidad.

Los españoles, que lucharon heroicamente contra los romanos, los cartagineses y las numerosas irrupciones de los bárbaros, asimilándose luego todas las cualidades físicas y morales de sus distintos y sucesivos conquistadores, vencieron al fin tras una lucha de ocho siglos a los sectarios de Mahoma, y, acompañando al inmortal Colón, llevaron a América la exuberancia de su vida para echar las bases de la futura solidaridad humana.

Fueron fuertes mientras tuvieron como móvil de sus actos una idea noble y verdaderamente humana: la independencia y la libertad.

Se debilitaron cuando la victoria que les dio la conquista de su nacionalidad y la necesidad de imponerse a los pueblos que sometía les obligó a ser tiranos. Además, por la intolerancia propia de la secta católica que profesaban, cayeron en el fanatismo, y, como consecuencia, en una serie enorme de errores en el régimen y administración de sus colonias, que les ha llevado al extremo de tener que arriar de Oriente y Occidente aquella bandera española que, reducida un día a los escabrosos riscos de Covadonga, se extendió por todo el mundo.

Digan lo que quieran los sabios a sueldo de la burguesía, que con sus prejuicios estacionarios mixtifican los resultados de la observación y encanijan la ciencia con los gérmenes de la ignorancia para favorecer al privilegio que les paga, no es en los sucesos humanos la fuerza y la debilidad un hecho puramente mecánico como lo son dos pesos diferentes en una balanza, sino un resultado complejo en que entra como principal factor el valor moral de las ideas.

Tómese una época cualquiera de la historia, considérese la fuerza material del poder dominante comparado con la debilidad de hecho de la idea que le combate, sígase el curso de los sucesos, y no pocas veces se verá que el ligero vientecillo de fronda que agitó el reinado de un soberbio aristócrata que pudo decir “el Estado soy yo”, se convierte en el huracán revolucionario que algunos años después lleva al cadalso al heredero de una monarquía archisecular.

Lo que importa, como consecuencia, es que todos los que son víctimas de la injusticia se fortifiquen por el saber y por la fe en el ideal de su redención, y no teman los rigores ni la persecución de los usufructuarios del poder y de la riqueza, porque lo cierto, lo infalible es que en el movimiento de avance que desde la ignorancia y la brutalidad primitivas sigue la humanidad hacia su perfeccionamiento y justificación, lo arbitrario ha de ceder el puesto a lo justo y lo bueno ha de aniquilar a lo malo, sin que ante la magnitud y grandeza de estas verdades importe nada el anacronismo vigente según el cual el clericalismo reverdece como en los mejores tiempos de la Edad Media, y el militarismo impera como en los tiempos de la decadencia del imperio romano.

Lo que ha de ser será.