Triste lección

(Renovación, 30/01/1911)

Acariciado por la brisa letal del Guadarrama, en una de estas noches de noviembre que ofrecen las primicias del invierno, cae, víctima del hambre y del frío en las gradas del suntuoso templo de San Francisco el Grande, un hombre de 45 años, en esa edad que representa el apogeo de la vida, cuando se puede haber amado mucho, haber reunido copioso caudal de conocimientos y experiencia y, tras haber determinado bien la orientación de la actividad y vigorizado el carácter, hallarse en condiciones de dar a la sociedad los frutos de que el individuo es susceptible.

En aquel estado de desesperado abandono, aterido, extenuado, sin padres, sin esposa, sin hijos, sin hermanos, sin conciudadanos, sin compatriotas, sin correligionarios, caído siendo algo aún, en el abismo de la nada, quizás esperaba la muerte como supremo consuelo a su dolor.

Recogido por los guardias, fue conducido en coche a la casa de socorro, donde le prestaron inútiles auxilios; lleváronle después a la Santa Hermandad del Refugio, pero el cura de turno, según el telegrama que tengo a la vista, se negó a admitirle por falta de cama y por no poder ofrecer al hambriento más que unas sopas de ajo.

Desahuciado por la Iglesia, se acudió al Estado, conduciéndolo al gobierno civil, y allí le recibieron como se acoge a un importuno. Por quitársele de delante, un inspector aconsejó se le volviera a la casa de socorro, lo que se hizo por no poder hacerse otra cosa, y allí a duras penas se le facilitó una papeleta de admisión al hospital; recurso inútil, porque tanta miseria, chocando con insolidaridad tan inhumana, le causó la muerte a la puerta de la santa casa, donde no se quiso recibir al muerto, yendo a parar por último al depósito judicial.

En aquel hombre se cumplía al pie de la letra la terrible sentencia de Malthus: “El que carece de cubierto en el banquete de la vida, que se retire”.

La prensa se mostró indignada, y comentó el hecho, considerándolo como una vergüenza nacional. En el parlamento dos diputados de la extrema izquierda hicieron un poco de sentimentalismo con cargo a la cuenta electoral, pero un ministro lo arregló todo afirmando que el caso nada tiene de particular, porque en París y en Londres es cosa de cada día y a nadie por ello se le alteran los nervios.

Conste así: oficialmente sabemos que hay desgraciados sin hogar, haraposos y hambrientos para quienes la caridad cristiana sólo tiene unas sopas de ajo, y la beneficencia oficial, el camastro de la Morgue.

Pensando lógicamente, si aquel individuo tuvo lucidez de entendimiento en aquellas horas trágicas, es probable que tuviera pensamientos de rabiosa protesta, por los cuales el dogma de la Iglesia de las sopas de ajo, inexorable con el pecador que muere impenitente, le considerará condenado por toda eternidad a las penas infernales, y el Estado, a haber exteriorizado el paciente aquellas ideas disolventes, pudiera haberle condenado a presidio.

El hecho es todavía más fructífero en saludables enseñanzas. En el punto en que la Iglesia y el Estado quedaron a tan bajo nivel, dando prueba de su ineficacia y mostrando el fracaso de sus respectivos objetivos, tres hombres honraron la humanidad, practicando el altruismo humano, que salva la deficiencia de las dos grandes instituciones pseudo-salvadoras: los dos guardias y el cochero; los primeros excediéndose de su obligación y molestando a las autoridades, y el tercero prestando el coche y su trabajo gratuito. Los tres probaron que la bondad humana brilla espontáneamente sin necesidad de recurrir a la recompensa, al mutualismo ni a la reciprocidad.

En ese sentimiento, que en las situaciones difíciles da siempre el héroe que arriesga la vida por salvar la de un desconocido, sin más excitación ni estímulo que el cumplimiento del íntimo deber, más que en la caridad cristiana y que en la reglamentación autoritaria, se halla la explicación del progreso y la justificación del ideal de paz y de fraternidad.