El proletariado emancipador

(Renovación, 15/02/1911)

La Asociación Internacional de los Trabajadores fue una organización compuesta de grandes grupos de obreros de todas las naciones, o al menos de aquellas en que lo requería su evolución progresiva.

Su razón de ser estaba en la incongruencia existente entre los hechos sociales y las doctrinas religiosas, filosóficas y políticas; mansas, suaves, armónicas y humanitarias estas, al decir de sus apologistas, y ferozmente crueles aquellos.

Su objetivo consistía en atraer hacia sí a cuantos, víctimas de la injusticia, sin distinción de raza ni de creencia, aspirasen a la emancipación propia y a la justificación de la sociedad.

Sus medios eran la resistencia económica contra el capital en sus secciones y federaciones, y el estudio de la sociología elaborado en sus círculos, formulado en sus congresos y difundido por sus periódicos.

Cuando en la prensa obrera, en las reuniones de propaganda y en los documentos oficiales emanados de los distintos organismos de la Asociación se hablaba de sus principios, de su vitalidad, de su fuerza y de su ideal, quería decirse, y así lo entendía todo el mundo, que aquellos atributos eran propios del proletariado en cuanto unido en un pensamiento, una voluntad y una acción se dirigía a la realización de un fin.

De modo que el proletariado, al grito de “¡trabajadores de todos los países, asociaos!” lanzado por Carlos Marx, abandonó el atomismo insolidario que lo retenía en la esclavitud, y se constituyó en personalidad coletiva, y eso continúa siendo, y eso será hasta el día glorioso de su triunfo.

Disuelta La Internacional, no tanto por las esciciones causadas por antagonismos personales, ni por la arbitrariedad gubernamental, como por el hecho mismo de la depuración de las doctrinas y la libre expansión de los actos, el proletariado continúa siendo la misma personalidad viviente, con un ideal cada vez más definido y con energías que progresan en valentía y decisión.

Levántese acta del nacimiento del proletariado militante, que viene al mundo a sustituir a aquel tercer estado, incapacitado ya para el bien, opuesto al progreso y que según la histórica frase de Sieyes “debía serlo todo”.

Sobre la voz de las sectas que teorizaron la maldad en nombre de los dioses y justificaron el privilegio al amparo de las leyes, levántase la de los proletarios en todos los idiomas y en todas las latitudes declarando: “Los esfuerzos de los trabajadores para conquistar su emancipación no han de tender a constituir nuevos privilegios, sino a establecer para todos los mismos derechos y los mismos deberes”; “la tierra y los grandes instrumentos de producción y cambio deben ser propiedad de la sociedad universal, entregándose a título usufructuario a las colectividades productoras, científicas, artísticas, industriales y agrícolas”; “la herencia debe ser completa y radicalmente abolida, considerando esta abolición como una de las condiciones indispensables a la libertad del trabajo”. Voz de la verdad, de la prudencia, del sacrificio, de la positiva esperanza, precursora de aquella solidaridad internacional que ha de dar a los hombres aquel modo de ser en que la palabra Humanidad tenga su sentido recto y completo de familia universal.

Consideróse como una gran desgracia la disolución de La Internacional, como si la emancipación de los trabajadores sólo fuera posible con los procedimientos de aquella asociación, sin tener en cuenta que el progreso, ley universal de la vida, por acumulación de tiempo, de sucesos históricos, de experiencia, de ciencia y de riqueza, no puede detenerse, como no se detiene ni retrocede el curso de los siglos, ni se pierde el caudal de conocimientos por más que se pretenda secuestrarle en provecho exclusivo de una clase, ni se desvanece aquel conjunto de aplicaciones del saber a la satisfacción de las necesidades sociales o individuales con que actualmente cuenta la humanidad.

La Internacional reveló a los desheredados, a los pobres, a los trabajadores, que tenían un derecho y que eran capaces de conquistarlo en lucha sostenida contra los usurpadores, los ricos, los explotadores; y además que los poderes tradicionales que les oprimen son la debilidad misma frente al ideal emancipador en cuanto éste se apoye en la voluntad decidida de realizarle por parte de los interesados en su realización.

Con esto La Internacional cumplió una importantísima misión: casi no pudo hacer más, y es indudable que si las luchas personales no hubieran apresurado los acontecimientos, la disolución también hubiera venido después de un tiempo de inútil esterilidad como resultado natural de la amplia base de tolerancia que tan simpática pareció en un principio.

Cuando ya pasado se considera el hecho, se reconoce que La Internacional fue una explosión de entusiasmo, precursora de la constitución del proletariado como entidad progresiva, que venía a enarbolar la bandera del progreso arrojada por la burguesía al fango de sus repugnantes egoísmos.

El proletariado actual es ya todo un poder que obliga a los gobiernos a hacerle concesiones, al mismo tiempo que contra él dictan todos leves excepcionales.

Tarea inútil: restricciones o concesiones carecen igualmente de eficacia. El poder proletario, resultado de un prestigio concedido por la crítica social más que por su organización y su positiva fuerza, avanza siempre y ha llegado a sentirse en el equilibrio de las naciones: hoy la diplomacia ha de tener en cuenta la posibilidad de una huelga general en el caso de una guerra.

Ya el trabajador no es esclavo impulsado por el látigo del capataz, ya no es el siervo adscrito al terruño como un accesorio de la propiedad; es el asalariado que, si vive de crear riqueza por accesión para el propietario, es también el hombre libre que se concierta y solidariza con sus compañeros de trabajo para poner límites a la explotación patronal, para estudiar sociología y para realizar su emancipación ideal, y, siendo tan pobre que las privaciones le abruman, hará temblar un día a esos monstruosos poderes que disponen de escuadras y ejércitos formidables, porque tiene en su mano el manantial de la producción: le basta con no acercarse al taller, a la fábrica, a la mina, al escritorio, a la estación, al laboratorio, al campo, ni llevar la producción al mercado.

Cuando tal acontecimiento ya previsto y temido tenga lugar, se hará algo más positivo que escribir una declaración de derechos del hombre, como hizo la revolución francesa; para entonces tiene señalado su fin la usurpación propietaria y el salariado, que serán sustituidos por la reorganización comunista de la sociedad.