El Ideal

(Renovación, 15/01/1911)

Cristóbal Colón, resumiendo en su pensamiento y en su voluntad un propósito que hubieran debido pensar y querer muchos hombres, la humanidad entera, descubrió la América en vez de dar la vuelta al mundo y descubrir las costas desconocidas del país de las especias.

Tenía un gran ideal que sólo realizó en parte, pero consiguió algo más importante que lo que se proponía: yendo siempre de oriente a occidente demostró prácticamente la esfericidad de la Tierra y descubrió la América.

Pocos años después Vasco de Gama dobla la punta meridional de África, y, yendo de occidente a oriente, caminando en sentido diametralmente opuesto a su antecesor, realiza el pensamiento de Colón.

Ni la monstruosa Mano Negra que, según la superstición popular, cogía como si fuera una nuez el barco que desatendía el Nec plus ultra inscrito en las columnas de Hércules; ni el gigante Adamastor, terrible guardián del Cabo de las Tormentas, detuvieron el ímpetu de aquellos dos hombres cuya sabiduría y cuya voluntad pesaban más que el saber y el querer de todos sus contemporáneos y aun que el de muchas generaciones anteriores.

Grande y hermosa era la tierra conocida antes que el humilde hijo de un cardador de lana se sintiera estrecho en un mundo que vino ancho a la inaudita ambición de todo un Alejandro; brillante era la historia de las naciones asiáticas, de Egipto, de Grecia, de Roma y de aquella Europa de la Edad Media; pero aquel Océano inexplorado constituía una acusación perenne de ignorancia y de debilidad, insoportable para un hombre sencillo que se engrandecía hasta asumir la conciencia, la responsabilidad y la energía de todos los hombres.

Así como la geografía, a pesar de que aun falta que descubrir unos cuantos grados al rededor de los polos, ha completado el conocimiento de nuestro mundo, la sociología, que tiene aún su Calpe y su Abyla, en la Propiedad y el Salario, abrirá libre vía a la justificación social, al reconocimiento práctico y salvador de la inmanencia del derecho en todos los hombres y en todas las mujeres.

Sí; en el Código civil español, concordante con el de todas las naciones, en su artículo 350, se dice al pobre: “mediante el jornal, trabaja para el propietario”; y a éste: “por accesión, apropíate del fruto producido por el trabajador”. Es decir: haya eternamente pobres y ricos; nec plus ultra en el mundo de la justicia.

Contra esa negación, impuesta por el error y el egoísmo, constitutiva del actual régimen social, y que convertiría el mundo en el pantano infecto de la inmovilidad si fuera creída y acatada, van, no ya el hijo de un cardador de lana, sino todos los trabajadores conscientes que forman el proletariado militante, que se esfuerzan en dejar atrás esas columnas de Hércules que confinan la justicia infinita con la estrecha legalidad del privilegio.

Es posible que los actuales exploradores (socialistas y libertarios) que van en busca del ideal, apenas logren vislumbrarlo entre las brumas de la contrariedad y de la duda; pero es indudable que no faltará un Américo Vespucio que dé nombre al descubrimiento inesperado, ni un Vasco de Gama que en las floridas tierras del sol naciente encuentre la bella y candorosa Sélika de sus ensueños.

Como que el ideal es una previsión de la realidad futura.