La Columna de Vendome

(Renovación, 30/03/1911)

Considerando que la columna imperial es un monumento de barbarie, un símbolo de fuerza bruta y de falsa gloria, una afirmación del militarismo, una negación del derecho internacional, un insulto permanente de los vencedores a los vencidos y un atentado continuo a la fraternidad, uno de los tres grandes principios de la Revolución francesa, la columna será derribada”.

(Decreto de la Commune)

Si la Commune de París no tuviese otros títulos a la justificación y glorificación de la historia, bastaría el decreto del derribo de la columna imperial para constituir una gloria del proletariado militante.

El decreto en que se dispone es por sí solo un resumen de la historia, un símbolo del derecho y un acto de abnegación heroica.

He aquí la demostración:

Un pueblo oprimido por cuantos vejámenes pudo acumular el privilegio en el curso de muchos siglos, se levanta justiciero y potente, derriba el trono y el altar, y proclama los derechos del hombre y del ciudadano.

Una clase media egoísta desvía al pueblo de su objetivo, monopoliza para sí la revolución y se esteriliza en luchas intestinas.

Un soldado audaz se hace dueño del poder, enciende el fanatismo patriótico y emplea las armas, que debieran haber servido para defender la libertad, en tiranizar a las naciones, poseído de la idea de fundar un imperio universal para su ambición.

Mortandad, incendio, devastación, manchan las naciones en la inmensa extensión de territoriodes de Cádiz a Moscou, horrible tragedia desarrollada en mil cruentos cuadros desde Egipto hasta Waterloo, cuyo desenlace asaz raquítico, se verifica en Santa Elena.

Pues este hecho nefando, cuya criminalidad no puede calificarse, porque es imposible hasta para la imaginación más poderosa condensar la cantidad de sangre, de sufrimiento y de lágrimas que representa, se hallaba glorificado por la odiosa columna.

Por eso le apellidó la Commune monumento de barbarie, símbolo de fuerza bruta y afirmación del militarismo.

La tendencia del progreso a la perfección de los hombres, y, por consecuencia, a la concordia primero y a la armonía después, se veía dificultada por aquel aborrecible altar de la patria, en que se hallaban escritos, como en un padrón de ignominia, los nombres de ominosas jornadas en que muchos miles de hombres, nacidos para el trabajo, para la paz y para la felicidad, se habían convertido en feroces salvajes, cuyo recuerdo se perpetuaba, en mengua de los sacrificados y para exaltación de los verdugos.

Por eso dijo la Commune que aquel monumento era la negación del derecho internacional, un insulto permanente de los vencedores a los vencidos y un atentado continuo a la fraternidad de los pueblos.

La Commune no se limitó, pues, a proclamar: “la tierra al agricultor, el instrumento de producción al obrero, el trabajo para todos”. Era necesario ofrecer al mundo un gaje de amor y fraternidad a todas las razas; no bastaba la severidad de la justicia, necesitaban la expansión del sentimiento; el reconocimiento y la práctica del derecho necesitaba la sanción de la felicidad.

Allí estaba la columna que mantenía vivo el odio de Inglaterra, de Prusia, de Austria y de España contra Francia, y de esta recíprocamente contra aquellas.

Pues la Commune pone un dogal al cuello a la estatua de Napoleón, el pueblo de París tira, el ídolo patriótico cae deshecho en mil pedazos sobre el pavimento y un inmenso clamor anuncia al mundo que el pueblo de París reconoce como hermanos a todos los habitantes de la tierra.

Era aquello como el jubileo de la fraternidad humana; hecho sin precedente en la historia, por su alcance y por su universalidad. Se había visto poderosos reyes de naciones enemigas abrazarse cordialmente y llamarse primos, mientras sus vasallos se mataban en los campos de batalla; diplomáticos representantes de pueblos enemistados tributarse recíprocamente los mayores agasajos para exprimir y tiranizar a sus propios representados, pero un pueblo que abomina y pisotea su tradición patriótica y ofrece al mundo el ramo de oliva, se vio por primera vez en el mundo en París en Marzo de 1871.

Si la musa burguesa escribió: ¡Qu’on est fier d’etre français quand on contemple la colonne!, el decreto de la Commune manifiesta que vale más ser miembro libre de la familia humana que francés sometido al privilegio.

La buena nueva se extendió por el mundo, junto con la noticia de la sangrienta victoria de Versalles.

Todos los trabajadores supieron que los generosos apóstoles de la fraternidad habían sido cazados y ametrallados con una ferocidad sin ejemplo. El Luxemburgo, el Panteón, el Pere Lachaise, el cuartel Lobau, Satory, son nombres que quedarán eternamente unidos a la historia de la reivindicación del proletariado; son como la tierra santa de nuestra redención, regada con la sangre de los innumerables mártires proletarios.

El pacto quedó aceptado y sellado; por eso en este día todos los trabajadores del mundo se unen en un sentimiento unánime, y en todos los idiomas se tributa el homenaje de la gratitud al pueblo apóstol, al pueblo mártir, que dió la fórmula de la revolución social.

¡Qué importa que el triunfo de efímera reacción haya reconstruido la columna!

Las consecuencias del derribo son permanentes, imperecederas: la fraternidad de los pueblos en la integridad del derecho.

¡Gloria, pues, a la Commune, de París!