Contra el escepticismo

(La Idea Libre, 03/12/1898)

Alfredo Calderón es un escritor que dice muchas veces cosas grandes, usando siempre frase magistral.

De él es este párrafo:

¡El derecho! Y ¿qué es el derecho? Cuando se mira en terno, cuando se analizan los hechos, se siente uno maravillado de que semejante concepción haya nacido y subsista en el fondo del alma humana. ¿Cuál podrá ser su misterioso origen? ¿En qué observaciones se funda? ¿De qué fenómenos deriva? ¿Qné experiencia le revela y manifiesta? ¿Qué poder singular le asiste para afirmarse desmintiendo a la realidad y contradiciendo a la evidencia de los hechos? ¿De dónde emana para el hombre la creencia en esa justicia que nunca ha sido, es, NI SERÁ?”

¿Quién es capaz de responder a esas preguntas?

Yo menos que nadie; pero me han inspirado la idea de aprovechar su forma para formular estas otras:

¡El alma humana! Y ¿qué es el alma? Cuando se mira en torno, cuando se analizan los hechos, se siente uno maravillado de que semejante cancepción haya nacido y subsista. ¿Cuál podrá ser su misterioso origen? ¿En qué observaciones se funda? ¿De qué fenómenos se deriva? ¿Qué experiencia la enseña y manifiestan? ¿Qué poder singular la asiste para afirmarse desmintiendo a la realidad y contradiciendo a la evidencia de los hechos? ¿De dónde emana para el hombre la creencia en esa alma, etc., etc.?

Y sin esperar contestación, aunque con recortes del mismo autor pudiera darla contundentemente negativa, diré que creo que los griegos, obligados por la necesidad de dar forma material a las ideas abstractas, hicieron un flaco servicio a la humanidad al llamar mariposa (psyché) al principio vivificador del ser humano, porque con ello dieron lugar a la charla inagotable de los psicólogos, y, lo que es peor, a que las religiones hicieran la distinción de alma y de cuerpo, a los errores de la creencia en otra vida, a las gangas que produce el purgatorio, y como consecuencia a que los despojados de su parte en el patrimonio universal se conformaran con su suerte esperando ser recompensados en una vida que dicen que hay después de la muerte.

Pero dejando a un lado eso del alma, de que sólo me he ocupado por haberla visto mencionada en el párrafo transcrito, vengo a lo más importante.

Alfredo Calderón es republicano, pertenece a ese partido que, cuando aspiraba más a fortalecer sus ideas que a alcanzar el poder, afirmaba rotundamente que los derechos individuales son inalienables, imprescriptibles e ilegislables, anteriores y superiores a toda pero ley; pero ha luchado, se ha visto vencido por el poder del error convertido en privilegio y autoridad, y, cansado, se ha sentido débil, escéptico, y malogra su saber, que emplea en descorazonar a los que sufren y en fortalecer a los que causan el sufrimiento. Por eso escribe NI SERÁ.

Para combatirle, destruir el mal efecto causado por sus palabras, tender una mano fraternal a los que vegetan en las últimas capas sociales, copio estos pensamientos de Pi y Margall:

Todo derecho natural, sólo por serlo, reúne las condiciones de absoluto, universal, inenajenable e imprescriptible. Cualquier limitación arbitraria, cualquier atentado entra él, merecen la calificación de crimen. Mi derecho es igual al de todos mis semejantes; ¿quién, pues, podrá nunca decir, sin violar la ley eterna, se sujetará a estas reglas? Hay una sola regla para mi derecho, y es la igualdad del derecho mismo. ¿Deseo en virtud de mi derecho algo que haya de ofender el de un tercero? Mi deseo es ilegítimo, y como tal, irrealizable. ¿Le cumplo, sin embargo? La sociedad, establecida para hacer respetar el derecho de todos, está en el deber de obligarme a respetarle. Pero que, tomando este deber por pretexto, no venga nunca la sociedad y diga: Tienes el derecho, pero no puedes ejercerlo mientras no hayas cultivado tu entendimiento o me pagues un tributo, porque me creeré entonces en el deber de contestar: ¿Quién eres tú para impedir el uso de mis derechos de hambre? Sociedad pérfida y tiránica, te he creado para que los defiendas y no para que los coartes; ve y vuelve a los abismos de tu origen, a los abismos de la nada. ¿Podrá con más razón la sociedad permitirme que ejerza el derecho, pero con sujeción a leyes? Tus leyes, pretendiendo salvarlo, lo coercen y le matan. No tiene más que una ley mi derecho, y esta ley no necesito que la escribas, porque está grabada en el corazón de todos. El derecho de los demás, si por un lado limita el mío, por otro le ensancha y fortalece; tus leyes servirán exclusivamente para limitarle. Tú, tú eres aún poder, y todo poder oprime; yo soy hombre, y no he nacido para ser tu esclavo...

El hombre no está condenado a sufrir eternamente los males que le afligen. Su inteligencia disipa de día en día las nieblas que la obscurecen y confunden, su voluntad está mejor determinada, su voluntad se educa. Vendrá, a no dudarlo, tiempo en que conocida ya la ley de la humanidad, sus relaciones marcharán perfectamente de acuerdo con los destinos de su raza. La libertad y la fatalidad serán entonces idénticas; no habrá motivos de lucha, y una aureola inextinguible de paz circundará ya la frente del niño al salir del seno de su madre.”

Por lo copiado se ve claramente qué es el derecho, se comprende cómo esa concepción ha nacido y subsiste en el fondo, no del alma humana, sino del hombre, etc., etc., y se afirma uno en que esa justicia, si no ha sido, ni es, SÍ SERÁ.

Otra convicción se desprende de lo escrito, y es: que es triste que un hombre de talento tenga que escribir artículos para ganarse la vida cuando la actividad de su inteligencia no camina tan de prisa como la necesidad; por eso se da el caso de que un día salga del paso con un articulejo en que, sin pensarlo, se refleja cierto pesimismo reaccionario, y dos días después se manifieste revolucionario escribiendo lo siguiente:

Es un error muy generalizado el que consiste en creer que se ha dicho todo cuando se ha dicho autoridad. Pero la autoridad de suyo no es nada; es una palabra, es una abstracción. La autoridad para ser tiene que encarnarse en personas determinadas. La autoridad de hecho son las autoridades.

Esos hombres que representan el principio autoritario serán latinos y españoles como los demás, y sujetos por tanto a todas las flaquezas de la raza. Si el español no sabe usar de su libertad, ¿cómo sabrá usar de poder?

El ejercicio del poder es más arduo, más difícil, más complicado y transcendental que el uso de la libertad; la libertad de restringir, por la violencia si es preciso, el abuso de la libertad ajena. Vea el Sr. Cajal por donde lo que su teoría tutelar implica es el absurdo de que puedan gobernar a los demás aquellos que, a tenor de la propia afirmación del Sr. Cajal, a sí mismos no se gobiernan.”

Por eso encargo a los trabajadores que lean a Alfredo Calderón, que sepan distinguir; que aprecien sus enseñanzas cuando valgan la pena y le dejen pasar tranquilo el día que esté de malas.