La tendencia sociológica

(Renovación, 15/03/1911)

En la civilización moderna y en el momento actual, como herederos de los períodos precedentes, hay países en que, por la religión, con sus dogmas y sus errores, y por la propiedad, con sus privilegios y sus miserias, se ha llegado a un grave estado de perturbación.

Hay otros en que por circunstancias especiales de situación geográfica, de clima, de temperamento general de sus habitantes o por otras causas, aunque sujetos a idénticas condiciones, no se ha llegado a tal extremo; pero están en camino de tan tremenda crisis.

Inútil detallarlo; todo el mundo y cada uno lo ve desde su punto especial de vista: si privilegiado, es decir, si el individuo pertenece a la clase que monopoliza la riqueza y explota el trabajo, nunca se ve asegurado contra la pobreza, y, como consecuencia, especula y atesora resguardándose tras un capital absorbente; si es desheredado, es decir, si se halla privado de su correspondiente participación en el patrimonio universal, queda moral y materialmente atrofiado, imposibilitado de desarrollar sus facultades y reducido a la condición de pobre, de explotado y de víctima.

Claro es que así no vive ni florece el tipo verdaderamente humano; existe una humanidad deficiente, incompleta; nadie está en su centro ni es feliz, y las pasiones más deprimentes y opuestas predominan y rigen las relaciones sociales. La soberbia y la humillación, el odio y la envidia, inextinguibles mientras exista la desigualdad social, inspirarán constantemente malas acciones, pese a las predicaciones y mandatos de filósofos, moralistas, legisladores y mandarines de todo género y categoría. La ley, norma estacionaria de lo lícito, aunque no de la moral racional, que reconoce la esencialidad progresiva del movimiento, sirve de regla a las legiones de amorales que merodean por las márgenes del derecho escrito y de la justicia histórica.

Así se explican las catástrofes y las hecatombes de la historia, lo mismo que las iniquidades de la actual sociedad, pudiendo decirse que si a pesar de tan inmensa causa de mal ha podido efectuarse el progreso y cuenta la humanidad con el preciadísimo tesoro intelectual denominado la ciencia, se debe a que en el ser humano, como proporcionalmente a su naturaleza en todos los seres, hay una fuerza conservadora y progresiva, que en el hombre es la virtud, y en las especies inferiores es el instinto de conservación.

En tal situación —y dado que la vida reposa sobre la urgencia de la satisfacción de la necesidad de todos y de cada uno en el instante, en el minuto, en la hora, en el día, siempre, y que esa necesidad exige la reciprocidad de cuantos individuos formamos el cuerpo social, toda vez que no se baste cada uno para sí— no hay medio de detener por un tiempo determinado para su reconstitución y reforma el funcionamiento de la gran máquina social.

Si fuera posible el absurdo de suspender las necesidades y las urgencias de la vida, podríamos incurrir en el no menor absurdo de encomendar a una asamblea universal de sabios la reorganización de la sociedad, para que formulara el plan de la sociedad justa y perfecta a la medida de su preocupación magistral o sectaria, con que, a la manera de los legisladores de la antigüedad, pondrían nuevo dique al progreso; pero no; no hay punto de reposo ni delegación posible. Todos, sin excepción de uno solo, vamos haciendo historia y elaborando el porvenir; porque el mundo marcha.

El punto está en que ya que no todos podamos viajar en las condiciones excepcionalmente privilegiadas de los menos, no marchemos forzosamente arrastrados, ignorantes y abúlicos, dejando un reguero de víctimas en el foso de la miseria: si no todos pueden ir en sleeping-car, a lo capitalista, no vayan las multitudes en la perrera; búsquese un medio decente y cómodo, a la manera de los tranvías modernos, en que, por espíritu de igualdad, vayan todos armónicamente confundidos en humana confraternidad.

A eso tiende la sociología moderna; no a confirmar ninguno de los sistemas apriorísticos de los soñadores, ni a oponer el terco non possumus de los doctores del privilegio a las reivindicaciones de los que aspiran a su emancipación, sino a establecer la sociedad en que pueda realizarse la participación de todos los herederos, que son todos los vivientes humanos en cada generación, en el patrimonio universal.

Reclus, en su obra inmortal El Hombre y la Tierra, ha formulado este juicio:

Bajo el hormigueo de los vibriones encarnizados en la destrucción mutua, se siente la tendencia general de las cosas a fundirse en un cuerpo viviente cuyas partes están en interdependencia recíproca y acabarán por asociar los enemigos, por hacer de cada traficante el repartidor delegado para la distribución de los productos que recibe: organismo al unísono del ritmo universal en el inmenso mecanismo. Además, el corto número de hombres poderosos que creen dirigir el conjunto formidable de los cambios, están asociados a millones y millones de individuos que por las mismas condiciones de su existencia determinarán las operaciones comerciales en sentido contrario del libre albedrío de especulación que se atribuyen los detentadores del capital.

Todo está en vías de componer un cosmos armonioso en que cada célula tenga su individualidad, correspondiente a un libre trabajo personal, y en que engranen mutuamente, siendo cada uno necesario para la obra de todos. El mecanismo funcionaría perfectamente si, por una supervivencia todavía soberana, no se creyera cada uno obligado a tener en mano un signo representativo de su derecho al consumo, es decir, la pieza monetaria, el disco de metal. Comprar y vender constituyen aún la consigna de los que entran en la vida; pero indicios precursores nos hacen comprender ya, que esas palabras serán un día abolidas. La producción libre y la repartición equitativa para todos, tal es la realización que exigimos al porvenir”.

¡Quién habla de la lejanía de la realización del ideal!... Si, como dice el mismo Reclus, el ideal no se convierte en hecho hasta que se hace consciente después de ardientemente deseado, preparado, adquirido por el sacrificio, ha de contarse además con la torpeza contraproducente de sus enemigos.

Lo importante es que toda tendencia estacionaria o regresiva tiene como finalidad ineludible la derrota y el aniquilamiento, y que la aspiración racional a la justicia y a la paz está destinada a ser positiva y práctica, como resultado necesario y lógico del trabajo de la humanidad, que al fin se redimirá por sí misma.