La libertad y la infancia

(Renovación, 20/02/1911)

El privilegio, es decir, el conjunto de los individuos que en cada país gozan derechos y no cumplen deberes en justa reciprocidad, apoyado por la ley, sostenido por la autoridad y acatado por la rutina, se opone al libre desenvolvimiento del niño, considerando que él es el hombre en germen, o sea el trabajo, la fuerza, el valor positivo sin el cual todas las riquezas naturales quedarían improductivas e inútiles.

En nombre del privilegio y de la preocupación, tres entidades distintas se disputan la propiedad del niño:

La Iglesia, que, partiendo de que el niño es de Dios, le considera suyo, dejándole a los padres como depósito sagrado después de haberle impreso su sello con el bautismo.

El Estado, que, en concurrencia con la Iglesia y erigiéndose a sí mismo en divinidad laica, reivindica exclusivamente para sí la posesión moral y material.

Los padres, que, considerando a los hijos como su propia carne y sangre, y como resumen de sus trabajos y desvelos, quieren amoldarle a sus creencias y preocupaciones.

Ni la Iglesia, ni el Estado, ni la familia son los amos de un ser que, por débil y frágil que sea su existencia, tiene, desde que se desprende del seno materno, personalidad moralmente independiente, y es un miembro social, al cual todos deben los servicios que en su infancia recibieron, formando de este modo el encadenamiento de la solidaridad.

Ni como creyente, ni como ciudadano, ni como hijo, tiene el niño deberes que coarten en lo más mínimo sus derechos de hombre y partícipe en el patrimonio universal.

En vez de persuadir al niño por medio de sofismas, de que es la cosa apropiable de los padres, de una divinidad o de una nación, o de enseñarle el decálogo y el catecismo, de hablarle de derechos paternos y de deberes cívicos, ha de rechazarse de su educación todo lo discutible y enseñársele “hechos”.

Bakounine, buscando las causas de la sumisión a la explotación y la tiranía, halló su raíz en la escuela, expresando su pensamiento en estas palabras: “La Iglesia quiere hacer del niño un santo; el Estado, un ciudadano”.

Ferrer completó el pensamiento añadiendo: “La enseñanza racionalista quiere hacer del niño y de la niña un hombre y una mujer”, de acuerdo con Haeckel, quien sostiene que “El hombre y la mujer constituyen dos organismos esencialmente diferentes que no llegan a dar perfectamente la noción genérica de hombres sino completándose mutuamente”.

El niño, el hombre, con la inmanencia de su derecho, está siempre en concordancia con todos los hombres sobre la base de la igualdad, o en lucha y rebeldía contra todos los hombres constituidos en agrupaciones privilegiadas.

En una sociedad racional no pueden usarse para la educación del ser humano los procedimientos usados para la cría de animales; los niños de diversas circunstancias y aptitudes no pueden ser tratados por el sistema único e idéntico para todos. Ello supondría un autoritarismo sectario predominante y una tiranía deformante y envilecedora de la infancia.

En una idea han de concordar todas las inteligencias infantiles en el momento inicial de su constitución: en que todos somos hijos de la humanidad y hermanos en la sociedad.

Ni las fronteras, ni las razas, ni los idiomas, ni las religiones, ni los códigos, ni nada de eso que ha dividido y divide aún la unidad humana y social, tiene eterna razón de ser, ni prevalecerá ante el impulso progresivo y bien orientado que sigue la humanidad.

Si cada pedagogo fuera un Ferrer, si cada maestro fuera ante todo un educador, cada niña y cada niño llegarían a la época de su desarrollo físico con los atavismos debilitados, con las buenas disposiciones propias enérgicamente activas, con un juicio libre de preocupaciones, con una salud perfecta y con un equilibrio físico-moral productor de esa alegría de vivir característica de la felicidad, ¿qué obstáculo hallarían generaciones así formadas en la vía del anhelado ideal de justicia y economía?

Por desgracia, no es así cada pedagogo, como formados que han sido todos en la escuela del error sostenida por el privilegio; pero si ha sido posible la existencia de un Ferrer, no pueden faltar sucesores que tengan empeño de honor en cumplir el testamento que aquel mártir expresó en el foso de Montjuich, ante el pelotón de ejecución, al grito de “¡Viva la Escuela Moderna!”

A los pedagogos profesionales me dirijo, a todos los hombres y a todas las mujeres excito en la misma indicación, puesto que todos como padres, como hermanos, como consejeros, como directores, como maestros en los oficios, estamos en perenne contacto con los niños: no olvidemos que El hombre no es de nadie; el niño es de sí mismo, y que sobre esa autoposesión y esa libertad han de fundarse las relaciones humanas, aunque la tradición, la rutina, los intereses creados y el viejo atavismo digan lo contrario, y por lo mismo, ante la grandiosidad afirmativa del ideal, hayan de incurrir por su terca negativa en la ira de la revolución.

Confiemos en que, como han reconocido grandes pensadores modernos, si el mundo está entregado a la fuerza, a los conflictos, a las luchas de intereses, tras esas luchas feroces, en la profundidad de las masas, ha surgido la idea emancipadora que conduce a la conquista de la sociedad regenerada, y en esa idea reside la fuerza del porvenir.

Preparemos desde hoy las bellas, las fuertes, las dichosas generaciones que en ella han de vivir.