Contra la propaganda

(La Idea Libre, 21/01/1899)

En un periódico de Madrid, y en un artículo que parece destinado a dar bombo a Corominas y servir de reclamo a Vida Literaria, se abomina, entre otras cosas de la propaganda, y se presenta a aquel joven y querido amigo mío como enemigo encarnizado de ella.

En el discurso que Pi y Margall ha pronunciado recientemente se lee esta recomendación:

Propagad, propagad sin descanso; la propaganda lo vence todo aun a los mismos vencedores.”

No creo que Corominas sea enemigo de la propaganda, y niego cierto episodio de su vida que el articulista le atribuye.

De todos modos, si en lo opinable me equivocase por desgracia, yo, que juzgo buena y necesaria la propaganda de lo que se sabe y se cree bueno, cito la opinión de Pi y Margall, que estimo de peso, en apoyo de mi juicio.

Enseñar, persuadir, convencer, inducir, extender, divulgar, etc., que todas estas cosas significa la palabra propaganda, a nadie hasta ahora había parecido cosa censurable. Comprendo que se considere mala la propaganda de ciertas ideas; por ejemplo, la propaganda contra la propaganda del articulo citado, pero nunca la difusión de lo bueno. Además, querer la abolición de la propaganda en España y en este siglo de parlamentarismo es altamente utópico, porque si los españoles fuéramos mudos, es decir, antipropagandistas, reventaríamos.

Cuanto a Corominas, imposible que sea enemigo de la propaganda. De seguro que no lo creerá ninguno de los presos con él en Montjuich. Yo no he estado encerrado en su mismo calabozo, pero no me hallaba lejos. Me acuerdo haberle visto desde las rejas del uno, cuando pasaba el puente para entrar en el castillo maldito, y no puedo creer que aquel joven que desafiaba a la tiranía con su gallarda apostura, su mirada de fuego y su frente altiva haya renunciado a la necesidad de pensar y al deber de dar al mundo el producto de su pensamiento, y la prueba esta en sus Prisiones imaginarias, que espero impaciente, y a las que deseo juzgar y calificar con tanto entusiasmo como el mismo Russinyol.

Me parece que el articulista en cuestión no es franco, y que bajo la inconsecuencia de servirse de aquello mismo que reprueba, esto es, de propagar contra la propaganda, se trata de un conato de proselitismo contra mi joven amigo, y se oculta un caso de escepticismo agudo, esa especie de epidemia reinante que tantas victimas ocasiona.

¡Lo he visto ya tantas veces! Hay ideales, criterios y propósitos que por pudor no puedan manifestarse francamente, y los individuos que tienen la fatalidad de ocupar en ellos su inteligencia y su voluntad se ven forzados a valerse de subterfugios para disfrazarlos. Los tales suelen hacer concesiones a los que profesan las ideas más opuestas, aunque reservándose distingos que las anulan, y se defienden invocando su derecho a la tolerancia debida al pensamiento. Para ellos la verdad es una abstracción sólo accesible a la imaginación de los que se creen escogidos, jamás a la inteligencia de las muchedumbres; la justicia, una concepción sublime revelada a espíritus superiores, mientras que para el vulgo no pasa de una vaga aspiración a un estado social perfecto a que se oponen lo limitado de la inteligencia de la generalidad y la perversidad de sus pasiones; la belleza, un conjunto de conceptos, adornos, perendengues y perifollos, variable, como las modas, según las épocas y los países, desligado de los grandes ideales humanos, y de que dan idea aquellos elegantes trajes que se ven en los escaparates vistiendo maniquíes sin cabeza, que eso y no otra cosa es el arte por el arte. Proclaman su individualidad e independencia sólo para no sumarse con las víctimas, porque han oído decir que el mundo es de los fuertes y mejor dotados, y han dispuesto que el mal sea coexistente con la vida del universo y que el progreso no sirva para dar satisfacción a los infelices que tienen hambre y sed de justicia.

Para terminar, porque el asunto sería largo, y quitarla a mi querida Idea el espacio que necesita para otros trabajos, diré que el Corominas que nos ha presentado El Madrid Cómico es una contrefaçon madrileña que en nada se parece al auténtico que hemos conocido en Barcelona y que hemos admirado en Montjuich.

Eso con respecto al bombo de que hablaba al principio.

Cuanto al reclamo, sólo diré que deseo que La Vida Literaria no los necesite ni los merezca de esa clase.