Año Nuevo

(La Idea Libre, 14/01/1899)

Todo lo que en cada español y en cada española, como resultado de las condiciones de esta tierra privilegiada y como consecuencia de la evolución progresiva, pudiera haber de inteligente, activo y gallardo, se halla atrofiado comprimido y deformado por la balamba de errores, preocupaciones, costumbres y vicios que forman como el ente moral de esta nacionalidad, y por el cuerpo de instituciones políticas, jurídicas y económicas del Estado español.

¡Aterra considerar la cantidad de tiranía que esos orígenes de mal imponen a la libertad del individuo!

Apenas da el primer vagido la tierna criaturilla, la Iglesia y el Estado le inscriben en sus registros, con el pretexto de proveer a su salvación eterna y temporal, pero con el verdadero objeto de que quede convertido en manso fiel para la una, en súbdito leal para el otro, en contribuyente para ambos durante su vida; la familia le impone su higiene primero y su educación después, que para cada una es la suma de absurdos y convencionalismos que sobre ese asunto dominan en las clases sociales, en las comarcas y en los pueblos; la sociedad le somete a un molde estrechísimo para los que por carácter o por temperamento tienen energía propia, bastante ancho para aquellos otros que poseen la facultad de adaptación y la necesaria elasticidad de conciencia.

Pasando por tales modificadores, es decir, moldeado por los dogmas, las leyes y las costumbres, completa el individuo su relativo desarrollo, y al llegar aquella época de la vida en que debiera brillar con las galas de la alegría y la belleza por el vigor de su organismo y la lozanía de su juventud, se encuentra enclenque, marchito, embrutecido y dispuesto a someterse dócilmente a todas las explotaciones si es hombre o mujer de las clases bajas, o a ejercer de tirano y dilapidador si es macho o hembra de las clases directoras. En ambos casos queda feo, deformado e inútil para el bien, y, lo que es peor, incorregible.

Ahora, si en vista de los males que a cada uno afligen, y queriendo sustraerse a su nociva influencia, se dice una vez más: “Año nuevo, vida nueva”, ¿qué valor puede tener esa aspiración constantemente manifestada en diciembre y no menos constantemente fracasada en enero?

Bueno es, sintiendo los deplorables efectos que sobre todos gravitan, querer sustraerse a ellos y aprovechar una fecha de fácil recordación y que de tan sugestiva manera se presenta para hacer del año nuevo punta de partida de nuestra regeneración; pero ¿es posible renunciar de repente a los viejos errores y adquirir por ciencia infusa, y como si fuera uno de los supuestos dones del espíritu santo, la ciencia de la vida?

La verdad es que cada uno tenemos un modo intelectual y material de vivir que, a manera de cuerpo pesado que rueda por una pendiente, no puede detenerse en su curso, menos de un milagro semejante al que dicen que ocurrió a Pablo en el camino de Damasco: el político que en un momento dado quiera ser sincero habría de proclamar la falacia de su programa, la hipocresía de su conducta y la vileza de sus encubiertos propósitos, y sería abandonado de todos sus partidarios; el explotador que, avergonzado de una riqueza adquirida a costa de los sufrimientos constantes y de la prematura muerte de sus explotados renunciase a ella, perdería en seguida toda consideración y crédito, y se vería despreciado en el círculo de sus relaciones; el tirano que se arrepintiera de intimidar por el terror y de engañar por la astucia, sería aplastado por las venganzas anteriormente suscitadas; el proletario que quisiera emanciparse de la miseria del jornal y de la humillación de inclinar la cerviz ante el burgués que le alquila, pronto sería despedido y anotado en las listas de sospechosos que en días de persecución conducen al castillo del Tormento, al destierro, al presidio y aun al foso de la fortaleza maldita; la mujer que quisiera seguir libremente los impulsos de su corazón, y, despreciando ídolos y ceremonias, cumpliese digna y racionalmente las leyes naturales, pronto sería la befa de cuantos hipócritas afectan respeto a la moral oficial y rinden secreto culto a los más nefandos vicios.

En el año comenzado, la mismo que en los anteriores, filtrándose por el Código y los tribunales de justicia y sin incurrir en la nota de ilegalidad, tendremos la usura, la explotación, el fraude, la holganza en los palacios, la miseria en los tugurios de los trabajadores, los honores concedidos al rico, la humillación impuesta a la virtud, todo sancionado por un escepticismo que hace decir a los de arriba “¡vamos tirando!” y a los de abajo “¡si yo fuera rico!” — maldita doctrina que hace a víctimas y verdugos solidarios en la responsabilidad aunque no en los beneficios.

Sólo aquellos que tienen verdadera fe en el progreso; los que no se engañan dándose el título de desengañados; los que saben que los fracasos revolucionarlos experimentados hasta el presente se explican por haber dejado subsistentes las añejas causas del mal social; los que saben que cuando la propiedad deje de ser el privilegio para unos y el despojo para otros sobrevendrán la paz y la felicidad para todos, sólo esos realizarán la única transformación posible en el año nuevo; sólo esos harán aquella labor imperecedera que, unida a la de sus semejantes de los tiempos pasados, influirá de modo positivo y directo en lo porvenir. Para los demás el año nuevo no será sino una unidad más en la carga de su vejez y un nuevo plazo para sus torpezas.